La ruptura y la simulación: dos riesgos para el PRI

+ Desgaste a estructura, otro riesgo aún no evaluado

En nuestra entrega de ayer que los dos principales riesgos para el PRI en la contienda electoral que se avecina en Oaxaca, son los rompimientos y el fracaso de los llamados a la unidad. Existen diferencias sutiles entre uno y otro concepto, que necesariamente deben ser comprendidas por todos los que, en mayor o menor medida, se encuentran involucrados y tienen intereses directos en juego alrededor de esa contienda que pinta para convertirse en una guerra política.

En la circunstancia particular que ocupa a Oaxaca, un rompimiento en las filas del priismo, debe entenderse nada menos que como la separación formal y violenta de uno o varios de los que participan en la carrera interna por la designación de su candidato a Gobernador. En contraparte, el fracaso de la unidad significaría no la salida del proceso interno o del partido, de alguno de quienes participan en esta contienda, sino más bien la manifestación de una disciplina partidaria que, en realidad, nada sumaría al partido, al candidato o a la causa electoral.

Hoy, es visible que los dos escenarios son potencialmente posibles en el PRI oaxaqueño. Es decir, que de no existir las condiciones adecuadas para la culminación de esta competencia política actual, sería el propio tricolor que podría convertirse en su peor enemigo. Nadie como los mismos priistas, tiene una capacidad de destrucción —y autodestrucción— tan avanzada y letal hacia su propia causa política. ¿Por qué?

Porque nadie mejor que ellos conoce los esquemas bajo los cuales funciona su estructura interna, y porque es la suma de todos los factores la que brinda una fortaleza electoral excepcional a dicho partido. No son errados aquellos cálculos que señalan que sumando los capitales electorales de todas las fuerzas de oposición, y añadiéndoles el arrastre y la simpatía ciudadana lograda por un muy buen candidato, apenas si les sería suficiente para ganar al priismo en unos comicios trascendentales como en los que se disputa una gubernatura.

Esto, dicho con nombres y apellidos, podría ser del siguiente modo: necesariamente, el PRI necesita sumar no sólo las declaraciones o las manifestaciones verbales de apoyo, sino los capitales políticos contantes y sonantes, de por lo menos tres o cuatro de los aspirantes a la gubernatura que se queden en el camino. Es decir que si, por ejemplo, el ungido como candidato es el edil José Antonio Hernández Fraguas, éste irremediablemente tendrá necesariamente que sumar al dirigente priista Jorge Franco, al senador Adolfo Toledo y a las más importantes corrientes del priismo, para poder afianzar una victoria que de cualquier otro modo no podría asegurar.

Esto no ocurriría, evidentemente, al haber una fractura. La renuncia de uno de los aspirantes a la candidatura a Gobernador por el priismo equivaldría a una fuerte resta en el potencial electoral del tricolor, sino que además se convertiría, casi en automático, en el mejor prospecto para la oposición, por encima de personajes como Gabino Cué.

Remarcando que todo esto es un mero supuesto, si Hernández, Toledo, Franco o, sin duda, José Antonio Estefan Garfias, renunciaran al PRI y “aterrizaran” en la oposición, éstos tendrían un doble potencial no sólo por los capitales políticos que podrían hacer emigrar, sino porque su condición misma de rebelados —con todo lo que eso implica en el ámbito del discurso y de lo “políticamente correcto”— los llevaría a ubicarse en una posición importante en la enorme franja de población que no milita ni compromete su voto anticipadamente, pero que sí se deja llevar por quienes asumen la actitud de oponerse a las decisiones verticales (entendidas como antidemocráticas, impositivas y demás) de sus dirigentes y partidos.

Los casos relativamente recientes de Chiapas con los gobernadores Pablo Salazar y Juan Sabines; y de Tlaxcala con Alfonso Sánchez Anaya y Héctor Israel Ortiz —en los que todos llegaron a la gubernatura luego de inconformarse con las decisiones del Revolucionario Institucional, irse con la oposición a los comicios, y ganar—, dan cuenta puntual de lo que aquí trata de ejemplificarse.

DESGASTE ESTRUCTURAL

En todo esto, quienes tienen un pulso real de la situación en que se encuentra la estructura política y electoral del tricolor, ante este escenario de incertidumbre, advierten otro riesgo que no debe ser desestimado por quienes tienen en sus manos las decisiones sucesorias más trascendentales: varios han sido los aspirantes a la gubernatura, que han arribado a los distritos y comunidades del interior del Estado, para reunir a las bases militantes y asegurarles que son el elegido para convertirse en el Candidato a Gobernador.

Esto no debería ser echado al saco roto. Aseguran que el hecho de que en los últimos meses, al menos tres personajes priistas hayan recorrido el Estado asegurando ser “el bueno” para la gubernatura, comienza a provocar escollos en una estructura que aún sabiendo que debe manifestar su institucionalidad a través de los apoyos, sí se ha comprometido con más de uno de los que hasta ahora parecen haber lanzado señales equívocas o sin la total certeza de lo que aseguran.

Se supone que, formalmente, en el PRI aún no inicia el proceso formal de precampañas para la elección del Candidato a Gobernador. Sin embargo, en los últimos meses cuatro aspirantes —el diputado Eviel Pérez, el senador Toledo, y el dirigente Franco— han recorrido por completo los distritos del Estado, llevando un mensaje similar no de trabajo para la militancia, sino de solicitud de adhesión a sus inminentes candidaturas.

Nada de esto beneficia al priismo, si se mira desde la lógica del desgaste que todo esto genera entre quienes contraen, o han contraído compromisos con quienes aparecen y desaparecen de las posibilidades reales de convertirse en candidatos.

MÁS CONTROL

La dirigencia real del priismo debería poner un alto a este desgaste, o normar en términos específicos las actividades que cada uno de los aspirantes hoy realiza con la militancia. De lo contrario, no parece posible que a quien resulte candidato, le resulte agradable encontrarse con una estructura desgastada y contrariada por todos estos vaivenes que son aparentemente incontrolables. Lo primero que debe ocurrir, y debería interesarles con carácter de urgente, es definir quién seguirá con el trabajo partidista que por obvias razones ya no está en condiciones de realizar, ni parece querer ya hacerlo, el dirigente Franco Vargas.

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