Alianza opositora: ¿cómo evitarán “atasco autoritario”?

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Aún cuando hace más de una década abandonó la titularidad del Poder Ejecutivo del Estado, ex gobernador Diódoro Carrasco Altamirano no ha dejado de ser en Oaxaca, uno de los villanos favoritos del régimen priista. Basta ver cómo ante cada paso que dan los partidos de oposición para constituir la alianza rumbo a los comicios de 2010, propios y extraños observan la influencia, la mano perversa y las maquinaciones del ex Mandatario de marras. ¿De verdad un personaje que ya no ostenta poder alguno, es tan influyente como siempre se le quiere presentar al ex gobernador Carrasco?

Sin duda, la respuesta a ese cuestionamiento tendríamos que abordarla en dos vertientes. Porque si la primera tiene que ver con el peso específico real que puede tener un personaje dentro de un grupo de poder, luego de un partido político, después en un conjunto de fuerzas opositoras, y luego como factor determinante o de cohesión en todas ellas, la segunda de las vertientes más bien tiene que ver con la verdadera discusión y los postulados democráticos que este personaje podría aportar a un proyecto político tan polémico como una alianza entre partidos extremos de derecha e izquierda. Comencemos por lo segundo.

Justamente ayer, el ex gobernador Carrasco publicaba en Milenio diario, un artículo titulado “De alianzas y coaliciones”. En él, establecía con claridad algunas de las más hondas controversias que generan las alianzas y coaliciones entre partidos de distintas inclinaciones ideológicas, y señala que para la conformación de esas uniones, es condición indispensable que los partidos “anulen o limen sus extremos y se acerquen al centro”.

No obstante, el ex gobernador Carrasco justificaba que “Si los partidos están muy distantes ideológicamente, como sería el caso mexicano, lo único que los puede unir electoralmente es la existencia de una situación extraordinaria de atasco autoritario (el “adversario común”) y la posibilidad de superarlo mediante la articulación de un frente amplio (…) que enarbole un programa de transición democrática.”

Eso, apuntaba, llevaría a los partidos, organizaciones sociales y ciudadanos apartidistas, a retraer sus “particulares posiciones ideológicas y políticas” para construir una plataforma amplia y “abrir las esclusas a la democracia”, para que una vez conquistado el terreno “retomar ya sin obstáculos estructurales sus particulares valores e identidades”. ¿De verdad?

El asunto, como bien lo reconoce el ex Mandatario en el texto de ayer publicado en Milenio, no es sencillo de resolver. Sin embargo, no es sencillo no sólo por las razones que él dirime (sabotaje oficial, uso indiscriminado de recursos públicos para descalificar las alianzas, etcétera), sino sobre todo porque buena parte del atasco autoritario corre el riesgo de prevalecer independientemente de que exista una condición de alternancia de partidos. La alternancia —comprobado— no es suficiente para lograr ni la transición democrática y mucho menos la consolidación democrática.

En realidad, asegurar que todos los partidos pueden “limar” sus extremos, suavizar posiciones, deponer ideologías y unirse para ir y conquistar la aventura democrática, logrando una plataforma común (y, lo más importante, accediendo al poder público) para luego desincorporarse y retomar sus ideologías particulares, no es más que un idealismo.

Porque si el cuestionamiento ideológico a la coalición se centra justamente en la enorme distancia que existe entre fuerzas como Acción Nacional y el PRD, el político se encuentra en la ausencia casi total de argumentos, y de planteamientos efectivos sobre cuál va a ser el modo de repartir el poder, de cómo conducirán la transición democrática y la reforma política hasta su consolidación; e incluso de cómo lograrán que dicho proceso inicie, y que todo esto no sea la salida de un “atasco autoritario” con el PRI, para luego entrar a otro pero ahora bajo las siglas de otra fuerza política.

 

¿MUCHO PODER?

Pero pasemos ahora de los argumentos, al peso específico que tiene cada uno de los actores en la contienda política. Como lo expresamos en líneas anteriores, uno de los villanos favoritos del priismo a lo largo de mucho tiempo en Oaxaca, ha sido justamente el ex gobernador Carrasco Altamirano. ¿Es de veras tan poderoso e influyente, como para ser el eterno dolor de cabeza de los tricolores, y mecenas de la oposición?

Es necesario, en principio, que veamos las cosas en su dimensión. Y, por un momento, alejémonos del ejemplo del ex gobernador Carrasco y vayamos al de otro ex mandatario: Heladio Ramírez López. Éste es hoy Senador de la República y uno de los más importantes dirigentes morales de la Confederación Nacional Campesina. Prácticamente en cada elección federal, uno de sus parientes o allegados figura en las listas de candidaturas a diputaciones federales por el principio de representación proporcional. La pregunta, en esto, es: ¿En pago a qué?

Supuestamente, el ex gobernador es una figura altamente influyente en la región mixteca de Oaxaca. Sin embargo, hoy las candidaturas de su partido a los cargos de elección popular en esa región (diputaciones federales, locales, presidencias municipales) no pasan por el tamiz del ex Mandatario. Éste, aún con su supuesta influencia, no se ha animado a proponer que alguno de sus hijos se convierta en diputado pero ganando constitucionalmente el escaño en una votación, y no en una lista de notables.

¿Por qué decimos esto? Porque ocurre algo más o menos parecido con el ex gobernador Carrasco. Es cierto que es él quien ha tendido algunos de los puentes entre el panismo y las demás fuerzas opositoras. Pero es también evidente que hoy, ante las circunstancias, él es un actor más y no un protagonista. Dentro mismo del PAN, es uno de los tantos característicos —estos sí— “neo panistas”, que poco a poco han sido relegados de los cargos, responsabilidades y decisiones políticas más trascendentales para el gobierno federal y sus aliados de oportunidad.

 

DIMENSIÓN JUSTA

Esto no significa que Carrasco no opere a favor de la coalición, ni que sea un simulador o un político que vive de las apariencias. Pero tampoco significa que sea un actor esencial o el artífice de una estructura opositora que, en realidad, está determinada por muchos más factores y circunstancias que el solo vaso comunicante que él significa. Sería un peligro real, si aún influyera en las masas y fuera líder moral de algo. Pero, si lo vemos en sus dimensiones reales, no es así.

almargen@tiempoenlinea.com.mx

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