Sucesión en el PRI: hoy, los “mitos” los dominan

+ Aspirantes: ¿Cuánto cuestan las especulaciones?

No es raro, hoy, escuchar de propios y extraños que en la carrera por la candidatura a Gobernador del PRI, hay ciertos elementos que determinan la competencia a favor o en contra de uno u otro aspirante. Muchos de esos elementos, que van más allá de sus capitales políticos reales, no resultan ser más que simples especulaciones, chismes e inexactitudes que, llegado el momento, tendrán que quedar aclaradas y comprendidas en su justa dimensión.

Este es, seguramente, un momento apropiado para comenzar a poner cada cosa en su sitio, y comprender que finalmente habrán de ser elementos reales y objetivos los que determinen esta contienda. Hoy, entre los priistas, formalmente no se puede hablar más que de lealtades y afinidades de cada uno de los aspirantes hacia su Jefe Político, y la decisión que éste tenga respecto de cada uno de ello. Eso será lo que determine la contienda, y no los tantos “mitos urbanos” que se han tejido alrededor de cada uno de los aspirantes a la gubernatura. Vayamos por partes, enumerando indistintamente las especulaciones que rondan a cada uno de los personajes que luchan por la candidatura.

Uno de los tantos argumentos que últimamente se ha esgrimido para defenestrar al senador Adolfo Toledo Infanzón como aspirante real a la gubernatura, es el relativo a que él se pronunció afirmativamente, en 2006, en una consulta interna de la bancada priista en el Senado, y en un punto de acuerdo, en el que se llamaba al gobernador Ulises Ruiz Ortiz a que solicitara licencia a su cargo.

Reiteradamente se esgrime ese, como uno de los principales argumentos en su contra. Sólo que nadie a tenido a bien mostrar o hacer público dicho documento. E incluso, ninguno de los que realiza tales afirmaciones, y sostiene que por esa sola razón el senador Toledo perdió desde 2006 su oportunidad de suceder a Ulises Ruiz, sabe exactamente dónde se encuentra e incluso si, como dicen, alguna vez existió el referido escrito.

Sobre el edil José Antonio Hernández Fraguas, por su parte, ronda la incertidumbre de su cercanía con altos funcionarios del gobierno federal y los posibles contactos que habría tenido con el dirigente nacional del Partido de la Revolución Democrática, Jesús Ortega Martínez.

Más allá de las especulaciones, puede entenderse que sólo quien no tiene un calado real como político, no conoce y abreva relaciones cordiales con sus contrapartes. Nadie ha podido corroborar que, en efecto, la amistad de Hernández Fraguas y Gómez Mont tenga también puntos importantes de coincidencia en el ámbito político, y si tal relación podría llegar al punto de ser la referencia para una ruptura priista. Es decir, esto tampoco pasa de ser una especulación.

En este sentido, se ha tomado como un escollo en la carrera política de José Antonio Estefan Garfias, el pasado que lo une con el ex gobernador Diódoro Carrasco Altamirano. Sus adversarios ven, como lo hemos apuntado en otros momentos en esta columna, a ese ex Mandatario como el principal “coco” del actual priismo.

Pero más allá de las fobias de algunos, si entre el gobernador Ruiz y Estefan hubiera una lejanía motivada por el “diodorismo” de éste último, nunca habría regresado al Gobierno del Estado en una posición de primer nivel, y mucho menos habría tenido la venia para asumirse como un aspirante a la candidatura a Gobernador. Es decir, que la supuesta “sombra diodorista” que envuelve al Secretario de Administración, no es más que otra de las especulaciones que son notorias, pero que no determinan —ni determinarán— el rumbo de la contienda interna del priismo.

MÁS ENRARECIMIENTO

Sin embargo, los dos casos más paradigmáticos son los de los diputados federales Jorge Franco Vargas y Eviel Pérez Magaña. Sobre cada uno de ellos, ayer y hoy, se han señalado infinidad de argumentos que no alcanzan a tener una fuerza determinante sobre sus respectivas posibilidades de convertirse en candidato a gobernador. Vayamos a revisar algunos de esos argumentos poco sustentados.

Sobre el diputado y dirigente estatal priista, Franco Vargas, se han establecido por lo menos tres argumentos que son importantes. El primero de ellos, que sí resulta ser real, es el de las marcadas dificultades que tendría el partido, si él se convirtiera en el candidato a gobernador. “Sería una campaña muy tortuosa”, afirman los que saben. Y dado que el ex Secretario General de Gobierno fue quien más alto pagó el costo político de la refriega de 2006, dicho argumento cobra sentido frente a todos los grupos que quedaron agraviados por aquel episodio.

Sin embargo, más allá de eso todo lo que se dice son argumentos de poca valía. Se habla, por ejemplo, de una rebeldía y una auténtica ruptura con el Gobernador del Estado. Es claro que la definición de una candidatura no es un asunto simulado, terso o sencillo. Pero es también evidente que más allá de las contrariedades y los desacuerdos que existen en política, dos personajes como ellos abrevan tantos asuntos e intereses comunes —hasta complicidades—, que una ruptura o rebelión real en dichas condiciones, sería casi impensable.

¿Y qué con el diputado Pérez Magaña? Que más allá de los cuestionamientos sobre la inequidad en la contienda interna, todos los demás son argumentos que no alcanzan a ser determinantes para su tránsito en esta contienda pero que, valga decirlo, han sido pésimamente manejados por su equipo de campaña. Para muestra, un botón: se le cuestiona por no contar con un título universitario, y por tener una carrera política de poca ascendencia.

Sí. Podría ser cierto. Sólo que la ley no le exige ni el título universitario ni la experiencia política para acceder al cargo que pretende. Desmontar esos señalamientos era tan sencillo como esgrimir lo anterior. Sólo que nadie en su equipo ha tenido la sensibilidad para comprender que preguntas y respuestas como esas se encuentran esencialmente en la ley, y que el hecho de cursar actualmente una licenciatura podría ser hoy un ejemplo de esfuerzo, y no el escollo que ya le significa.

COROLARIO

Buena parte de lo que aquí se ha establecido, es lo que ha alimentado y predominado hasta ahora en la contienda interna del priismo. No se repara en que serán, finalmente, los elementos objetivos (como la decisión del Gobernador, la opinión de los grupos de poder, las encuestas, la disposición de estructuras electorales y las mediciones sobre las posibilidades de triunfo) lo que determinará la contienda. No las especulaciones. Y, hasta ahora, nada parece estar totalmente definido.

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