Caso Cabañas: las disyuntivas del manejo informativo

+ Repercusiones no sólo deportivas: son para todo el país

Alrededor de las 6 de la mañana del lunes, en todos los medios informativos del país comenzó a circular información escalofriante: uno de los jugadores estrella del club América de futbol había sido baleado una hora antes, en un bar de la ciudad de México. De inmediato, se dio un despliegue informativo que lo mismo fue del registro puntual de hechos a la especulación; de la consternación al más crudo de los amarillismos; y del punto central de lo que implicaba el hecho, a la manipulación informativa que, finalmente, ha impactado lo mismo en la develación de más situaciones de corrupción —que no son raras en el país—, que en el golpeteo político de oportunidad que, curiosamente, tampoco es raro en México.

A lo largo de la semana que concluye, el disparo de arma de fuego que recibió el paraguayo Salvador Cabañas ha ido de extremo a extremo. Una de las tantas discusiones, por ejemplo, comenzó en el delicadísimo estado de salud en que se encuentra el jugador como consecuencia del ataque, y terminó en un durísimo cuestionamiento sobre qué hacía dicho personaje, en una madrugada de lunes, en un bar en el que aún a las 5 de la mañana se continuaban ingiriendo bebidas embriagantes.

Esa, entre muchas otras, es una discusión de extremos que finalmente no redunda en nada. En efecto, lo más probable es que, como consecuencia de ese hecho, Cabañas quizá no vuelva a ser el mismo de antes, e incluso nunca vuelva a figurar en el futbol de primera división de México. Es la consecuencia, indeseable pero natural, de un hecho como este.

Sin embargo, el otro extremo de la discusión es el más interesante: ¿qué hacía Cabañas, en la farra, al filo del amanecer? Hacía lo que cualquier otro individuo —sea deportista, empresario, estudiante o desempleado— cuando tiene el tiempo, la oportunidad y el dinero para ir a pagarse una buena juerga en un antro de moda.

Es cierto que siendo un deportista de alto rendimiento, un referente para niños y jóvenes, y una estrella a la que idolatran miles de personas, ese no es el mejor ejemplo que podía dar. Pero antes y después de este hecho, la vida deportiva —como cualquier otra en la que corre el dinero y la fama a raudales— ha sido así, porque finalmente más allá de que uno sea jugador, entrenador o demás, todos son hombres y mujeres con aficiones, defectos y hábitos que no necesariamente son, o deberían ser, un referente sobre la moral o la buena conducta para la sociedad.

No obstante, cuestionamientos como este ocuparon buena parte del espacio que, durante los primeros dos días, se dio al caso Cabañas en no pocos medios informativos, en los comentarios deportivos, y hasta en los “análisis políticos” que se han hecho sobre el asunto. Todo esto se vino a aderezar con la difusión de una imagen tomada al jugador minutos después del ataque, en el que se le ve tirado, con el pecho descubierto y manchado de sangre.

¿Tenía algún valor todo esto? Tal parece que no. Y es así porque si el primer extremo del cuestionamiento reprobaba con dureza que el paraguayo y su esposa estuvieran en la parranda en lugar de en su casa, como dicen que debería ser, en el otro extremo se encontraba una difusión “informativa” de una imagen escalofriante que no tenía más razón para aparecer en la prensa de todo el país, que el alimentar el morbo de la sociedad y darle los elementos para corroborar que, en efecto, Cabañas había sido herido y que estaba grave. Nada sustantivo en un asunto que, por sus propias características, tenía todos los elementos para consternar, como lo fue, a toda la nación mexicana, a la afición al futbol y a los seguidores de Las Águilas.

¿CORRUPCIÓN? POR FAVOR

Sin embargo, junto con la consternación y la tristeza genuina que provocó en muchos el lamentable ataque a Salvador Cabañas, también surgió otra polémica que, aunque es escandalosa, está lejos de ser nueva en el país: la simulación y la falta de respeto hasta a algunas de las normas de convivencia más elementales.

El asunto tiene bastante de fondo: hace menos de un año, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal determinó reducir el horario de apertura y venta de bebidas embriagantes de todos los centros de diversión de la capital del país. Se supone que con las nuevas disposiciones, ningún centro nocturno podía vender bebidas alcohólicas a sus clientes después de las 2.30 de la mañana, y que ninguno podría continuar operando una hora después. El caso Cabañas puso en evidencia que esas reglas de operación de bares y centros de diversión, fue una discusión estéril que se apagó en los amplios mantos de la corrupción.

Si recordamos bien, cuando la ALDF dispuso todo lo anterior para las discotecas, bares y restaurantes, todas las organizaciones del ramo se manifestaron en contra de las nuevas reglas y aseguraron que eso les afectaría gravemente en sus ganancias y operaciones, y que incluso se pondría en riesgo la permanencia de miles de empleos que tienen que ver con esas actividades. El gobierno y la Asamblea del DF aseguraron que era para normar las actividades de esos establecimientos y ceñirlos a un orden más estricto. Pero sus detractores incluso dijeron que era una contradicción profunda el hecho de que el gobierno más progresista del país estuviera tomando ese tipo de medidas que restringían las libertades de las personas y minaban una actividad tan productiva como la del esparcimiento nocturno.

Hoy está claro que todas esas escaramuzas no tuvieron efecto alguno. Unos y otros asumieron sus posiciones y todos se cobijaron en la corrupción. El gobierno, según ellos mismos, habría logrado meter en cintura a quienes siempre se habían escabullido de las reglamentaciones que imponía la autoridad; y los dueños de esos establecimientos prefirieron no volver a referirse al tema, e invertir más en la compra de inspectores y autoridades delegacionales, para poder continuar con sus operaciones habituales pero ahora ya no cobijados en la ley, ni en algo más que la corrupción pura y llana.

EFECTO INTERNACIONAL

Finalmente, ayer se dio a conocer que el presidente Felipe Calderón había prometido a su homólogo paraguayo, Fernando Lugo, esclarecer completamente el ataque al futbolista y seleccionado nacional de ese país. La razón es evidente: aunque le inviertan millones de dólares en promoción turística a nuestro país, un hecho de esa naturaleza destruye lo que tanto ha costado edificar. Ante ello, ¿qué hacer? Darle a todo esto el carácter de pleito de cantina, o aparentar que la ley se cumple y que no hay impunidad. Nada, en realidad, está resuelto de fondo.

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