PAN vs PRI: el país, en medio de la disputa

Adrián Ortiz Romero Cuevas

A pesar de que al inicio de este sexenio, el Partido Revolucionario Institucional tenía una amplia desventaja, fueron ellos como fuerza política quienes le dieron legitimidad y cauce al gobierno del presidente Felipe Calderón Hinojosa. En el 2006, la crisis de legitimidad institucional era contagiosa, y fue sólo a través de ese camino de la prudencia y el reconocimiento, que unos y otros lograron hacer frente a los intentos de generar una desestabilización mayor en el país.

Han pasado poco más de tres años desde aquellos aciagos momentos de incertidumbre para el país, y está a punto de ocurrir lo entonces inimaginable: las otrora fuerzas aliadas se alejan y se distancian, y los polos que antes fueron equidistantes, hoy se unen para tratar de frenar a ese tercero en discordia que hoy los tiene en vilo. Lo riesgoso, en esta guerra política que se antoja ser de magnitudes importantes, radica en el hecho de que en medio de todo se encuentra nada menos que la viabilidad democrática e institucional del país. Es, por tanto, mucho lo que está en juego, por una guerra partidista.

 

EL CONTEXTO

En diciembre de 2005, no parecía del todo lógico que el inminente candidato del Partido de la Revolución Democrática a la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, pudiera sufrir descalabros importantes que lo llevaran a perder la cómoda ventaja que tenía sobre todos sus adversarios.

Tampoco parecía creíble que el abanderado presidencial panista, Felipe Calderón Hinojosa, tuviera la posibilidad de remontar las cifras que le daban pocas posibilidades de triunfo incluso dentro de su partido, para al menos enfrentar decorosamente al entonces poderoso ex Jefe de Gobierno del Distrito Federal, que llegaba a una contienda con amplia ventaja. Calderón había emanado de un proceso interno viciado, en el que desde la Presidencia de la República se trató de impulsar a Santiago Creel. Sólo que el propio mecanismo para la elección del candidato, potenció las posibilidades de Calderón, quien finalmente se impuso en la postulación aún en contra de la voluntad presidencial y del grupo que entonces se encontraba en posesión del gobierno federal.

En el lado del priismo, sin embargo, las cosas no eran desalentadoras: Roberto Madrazo Pintado, líder nacional de ese partido, se había logrado imponer a todos sus demás competidores en una contienda interna marcada por la violencia discursiva y los mecanismos “duros” de sometimiento a todas las corrientes políticas. Se aseguraba que Madrazo tenía importantes posibilidades de triunfo, debido a que 20 de las gubernaturas del país se encontraban en manos de tricolores, y que de ahí emanaría la fuerza para llevarlo a la victoria.

Los hechos, finalmente, hablaron por sí mismos. López Obrador cometió todos los errores imaginables, y muchos más. Minó los soportes en los que descansaba su fortaleza, y permitió que el panismo le arrebatara puntos porcentuales de preferencia electoral, basándose en una guerra sucia de poco calado. Calderón aprovechó el interés presidencial no de que él ganara, sino de no entregar el gobierno a un priista o perredista, y finalmente Madrazo Pintado se desdibujó en una campaña poco consistente que nunca pudo demostrar el empuje y la cohesión de esas veinte gubernaturas.

El resultado fue abrumador: el panismo venció al perredismo en los comicios presidenciales por una ventaja de apenas 220 mil votos —que no representa ni medio punto porcentual del total de la votación—; el priismo se colocó como una lejana tercera fuerza electoral. Y en el Congreso el panismo se hizo de una mayoría cómoda que fue seguida por el perredismo. A pesar del arrinconamiento priista, el encono que derivó de las acusaciones de fraude electoral entre los azules y los amarillos, rápidamente los convirtió en el fiel de la balanza, y en el número indispensable para lograr las mayorías legislativas que se necesitaban para sostener el rumbo institucional del país.

Así fue. Calderón Hinojosa sólo pudo tomar protesta de su cargo en el Congreso, aquel 1 de diciembre de 2006, gracias al aval del priismo; en los momentos más críticos de la resistencia civil, fue el tricolor quien le brindó la estabilidad necesaria, y le abrió la posibilidad de alcanzar acuerdos firmes que cerraran el paso a los enemigos del calderonismo.

Así fue como, en casi todo el primer tramo de la actual administración federal, hubo un acuerdo casi permanente entre el priismo y el panismo, para sostener las relaciones mutuas de poder.

 

SUBE Y BAJA PANISTA

Al presidente Calderón le ha tocado gobernar en medio de uno de los contextos más complicados en que podría encontrarse el país. En estos tres años, todas las promesas de desarrollo y empleo se vieron canceladas; la delincuencia se elevó a niveles alarmantes, y la economía se desplomó lo mismo por factores internacionales que por los fallos del propio modelo económico de nuestro país, y la dependencia que existe en relación a los Estados Unidos.

¿Qué pasó con el PRD y las fuerzas de izquierda en estos años? Que, al igual que el panismo, tomaron algunas decisiones erróneas y los costos fueron altos. López Obrador, por ejemplo, desperdició la oportunidad de convertirse en un auténtico líder de la oposición en México, y más bien optó por demasiado tiempo por el camino de la confrontación y la diatriba. El electorado cobró cada una de esas facturas, tanto al panismo como al perredismo, en los comicios federales intermedios de 2009.

¿Qué pasó entonces? Que el PAN y el PRD, aún enfrentados frontalmente por los resultados de la elección presidencial de 2006, recibieron en conjunto un fuerte revés por parte del electorado. Acción Nacional perdió la mayoría relativa que ostentaba hasta entonces en la Cámara baja, y el perredismo fue relegado al tercer sitio. El gran ganador de esa reyerta fue el priismo que, decantado en sus 19 gobernadores, logró una mayoría casi absoluta, con la cual está hoy disputando los espacios más importantes, y las decisiones más trascendentales, a un presidente que parece estar perdiendo el control del país y de su partido.

¿CIVILIDAD?

Desde julio pasado, cuando se conoció el resultado final de los comicios, se supo que el escenario cambiaría. El PRI arrebató los espacios más importantes al PAN, y demostró cómo sus gobernadores sí pueden ser capaces de unir esfuerzos por su partido. Uno de los aspirantes priistas a la candidatura presidencial, el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, es el más aventajado de todos hoy en día.

Y entonces Acción Nacional viró y encontró nuevos aliados: en su panorama, el adversario a vencer era el PRI y ya no el PRD; y entonces halló alianzas de oportunidad que hoy se están materializando en las coaliciones que están a punto de erigirse en varias entidades de la República, incluyendo Oaxaca. El problema, en todo esto, es que la crisis interna de los partidos está siendo llevada al plano político: hoy, unos y otros se condicionan presupuestos, se dan golpes bajos en el partidismo, y se reviran los golpes amenazando con parálisis legislativa.

El asunto no parece sencillo. A principios del pasado mes de diciembre, cuando apenas se había podido lograr la aprobación del paquete económico de 2010, el presidente Calderón presentó un paquete de reformas políticas, para que fueran discutidas en el Congreso. Si bien, este era un imperativo democrático e institucional para el país, también fue un mecanismo a través del cual se buscó desviar la atención de la discusión nacional y hacerla transitar de los temas económicos, a los de orden político. El PRI no la aceptó, pero prometió analizarla y discutirla en este primer mes del año.

Luego vino la consolidación de las alianzas, y la amenaza del priismo de impulsar una contrarreforma que devolviera la obligación constitucional al Ejecutivo federal, de acudir al Congreso a presentar verbalmente su informe de gobierno. Hoy, incluso, el tricolor asegura que el tema de la reforma política no es prioritaria para el país, y que primero se dedicará a discutir y analizar los temas económicos y sociales que más preocupan a la población.

No se trata de que una reforma en ese sentido tenga que ser discutida y aprobada, sin analizarse, por las fuerzas políticas opositoras al Presidente. Pero México necesita con urgencia evolución y transformaciones democráticas, que no pueden seguir sujetas al criterio o los vaivenes de una fuerza política, y mucho menos a los cálculos políticos que tienen como telón de fondo la distracción y no los cambios de fondo. Es cierto que una discusión sobre el andamiaje jurídico del país, puede ser menos atractiva que una de carácter social o económico. Pero una no se puede subestimar en pos de la otra, por un motivo que no tiene que ver estrictamente con la vocación democrática de unos y de otros.

Esas dos fuerzas, al final, tendrían que repensar a dónde quieren llevar al país, con ese curioso, pero poco viable, sistema de pesos y contrapesos que significan los ataques y las amenazas. En la disputa partidista, deben estar sujetas las discusiones y los intereses de esa naturaleza; pero no la estabilidad nacional y mucho menos las instituciones del Estado, que necesitan evolución pero no a costa de su debilitamiento o puesta en la mesa equivocada de las negociaciones partidistas.