Bicentenario: ¿qué hacemos para conmemorarlo?

AM Histórico

No sólo la fiesta; también las acciones individuales


Estamos a escasas tres semanas de que se celebren los 200 años del inicio de la Guerra de Independencia, y el centenario del inicio de la Revolución Mexicana. Para la ocasión, el gobierno federal, y los gobiernos estatales y municipales, se supone que están organizando una serie de festejos conmemorativos, que honren la historia nacional y los principales acontecimientos que nos dieron patria y libertades. Lamentablemente, esos actos hoy son fuertemente criticados no sólo por el alto costo económico, sino también por los garrafales errores de organización que han tenido. Sólo por esas dos razones, nuestros festejos patrios serán más deslucidos de lo que pudiéramos imaginarnos. Pero no por ello deberíamos pensar en no conmemorar estas fechas.

Vayamos por partes. En un primer momento, debemos hacer notar que existen diferencias sustanciales entre una conmemoración y un festejo. La primera, la conmemoración, tiene que ver con la evocación no necesariamente festiva de un acontecimiento determinado. Para el caso, se pueden establecer ciertas metas o acciones que hagan particular y resaltable eso que se conmemora; el festejo, por su parte, tiene esas características pero enmarcadas en lo que comúnmente conocemos como un acontecimiento de tipo más alegre o festivo que la conmemoración. Así, la primera bien puede ser para evocar un hecho lamentable o doloroso, mientras que el segundo tiene por definición un matiz jubiloso.

En ese sentido, hay quienes dicen que el centenario de la revolución, y el bicentenario de la independencia, deberían conmemorarse pero no festejarse. La razón central de todo esto, tiene que ver con el hecho de que se asume que, doscientos años después de haber comenzado el proceso de emancipación de la Corona Española, y cien después de haber iniciado una lucha revolucionaria por alcanzar las libertades y derechos humanos, sociales y políticos que antes estaban limitados o negados por el Estado, no hay alguna razón o motivo sustancial para festejar.

En ese sentido, dicen los que sostienen esos argumentos, que mejor prueba de ello no hay que la sola realidad actual del país: una guerra interminable contra el crimen organizado; 28 mil muertos por esa guerra; una economía dispareja que no atiende a los más desprotegidos, mientras privilegia la concentración de capitales en muy pocas manos; una pobreza creciente; imposibilidad del Estado para garantizar derechos sociales básicos eficientes, como la educación o la salud de calidad para todos; y un gobierno que no tiene la suficiente fuerza como para hacer valer su autoridad y determinaciones frente a quienes quieren ver a un México sumido en la desesperanza o en el imperio de la anarquía.

Podría haber razón para ello. Enmarcado en eso, es ampliamente cuestionable que los festejos por el bicentenario tengan un costo de casi 3 mil millones de pesos. Y sobre todo, que haya no sólo una mala, sino una pésima organización de los festejos. Quizá nadie mejor que el periodista René Delgado, ha hecho una crítica aguda a esta onerosidad que, además, está determinada por la ineptitud en la planeación gubernamental de los festejos del bicentenario. Y toma como ejemplo, la construcción caprichosa de la llamada Estela de Luz, que como símbolo de los festejos del Bicentenario y Centenario de hechos patrios, será inaugurada más de un año después de lo previsto.

Delgado, en su columna Sobreaviso, que se publica en Reforma, apuntaba en su más reciente entrega que “la anulación del acto inaugural de la Estela de Luz durante las fiestas patrias no es, aunque así se pretenda, un acto de responsabilidad para no precipitar una “inigualable obra de arte y de ingeniería”. No, es un acto de enorme irresponsabilidad que resume, sin proponérselo, el carácter de la administración calderonista. Ese error, minúsculo si se quiere, es elocuente. Retrata de cuerpo entero a la administración: falta de coordinación, relevo de funcionarios, confusa convocatoria, mal diagnóstico, pésima planeación y estrategia, presupuesto equivocado, pérdida del objetivo, ausencia de resultado. Si la Estela de Luz llega a estar lista algún día, será el emblema no de un logro, sino de un fracaso.”

Un fracaso para el gobierno; pero no debería ser un fracaso extensivo a todos los mexicanos, que sí deberíamos tomar conciencia de cómo conmemorar, civilizadamente, estos dos hechos patrios fundamentales.

EVOCACIÓN PERSONAL

Hacer patria no significa —como se dice coloquialmente en varias regiones del país—, “matar a un chilango”. Al contrario. Si analizáramos con detalle esa idea de “hacer patria”, tendríamos que entender, y preguntarnos, qué hacer personalmente para construirla, o para convalidarla. A partir de ello, podemos generar una serie de propuestas tendientes a conmemorar de modo personal el centenario y bicentenario, sin gastar un solo peso y, como se dice, verdaderamente “haciendo patria”. ¿Cómo?

Podríamos proponernos, por ejemplo, honrar el bicentenario de forma personal y no onerosa, dejando de lado las mentiras, o los actos de corrupción. Es evidente que para cualquier persona, o país, resulta imposible e inviable, tratar de enderezar a los árboles que ya están torcidos. Es decir, que uno, con voluntad, puede hacerse cargo de uno mismo, pero no necesariamente de los demás. Tomando en cuenta eso, cada persona consciente de su entorno y los problemas que éste enfrenta, podría decidir algo así. Por ejemplo, dejar de prestarse a cualquier acto de corrupción, hasta el más sencillo, de los que normalmente, casi cualquier mexicano, es parte.

Otra podría ser la de incrementar la conciencia ecológica, la conciencia cívica, o quizá un poco hasta tratando de conocer un poco más del pasado, para poder comprender el presente.

IDEA PERDURABLE

La fiesta conmemorativa será una celebración fatua, de la que no quedarán más que algunos destellos, unos meses después de ocurrida. Y luego se olvidará por completo de la mente y el registro de la mayoría de los mexicanos. Lo importante, en todo esto, sería que este momento nos dejara alguna idea clara que perdurara; es decir, un pequeño cambio de actitud que, en realidad, se convirtiera en cierto fomento a algo que construyera más, en la conciencia social, hacia el futuro. Sería, sin duda, un reto y una propuesta interesante. ¿Qué propuestas haría al respecto, usted, querido lector, sobre el bicentenario?