Reforma constitucional: no al diálogo sin matices

+ Gobierno y oposición deben tener visión de Estado

El peor escenario para una reforma constitucional, es aquel en el que no existe diálogo amplio ni consenso no sólo de los poderes formales, sino de toda la sociedad. En esa lógica, tratar de que en Oaxaca ocurra una reforma profunda a la Constitución Política del Estado sin antes consultar a todos los oaxaqueños y enriquecer el debate de fondo, significa tan poco como una repetición de los esquemas autoritarios y cupulares del pasado. Eso debían comenzar a entenderlo todos los actores políticos, tanto desde el oficialismo como en la oposición.

En Oaxaca lo que parece estar ocurriendo, es un simple diálogo sin matices. ¿Por qué? Porque por un lado, el régimen gobernante planteó todo el conjunto de reformas constitucionales en una sola iniciativa, en la que no alcanzó a plantear todos y cada uno de los argumentos, a través de los cuales debía exponer los motivos que los llevan no sólo a tratar de cambiar, desechar y crear nuevas instituciones, sino también a establecer las razones —y el método de ingeniería constitucional— para llevar a cabo la construcción de las nuevas instituciones que plantean para nuestro estado.

No obstante, desde el ámbito de la oposición, el diálogo tampoco parece matizado, ni enriquecido, y mucho menos lo suficientemente estructurado para ser un auténtico debate de la altura y los alcances que la circunstancia requiere. Esto se centra en dos razones fundamentales:

La primera, que esencialmente el Partido Revolucionario Institucional, y la fracción parlamentaria de ese partido en el Congreso del Estado, sólo están reaccionando a la propuesta enviada hace unas semanas por el Titular del Poder Ejecutivo del Estado, pero sin conseguir la articulación de argumentos que combatan con razones político-jurídicas de peso, los intentos del Gobierno del Estado por conseguir la aprobación lisa y llana de su propio proyecto de reformas.

La segunda razón no es menos importante. El hecho de ser oposición, y de haber entregado el poder que detentaron por décadas, no necesariamente descartaba al PRI como un posible generador de propuestas para una reforma constitucional integral. La derrota electoral, su soberbia dominante, y el inmovilismo que los invadió desde el 1 de diciembre, no le permitieron al tricolor generar una sola propuesta propia de reforma a las instituciones políticas, administrativas y de control en Oaxaca.

Hasta ahora, todos sus movimientos han sido motivados sólo por la premura, por la reacción y por los intentos desesperados de no dejar pasar una oportunidad que, aunque coyuntural, habrá de ser trascendental para la gobernabilidad y la construcción de las instituciones del futuro en la entidad.

En el fondo, lo que debería haber es más seriedad y vocación democrática por todas las partes. Esto porque para un auténtico Estado democrático, resultaría francamente inadmisible la posibilidad de que se llevara a cabo una transformación constitucional tan profunda como la que se pretende en Oaxaca, primero sin que antes hubiera una discusión intensa entre quienes integran formalmente el órgano legislador estatal y quienes se aparecen como factores fundamentales de poder; y segundo, sin que a ese diálogo no fueran invitadas a participar, y a tomar posiciones preponderantes, todos los sectores de la sociedad que contribuyeron al triunfo electoral de los que ahora detentan el poder.

 

REFORMA AMPLIA

Es claro que los tiempos actuales ya no permiten que sea sólo en el consenso de los poderes formales, como se pretendan dar los cambios institucionales que se requieren. Aunque esa no es una visión equivocada, sí es una percepción estrecha y limitada de lo que es la participación ciudadana en los procesos democráticos.

Si hoy mismo el gobierno estatal está convocando al público para que participe en la confección del Plan Estatal de Desarrollo; y sólo el Revolucionario Institucional está manifestando su deseo de hacer una convocatoria amplia para la discusión de la reforma electoral, entonces lo que podemos ver es que se corre el riesgo de que desde ambas trincheras se asuman posiciones maniqueas, que vean inopinadamente como “bueno” lo propio, y como “malo” lo ajeno.

Así, lo único que se construiría sería la nada. Y los deseos de que la reforma constitucional tuviera consenso y legitimidad, se quedaría en una simple aspiración retórica, pospuesta por la resistencia de los actores políticos a someter a verdadera consideración del ciudadano su visión de cómo debe llevarse a cabo la transformación institucional del Estado.

En realidad, visto desde una perspectiva más serena, debía ser de mayor preocupación para el gobierno estatal, que la amplia convocatoria que está realizando a los oaxaqueños fuera para discutir no el plan de desarrollo, sino el contenido de una reforma constitucional que transformará profundamente —aunque no sabemos si en sentido positivo o negativo— la forma de ejercer el poder y estructurar las instituciones del gobierno.

Esto porque un plan de desarrollo se puede realizar a través de instrumentos metodológicos específicos, e inclusive debe ser estructurado por especialistas; no obstante, una reforma constitucional debe confeccionarse a partir de la sensibilidad política, de la visión de conjunto, y de un sentido de pluralidad que particularmente en Oaxaca se manifiesta a través de la pluriculturalidad, la plurietnicidad, y la diversidad de formas de organización política y visiones particulares de para qué y cómo debe servir el poder a los ciudadanos.

Debía haber un consenso más amplio entre el gobierno y la oposición para ensanchar los canales de diálogo y debate sobre la reforma constitucional. Oaxaca no es un estado monocromático, y por tanto la discusión no debe estar marcada por el reduccionismo legislativo, por la limitación de voces, o por la ausencia de propuestas y visiones distintas.

 

RIESGO BOOMERANG

Hacer reformas sin el suficiente consenso y la verdadera legitimidad ciudadana, será para el actual régimen tanto como un proceso de transformación únicamente sexenal. Así como el entonces gobernador Ulises Ruiz hizo su “reforma del Estado” a modo —a la que nadie creyó, y a nadie convenció—, este intento puede terminar en algo similar, o peor, si no se solidifica con el basamento democrático necesario. Deben tomarle la importancia necesaria a un asunto de esta magnitud. Desdeñarlo, es tanto como desacreditar esta oportunidad histórica para Oaxaca.