Futuro incierto

Carlos R. Aguilar Jiménez.


El futuro no existe, lo único que hay es el presente, porque incluso el pasado es únicamente historia, no obstante, respecto del porvenir o futuro, lo cierto es que siempre es incierto porque nunca sabremos en función de la cantidad de variables, lo que realmente sucederá después, incluso en horas y más si se trata de días, meses o años, principalmente si son asuntos humanos, sociales y peor, políticos, porque todos sabemos que los políticos siempre mienten, y lo hacen para ser populares, por eso en ninguna discusión seria se puede incluir a los político, dado que siempre dirán lo que les conviene o mentirán para dejarnos contentos y así contar con votos o popularidad.

La tendencia del mundo a través de la historia es hacia la igualdad, libertad y ahora equidad social y de género, porque entre capitalismo y democracia hemos encontrado un camino hacia la justicia, respeto a los derechos humanos la verdad y cierto potencial para vivir mejor en competencia, no únicamente para ser un acaudalado empresario o distinguido académico, sino también gobernante, porque casi cualquiera puede aspirar a ser presidente, como AMLO, quien de su natal Tabasco de un lugar que ni siquiera aparece en mapas, será el presidente gracias a su campaña política de 20 años.

Yendo a bailar a Chalma…

Ganó las elecciones a la presidencia y mayoría en cámaras de legisladores, teniendo poder absoluto para decidir lo que quiera, aunque lo matiza con consultas populistas para preguntar a la memelera y al barrendero qué opinión tiene respecto de la construcción de un aeropuerto, aunque no consulte respecto de su tren o nunca lo haga por otras cosas, así que el futuro es incierto, porque no sabe nadie qué es lo que hará; si someterá a consulta todo para decidir o lo hace como estrategia para que nadie lo confronte o refute. AMLO afirma que los impuestos no subirán, que terminará la corrupción, se despedirá a trabajadores innecesarios del gobierno, nunca subirán combustibles y anulará la Reforma Educativa, siendo esta decisión populista la peor que se le pudo ocurrir y no somete a consulta, arruinando más la pobre calidad académica que aún existe en algunas escuelas y estados, eje fundamental del conocimiento que debe tener cualquier niño para poder tomar decisiones informadas que mejoren su calidad de vida, porque si decidir si se hace o no un aeropuerto en cualquier lugar, se construye un tren en Yucatán o cualquier otra cosa en función de infraestructura, lo realmente importante a decidir es la educación, porque los cambios de maquillaje no nos sirven, lo que realmente se requiere es un transformación con un verdadero contenido científico social, en el que dejemos de creer que yendo a bailar a Chalma, peregrinando el 12 de diciembre o tratando de curarse con homeopatía sirve, cuando realmente lo que funciona es el análisis científico, el pensamiento lógico- racional y la evaluación científica a profes que actualmente les importa más la política, el dinero o las reivindicaciones sociales y no la enseñanza y aprendizaje de sus pobres alumnos que no pueden asistir a escuelas privadas, pero eso no se consulta porque para todo gobierno vale más tener gente ignorante y sumisa, que vote sin saber por qué, que decida sin información.

NAIM, Tren Maya, y la extraña relación de AMLO (y los gobernadores) con el federalismo


Poco se ha notado que, en discusiones paralelas, los principales factores del poder político en México han dejado solo a uno de los grandes proyectos nacionales, mientras que han decidido abrazar inopinadamente a otro que ni siquiera conocen. Es el caso de los destinos concomitantes del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), y del llamado Tren Maya. Hoy, ambos proyectos enfrentan sendos déficits de aprobación y consenso tanto entre los representantes del poder, como de la ciudadanía. Y aún así, a la vista de todos —y de esa deficiencia compartida— se está decidiendo temerosamente el destino de ellos.

En efecto, por un lado se encuentra el destino del NAIM, sobre el cual existe un ánimo decidido del gobierno del presidente electo Andrés Manuel López Obrador por maniobrar todo lo necesario hasta lograr su cancelación. Pudiera sorprender el hecho de que frente a esa intención, el gobierno saliente del presidente Enrique Peña Nieto simplemente ha decidido claudicar todo intento real de defensa; y que al mismo tiempo, la ciudadanía mexicana se encuentra sometida a un diálogo ensordecido entre quienes, desde el equipo de transición, quieren que el proyecto se cancele, y a los que, desde el gobierno saliente, simplemente parece haber dejado de importarle cuál sea el destino de ese mega proyecto, aún con las implicaciones que ello conllevará no para un grupo o para un partido, sino para el país.

En la vía paralela, se encuentra el proyecto del Tren Maya. Éste fue esbozado por primera vez por López Obrador cuando ya era presidente electo. Dijo desde su anuncio, que éste sería un proyecto de reactivación económica para la región sur sureste del país, y de inmediato convocó a los gobernadores de las entidades federativas relacionadas con la eventual construcción de este esquema ferroviario, para que juntos trabajaran generando condiciones para que dicho proyecto lograra cristalizarse. Por lo menos han ocurrido tres reuniones al más alto nivel (entre el presidente electo y su equipo, con los gobernadores de toda la región contemplada en la obra), a pesar de que aún no existe ni siquiera el esbozo ejecutivo —mucho menos los planos, expedientes, estudios de costos, etcétera— de las implicaciones económicas, sociales, culturales, turísticas y ambientales que tendría dicha obra.

En esta lógica, queda claro que ambos proyectos de infraestructura son de alcance nacional, más allá del clasismo que cada uno de ellos representa. Por un lado, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México ha sido rechazado a partir de la explotación eficaz del sentimiento de rechazo y no pertenencia, que ha tenido como objetivo un sector de la población que por lo menos se declara indiferente —o en abierto rechazo del proyecto— a partir de la idea de que nunca se han transportado a bordo de un avión, y que probablemente nunca lo hará.

A la par de ello, frente a la ciudadanía, el proyecto del NAIM parece estar corriendo el mismo destino político que el régimen gobernante que lo impulsó, independientemente de su viabilidad y utilidad para la economía y el desarrollo del país. El hecho mismo de haber sido un proyecto apadrinado e impulsado por el fustigado Presidente Peña Nieto —depositario de una derrota electoral histórica en el México del último siglo—, parece haber también sellado el destino del NAIM: un proyecto de gran calado que, sin embargo, se quedó solo y sin defensa ante el rechazo de la ciudadanía al régimen que lo impulsó, y sobre el que nadie quiere argumentar a favor ante el temor de ganarse la animadversión del régimen entrante, que rechaza dicho proyecto casi por sistema y porque de hecho esa fue una de sus banderas de lucha electoral durante los tiempos de campaña.

¿Y EL FEDERALISMO?

Lo que quizá no se ha alcanzado a ver con claridad, es que tanto el Nuevo Aeropuerto Internacional de México, como el Tren Maya —e incluso en mayor medida la terminal aérea que el tren—, representan proyectos detonantes de la economía nacional. Es decir, ni uno ni otro son, o deberían ser vistos como proyectos caprichosos de una u otra administración federal, sino como parte de una visión de país de mediano y largo plazo que lo que busca es seguir estimulando el crecimiento de la economía, la confianza del país frente a la inversión extranjera, y la generación de empleos.

En gran medida, dichas inversiones tienen como objetivo implícito —o deberían tenerlo— la utilidad y la potenciación no de una región, sino de todo el país. Por eso, el aeropuerto está planteado como un proyecto nacional que por esa razón perdió el sentido local de ser sólo de la Ciudad de México, para denominarse únicamente como Aeropuerto Internacional de México. La razón es que su utilidad no sólo beneficiaría a la capital nacional, sino que podría ser un polo de desarrollo económico para todo el país, debido a que éste no sólo fungiría como una terminal de pasajeros sino también como un gran centro de recepción e intercambio comercial entre México y los países con los que sostiene relaciones de negocios y de intercambio de mercancías.

En esa misma lógica, quién sabe qué tanta utilidad nacional podría tener el Tren Maya, comenzando porque nadie conoce la realidad sobre su viabilidad financiera en el mediano y largo plazo, y como un proyecto autofinanciable y autosostenible en todos los aspectos. Podría ser una obra de gran calado, pero siempre subvencionada por las arcas públicas.

El aeropuerto, hasta donde se sabe, es una inversión porque en el largo plazo termina siendo un negocio para quien invierte. Tan es así, que hoy varias de las operadoras de aeropuertos mexicanos son empresas privadas altamente rentables que incluso cotizan en los mercados de valores. En el caso del NAIM, la coinversión del gobierno federal con capitales privados en los mercados de valores, tendría como propósito la rentabilidad y la utilidad financiera en el mediano plazo a favor de las arcas federales.

La incógnita en toda esta discusión, es respecto a qué postura han tomado los gobernadores frente a ambos proyectos. Queda claro que respecto al Tren Maya, hay un consenso de los gobernadores del sureste del país a favor de su construcción. Lo relacionado con el NAIM es una completa incógnita, a pesar de que ésta es una obra de calado verdaderamente nacional.

LOS MIEDOS

Al parecer, la idea del desarrollo nacional está siendo sometida por los resquemores relacionados, primero, con la subida inopinada a la ola del nuevo grupo gobernante que tendrá al país en las manos a partir de diciembre próximo; y segundo, con el hecho de que la oposición al proyecto del nuevo gobierno, o la defensa del polémico y rechazado aeropuerto, podría traer aparejada la animadversión del régimen obradorista, que pinta para ser muy poco, o nada tolerante al disenso, aún cuando éste tenga como base la defensa del federalismo, del que nadie en México parece hoy querer acordarse.