Respetar a la mujer exige…


Carlos R. Aguilar Jiménez.

“Respetar a la mujer, exigió el arzobispo de Oaxaca en su panegírico dominical, señalando que ahora hay manifestaciones muy duras porque al hombre le ha sido muy fácil acabar con la vida”, y lo dice y exige soslayando la misógina ideología de la Iglesia Católica que en toda la historia de esta religión a la mujer siempre ha excluido, discriminado, segregado y rechazando; considerándola un ser inferior a partir de la leyenda bíblica del Génesis que dice la mujer fue creada de una costilla del Hombre, de Adán, para su compañía, además de satanizar a la Mujer por ser culpable del Pecado Capital al incitar al Hombre a comer la fruta prohibida. Según el Genesis 2:18 que dice: “Y paso Jehová Dios a decir: “No es bueno que el hombre continúe solo. Voy a hacerle una ayudante como complemento de Él… Por tanto, Jehová Dios hizo caer en profundo sueño al hombre, y mientras dormía tomo una de sus costillas (…) Y procedió Dios a construir de la costilla una mujer.  

Si en el mundo occidental existe alguna institución culpable de discriminación e inferiorización de la mujer, es la doctrina cristiana, el dogma establecido hace casi dos mil años respecto de que la mujer es un ser inferior que seguimos arrastrando desde entonces por supuestamente tener justificación divina, en una dinámica social que influyó determinantemente para excluir a la Mujer de actividades que se consideraban exclusivas para el intelecto superior del Hombre, dejándolas fuera de escuelas, la política, (en México no votaron hasta mediados del siglo pasado) deportes, economía, en síntesis de participar en la vida pública, debiéndose quedar en su casa, en la vida privada exclusivamente, al margen de oportunidades de desarrollo y progreso individual y colectivo por el prejuicio cristiano, la superstición católica que la mujer es inferior, así que si el arzobispo o la iglesia Cristiana, exige respetar a la Mujer, en congruencia debería comenzar con el ejemplo, eliminando de la Biblia esos versículos del Génesis que denigran y ofenden a la Mujer clasificándola como ayudante, lo que significa asistente, subalterna, y aunque la Biblia también dice complemento del hombre, no significa igualdad, equivalencia o paralelismo, como demuestra la Iglesia Católica al no permitir que haya mujeres sacerdotes, únicamente ayudantes: monjas, abadesas, preladas, pero nunca una sacerdote y menos un Papa, porque los dogmas cristianos y la fe machista que incluso considera a Dios como Hombre aunque haya nacido mujer en aquellos tiempos de la Madre Naturaleza, porque: ¿Quién sino la Mujer? Es el único ser capaz de dar vida, cuidar, proteger, sanar, resguardar y curar, por supuesto que la Mujer, no el Hombre y menos un cura que exige respeto a la mujer, a esas mujeres que condenó como brujas, malignas, inferiores hechas de una costilla del hombre.   

De la rosa, solo queda el nombre


Ismael Ortiz Romero Cuevas

Ayer miércoles 19 de febrero, se cumplieron cuatro años del deceso de uno de los filósofos y escritores contemporáneos más influyentes en el pensamiento de un sinfín de personas con pensamientos modernos, sobre todo, de quienes nos dedicamos a la comunicación: Umberto Eco. Y es que, los que en la universidad estudiamos de manera profesional a la comunicación, no pudimos librarnos de sus ensayos, textos y críticas que sirvieron para forjarnos un criterio y ampliar el panorama de lo que cursábamos. “Apocalípticos e integrados” fue una de esas lecturas de cabecera donde Eco, ponía de manifiesto los mitos de los medios de comunicación actuales, además de citar a la Escuela de Fráncfort como uno de los críticos de izquierda y así como ejemplos de la corriente aristocratizante como los apocalípticos; y a autores como el sociólogo Schils y Bell como los integrados. De ahí, hace una crítica de ambas posturas y presenta argumentos a favor y en contra. 

Pero hoy, les propongo que recordemos una de sus obras más notables y creo, su novela más famosa, “El nombre de la rosa”, publicada por vez primera en 1980; una historia compleja del género de misterio que se ubica en una abadía italiana en el siglo XIV, famosa además por su gigantesca biblioteca y donde suceden oscuros asesinatos de los frailes que ahí habitan. Para investigar los terroríficos sucesos, los monjes benedictinos, acuden al monje franciscano William de Baskerville para que, con sus dotes detectivescas descubra a los responsables de los macabros acaecimientos. William es ayudado por su aprendiz, el novicio Adso de Melk y que también, funge como narrador de la historia. En efecto, “El nombre de la rosa” es un libro fascinante, con muchos recovecos y con personajes lúgubres, pero a la vez, tremendamente interesantes; nada fácil de leer, pero ya que uno comienza con él, la lectura se vuelve trepidante y tremendamente detallada.  

El éxito de la novela y los admiradores que cosechó desde su publicación, hicieron que en 1984, la 20th Century Fox, se hiciera de los derechos y comenzara a trabajar en una película basada en la aclamada novela. Así, en 1986, se estrenó la cinta del mismo nombre que el libro. La adaptación de la película toma elementos esenciales de la novela, pero se centra mucho más en las aventuras detectivescas de William de Baskerville (Sean Connery), que en los elementos políticos y crítica teológica que presenta el escrito. 

Pero uno de los elementos que hay que destacar es que en la película se retrata de una manera muy digna, la “lujuria intelectual” descrita en el libro de Eco y que es una pieza fundamental en la cinta dirigida por Jean-Jacques Annaud. El olfato de detective de William y la ayuda de Adso (Christian Slater), hacen que descubra que con los terroríficos asesinatos todos los frailes habitantes de la abadía benedictina tienen algo qué ver, pues todos tienen algo que esconder. Desde hurtos, herejía, relaciones homosexuales y el hambre de conocimientos, pues se plantea en ambas versiones, que la inmensa biblioteca esconde de manera celosa el único ejemplar de la segunda parte de “Poética” de Aristóteles, donde habla de la risa. Por ello, el venerable Jorge de Burgos (Feodor Chialiapin Jr.), personaje que se dice, en la novela está inspirado en Jorge Luis Borges ya que, si ponemos atención hasta el nombre se parece; se opone a que esa obra sea difundida por considerar a la risa una parte vergonzosa y herética del ser humano. Por ello, sus páginas son envenenadas. 

La película tanto como la novela, fueron recibidas por el público con gran entusiasmo y hasta la fecha, se reconoce a la cinta de 1986, como una de las mejores adaptaciones hechas para un libro. La película, recibió el premio César de la academia francesa en la categoría de Mejor Película Extranjera; asimismo, Sean Connery se alzó con el BAFTA a Mejor Actor por su interpretación. La película, también le dio el estatus de súper estrella a Christian Slater con su interpretación de Adso y a Ron Perlman, por su espeluznante actuación al encarnar al monje Salvatore.  

“El nombre de la rosa” es una obra que ha marcado generaciones. Es una historia que sigue cimbrando a muchos jóvenes que apenas la descubren y nos sigue encantando a quienes desde la adolescencia, por nuestras clases de literatura, la conocimos y la leemos cada que podemos, pues siempre le descubrimos elementos novedosos. La cinta, es una de esas adaptaciones que vale mucho la pena ver cuantas veces se pueda; el trabajo de ambientación, de actuaciones y la adaptación nos recuerda que las grandes historias, siempre tendrán cabida en el mundo, por muy cambiado que esté. Por eso y como Umberto Eco decía, esa esencia es la que siempre permanece y cuando muere, de la rosa solo queda el nombre.