Ahora inhabilitar el calendario

Carlos R. Aguilar Jiménez

Como todas las vicisitudes, acciones, política, ideología o doctrinas que no le gustan al presidente, como el avión presidencial, aeropuerto, libertad de pensamiento, energías renovables o que los ciudadanos tengan aspiraciones para mejorar su calidad de vida y, quisiera eliminarlas por decreto autoritario, así el Horario de Verano al que calificó de nocivo o venenoso porque hace daño a la salud, inútil en cuanto ahorro de electricidad y además descalificó por ser horario o tiempo de países imperiales que imponen al pueblo bueno y sabio sus costumbres, enviando a diputados su despótica orden para que a partir de este año se elimine, debiera ser también una determinación que con la misma lógica e ideología, aplicará al calendario gregoriano que utilizamos desde que nos lo impusieron los conquistadores europeos.

El tiempo en sí es una abstracción, una percepción que únicamente existe en función de convencionalismos, costumbres o rutinas adecuadas a determinados usos o aplicaciones, como el día y la noche o el año, de tal forma que nuestras horas se cuentan en función de maitines en conventos, siendo de 60 minutos según la numeración sexagesimal de los babilonios y no la decimal que utilizamos en todo lo demás, de la misma forma que los meses y semanas según las fases lunares y los días de acuerdo a los planetas que se pueden ver a simple vista; no hay día de Urano ni Neptuno, de tal forma que afirmar el horario anterior al de verano era de Dios o natural, es afirmar que ese horario occidental, capitalista, burgués impuesto por los españoles es de Dios, sí pero del europeo no de los mexicanos. El horario, tiempo y calendario que usamos fue adoptado en México del Imperio británico que estableció el meridiano de Greenwich como cero fijando los husos horarios y el Tiempo Universal Coordinado UTC, para un funcionamiento coordinado en tiempo de todo el planeta, de tal forma que no es ningún horario de Dios, ni natural, es un horario inglés, emanado del imperio británico que se impuso a todo el mundo; los ingleses, por cierto, son anglicanos, no católicos y, si en realidad hubiera un horario de Dios y un calendario originario, este, en el México de las imposturas de transformación, debería ser el tiempo prehispánico, el del Calendario Azteca o Piedra del Dios, de Tonatiuh, no el de Jehová, de judíos y europeos en general. Si se abolió el horario de verano por neoliberal y nocivo, en justa correspondencia también debiera el presidente derogar el calendario con meses con nombres de emperadores europeos como Julio o Augusto, un calendario incorrecto, indicando septiembre: séptimo, octubre: octavo y así diciembre, que no corresponden, de la misma forma que el inicio de año se cambió a enero cuando asumían sus cargos los políticos romanos y que igual ahora, a capricho y despotismo presidencial cambian lo que no les gusta para quedar bien con el pueblo sabio que ni idea tiene qué es el tiempo, cronologías, interregnos o sucesiones temporales. 

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¿Ahora sí vamos a hacer algo por la ciberseguridad?

Pongamos todo en perspectiva con:

Carlos Villalobos

En menos de una semana, México ha sido noticia a nivel internacional por temas relacionados con la ciberseguridad interna. A pesar de que se niegue o se minimice, es importante tomar cartas en el asunto, desde el presidente hasta quien escribe estas líneas, estamos expuestos en el internet.

Es ocioso culpar, denostar y señalar lo obvio, ya se había anunciado que algo así podría suceder, sin embargo, nunca estuvo presupuestado que fuera de esta magnitud. Es tanta la información filtrada, que hacen falta casi tres días para descargar los seis terabytes de información.

El daño está hecho, no se va a poder reparar ni esconder lo que sucede, sin embargo, estamos en un momento ideal: gran parte de los medios de comunicación están acudiendo a expertos en el tema, se está tratando en las altas esferas y de acuerdo con un par de charlas con personas fuera del ciberespacio, mostraron real preocupación acerca de este tipo de temas.

En primer lugar, urge que, desde la federación hasta el municipio más pequeño del país se aumente el presupuesto destinado a la prevención y atención en temas de ciberseguridad. Además, es necesaria la creación de instituciones que de forma preventiva empiecen a promover la ciberseguridad y el cuidado de datos personales. 

Urge empujar desde los congresos locales y el congreso federal se impulse una ley de ciberseguridad. 

No me malentiendan, el contar con reglas y normas en este ámbito posibilita ver nacer a las instituciones necesarias para salvaguardar nuestros datos en línea, provocando un efecto de dos bandas: la protección de los ciudadanos frente al estado, así como el establecimiento de fronteras de actuación de las autoridades. Con esto, podremos tener certeza que las autoridades no actuarán más de la cuenta y garantizar que los ciudadanos gocemos del derecho que es navegar en internet de forma segura.

El par de puntos anteriores parecerían disparates, sin embargo, forman parte del Entendimiento Bicentenario entre México y Estados Unidos, el cual hace especial énfasis en la cooperación binacional en materia de ciberseguridad. El mismísimo Antony Blinken, secretario de estado de Estado Unidos, ha insistido en que México ponga el dedo en el renglón.

Este pasaje puede ser un aprendizaje, en esta ocasión fueron hacktivistas cuyo objetivo es que “la verdad salga a luz” (lo que sea que eso signifique), sin embargo, la próxima vez el país no podría correr la misma suerte, ya que pudieron haber sido terroristas o gobiernos extranjeros y en ese escenario, así como dicen en mi pueblo “que Dios padre nos agarre confesados”.

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