Asalto a la Casa Blanca


Carlos R. Aguilar Jiménez.

En su último intento por revertir el triunfo electoral de Joe Bien para la presidencia de USA, el todavía presidente Trump fracasó, porque no obstante que en principio las actividades del Congreso tuvieron que ser suspendidas por el asalto a la Casa Blanca, luego de unas horas de espera y transición finalmente se legitimó la elección presidencial y será únicamente cuestión de días para que con una mano en la Biblia, Biden jure respetar y hacer cumplir la Constitución de E.U. y asuma la presidencia por cuatro años, luego que la lealtad de vasallos a Trump comenzó a romperse sabiendo que ante las reglas democráticas de los E.U los intentos de Trump por quedarse en el poder son inútiles, porque en política así es el comportamiento de los colaboradores: convenenciero, marrullero, leal únicamente cuando tienen el poder, después no.

Cualquier político que llega a ocupar un cargo de elección popular democrática o tramposamente, incluyendo a funcionarios que son nombrados directores, jefes o administradores, de inmediato, minutos después de tomar protesta se transforman y como el Dr. Jekill y Mister Hide de la novela de Robert Luis Stevenson, de amables y respetuosos individuos, se transforman en despiadados y tiranos jefes, comenzando primero alegremente a despedir de mala manera a todos los empleados de confianza anteriores, para colocar en puestos estratégicos a incondicionales, amigos y parientes, y ante quienes no pueden correr por estar sindicalizados y tener base, mostrarse autoritarios, déspotas y tiranos para demostrar que son ellos los que mandan, que son los nuevos amos y dueños de la dependencia u oficina, sin entender que se trata de cargos temporales, que ya sean de tres años si son a nivel municipal o, de seis en el gobierno estatal o federal, el tiempo transcurre rápido y pronto, como Donald Trump, antes de que finalice su gobierno, cuando ya se sabe quién será el próximo presidente, pierden absolutamente todo su poder y lealtad de seguidores, simpatizantes y subordinados, porque de un día al otro, de ser la suprema autoridad se convierten en Don Nadie. El poder es temporal y de ser la máxima autoridad, tener la primera y última palabra y a su servicio secretarías, guardaespaldas, vehículos, viáticos y la sumisión de los que se mueven a su alrededor, al día siguiente que dejan el cargo, ya en su casa, eso sí con millones de pesos en sus cuentas bancarias, se convierten en anodinos sujetos, tipos intrascendentes e incluso despreciables para su vecinos, paisanos o compatriotas, como comienza a suceder a Donald Trump y ha sucedido en el mundo a todos los presidentes. Estatuas, monumentos, pinturas y hasta nombres de calles, después son derribadas, borradas o aborrecidas por los ciudadanos o, en casos de políticos menores, tendrán que convivir con el aborrecimiento de los ciudadanos, o con excepciones, la gratitud y reconocimiento. Porque “Arrieros somos y en el camino andamos” y el poder e imperio es efímero.

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