Alberto Benítez Tiburcio
Oaxaca se está volviendo cada vez más atractiva para el mundo.
Y ése puede ser, al mismo tiempo, su mayor riesgo.
Durante décadas, la ciudad construyó algo que hoy resulta invaluable: autenticidad. No como concepto turístico, sino como forma de vida. Barrios con identidad, mercados vivos, tradiciones que no se representan, sino que se viven.
Pero hoy esa autenticidad está entrando en tensión con otra lógica: la del mercado global.
La gentrificación —un término acuñado en 1964 para describir el desplazamiento de poblaciones originales por grupos con mayor poder adquisitivo— ya no es una discusión teórica. Es una realidad visible en Oaxaca.
Rentas que aumentan de forma sostenida.
Viviendas que cambian de uso.
Barrios que dejan de ser comunidad para convertirse en destino.
El problema no es que la ciudad cambie.
El problema es cómo cambia… y para quién.
Las causas son claras: turismo en expansión, plataformas de renta de corta estancia, inversión inmobiliaria, pobreza y desigualdad económica y, sobre todo, la ausencia de una política integral de vivienda y regulación urbana.
Cuando estos factores convergen sin reglas, el resultado no es desarrollo equilibrado.
Es desplazamiento. No siempre visible. No siempre abrupto. Pero constante.
Familias que ya no pueden renovar su renta.
Comercios tradicionales que desaparecen.
Vecinos que se mudan a la periferia.
Y con ello, algo más profundo comienza a erosionarse: el tejido social.
La gentrificación no solo encarece la ciudad.
La fragmenta: rompe comunidades, diluye identidades compartidas y sustituye relaciones de largo plazo por dinámicas transitorias.
Al mismo tiempo, se produce otro fenómeno igual de relevante: la mercantilización de la cultura.
Las tradiciones que dieron sentido a Oaxaca comienzan a adaptarse al consumo.
Lo cotidiano se vuelve experiencia.
Lo comunitario se vuelve viral.
Lo identitario se vuelve marca.
La paradoja es evidente:
la ciudad se vuelve valiosa por su autenticidad… mientras empieza a perderla.
En este punto, el debate suele simplificarse.
Por un lado, se plantea que el turismo es desarrollo y que limitarlo sería un error.
Por otro, se denuncia la gentrificación como un proceso de despojo.
Ambas posturas contienen elementos ciertos, pero incompletos.
Porque el problema no es el turismo en sí.
El problema es un modelo sin regulación suficiente.
Cuando el Estado no define reglas, el mercado define resultados.
Y el mercado no tiene compromiso con la comunidad.
Tiene compromiso con la rentabilidad.
La evidencia internacional es clara.
Tokio reguló de forma temprana el uso de vivienda para estancias cortas, evitando una crisis mayor. París estableció límites estrictos para contener el uso especulativo del suelo.
Lisboa, que reaccionó tarde, hoy intenta frenar una transformación que ya avanzó demasiado.
La lección es contundente: la gentrificación no se corrige sola.
Requiere intervención pública, regulación efectiva y, sobre todo, una política integral de vivienda que permita que las ciudades sigan siendo habitables para quienes las sostienen.
Se trata de evitar que la ciudad se vuelva inaccesible para los oaxaqueños.
Oaxaca tiene derecho a crecer, a recibir inversión y a posicionarse globalmente.
Pero ese crecimiento no puede implicar la sustitución de su población.
Porque una ciudad no es solo su arquitectura ni su oferta turística.
Es su gente.
Y cuando una ciudad empieza a perder a su gente, no solo enfrenta un problema económico.
La pregunta no es si Oaxaca va a cambiar.
Eso es inevitable.
La pregunta es si ese cambio será incluyente… para los oaxaqueños.
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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista.


