Colapso total


Carlos R. Aguilar Jiménez.

Son incontables las aldeas, pueblos, ciudades e imperios que en el transcurso de la Historia han colapsado; civilizaciones que alcanzaron niveles prodigiosos de desarrollo, economía y riqueza, de repente o gradualmente puesto que no hay algo que sea para siempre, las circunstancias cambiantes del ambiente, ecología o modificaciones políticas y sociales las llevaron a la ruina, después al colapso y desaparición. Troya, Jericó, Teotihuacán o la antigua Roma son los ejemplos más emblemáticos del mundo de ciudades poderosas y dominantes que por invasiones, guerras, sequías, hambrunas o epidemias fueron borradas del mapa al tener sus pocos sobrevivientes tener que abandonar para buscar en otro lugar oportunidades y, si bien en tiempos modernos ya no es fácil que cualquier ciudad colapse debido a la comunicación por tierra o aéreas que pueden llevar ayuda en cualquier momento, lo cierto es que si bien no colapsan como ciudades, si colapsan en su economía y perspectivas de conservación de contextos o posibilidades de progreso y desarrollo.

 La actual pandemia de Covid-19 que asola a la humanidad no hará que colapsen ciudades del planeta, como sucedió a Tenochtitlán por la viruela y armas de fuego, sin embargo, las economías si colapsaran, como la de México, país de tercer mundo sin tecnológica propia que depende del petróleo y remesas de migrantes para sustentar su PIB, donde la perdida de casi dos millones de empleos, incremento de costos de materiales de alta tecnología indispensables en la vida moderna subirán tarifas y precio, colapsando en primer lugar el poder adquisitivo de la clase media y de quienes viven al día colapsando sus posibilidades, llevándolos de pobreza media a extrema, y de extrema a paupérrima, porque al colapsar restaurantes, hoteles, negocios, comercios o prestadores de servicios, la quiebra colapsará la demanda aunque haya oferta, colapsando la economía personal, familiar, social y nacional, porque el colapso de empresas que dan trabajo a millones, al colapsar por falta de apoyo, no rescate, del gobierno, será imposible conseguir empleo, hundiéndose en pobreza quienes antes vivían al día y ahora y después no tendrán ni para comer. Al colapsar las ciudades aumenta la delincuencia, inseguridad, rapiña, robos y es caldo de cultivo para sicarios, jóvenes paupérrimos quienes ante la falta de oportunidades y valores morales, optan por unirse al crimen organizado donde fácilmente tendrán riqueza y poder, y, dado que desde el principio no tienen para comer ni que perder, la consecuencia social del colapso es vivir después de la pandemia en una sociedad insegura, peligrosa, arruinada, como parece ser será la Nueva Normalidad, porque también en colapso crece la ineptitud, impunidad  y corrupción, transformándose lo que antes era tranquilo y seguro en peligroso, no solo por virus sino por delincuencia derivada de la pobreza y facilidad de delinquir sin riesgo de ser arrestado y condenado, porque también colapsa la autoridad ya en decadencia.

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