La navaja verde (o el nuevo Che Guevara)

Segunda parte

Carlos Morales 

Con la navaja envuelta en papel Bond, me dirigí rápidamente a entrevistarme con el agente del Ministerio Público. En la calle Galeana estaban los separos de detención provisional. Caminé por la avenida Independencia hasta el Palacio del Arzobispado convertido en Palacio Federal frente a la sobria Catedral de Oaxaca. En el edificio, cuya parte frontal está adornada con grecas de Mitla, convivíamos fiscales, defensores, inspectores del medio ambiente y otros especímenes de la Federación.

No hacía mucho que el señor de las botas había sacado al PRI de Los Pinos. En Oaxacaranda la vida pasaba lenta y feliz. Toda la nota roja oaxaqueña cabía en una sola hoja de El Imparcial. La noticia más importante del día: un mecánico en estado de ebriedad había insertado un desarmador en el cuerpo de su vecino por el resultado de un partido de fútbol.

El envoltorio asegurado al joven argentino pesaba casi 50 gramos. Pedí al MP decretara la libertad por farmacodependencia. “No. El artículo 199 del Código Penal Federal permite la libertad de los adictos cuando poseen 30 gramos pero no 50. Además, el pibe no tiene cara de marihuano. Debe ser un vendedor.”

Para tocarle el corazón expliqué que el chavo argentino era el nuevo Che que recorría América Latina diseminando las ideas del hombre nuevo. Que la historia lo recordaría como el fiscal que lo puso en libertad. Le dije que su padre era ministro del presidente Fernando de la Rúa. Además, supliqué su libertad porque el avión que lo llevaría a Buenos Aires saldría al día siguiente, que si se quedaba 48 horas iba a perder el vuelo.

“Lo voy a soltar, pero que espere sus 48 horas. Si su papá es el presidente de Argentina le puede mandar el avión presidencial. Dame las gracias que no lo mande a la Disco.” La “Disco” era un juego de palabras para nombrar a la tristemente célebre penitenciaría de Ixcotel.

Preocupado, subí al segundo piso del Palacio Federal. En mi oficina elaboré un escrito con harta jurisprudencia pidiendo la libertad inmediata. El artículo 199 del Código Penal Federal, —argumenté— no establece cantidades exactas de estupefaciente para el otorgamiento de la libertad del farmacodependiente pues la cantidad dependerá de la cantidad que necesite cada persona.

Esa norma penal —insistía— reconoce que la posesión por farmacodependiente no puede ser considerada delito porque la dependencia es lo que obliga a la persona a poseer y a consumir. El MP recibió mi escrito pero no varió su posición: “no quiero pedos, lo suelto en 48 horas.”

El  nuevo Che Guevara salió de los separos a las seis de la tarde del día siguiente y su vuelo de Aerolíneas Argentinas había partido a Buenos Aires al medio día. Tenía el cabello revuelto y miraba a un punto fijo en el horizonte. Estaba triste, hambriento y sin varo. Lo llevé a las oficinas de Mexicana de Aviación a comprarle un boleto de avión a la ciudad de México. En la panadería La Luna le disparé un tamal de amarillo de pollo que comió sin hacer gestos.

El Jetta gris 2001 volaba cuando llegamos al aeropuerto. Frente al elefantito de Andriacci me dio las gracias. De la bolsa delantera saqué la navaja y se la devolví. Me detuvo con la mano. “Guárdela como un recuerdo, cuando la revolución haya triunfado búsqueme, me dará gusto saber de usted.” “No puedo recibirla.” Le dije. Entonces esgrimió un argumento irrebatible: “No voy a poder subirla al avión.” Recordé que por el 11/11 se habían reforzado las medidas de seguridad en toda la aviación mundial.

Tomé la navaja y la volví a guardar. Ya era muy tarde pero volví a mi oficina a cerrar. El edificio del Palacio Federal da miedo por las noches. Dicen que en ese lugar estuvo la Santa Inquisición y hay quien ha escuchado ruidos de cadenas y gemidos ahogados. En alguna ocasión escuché a una monjita del más allá que rezaba un rosario. Saqué la navaja y la coloqué sobre el escritorio. Escuché pasos. No era la monjita, era el MP, que refunfuñaba:

“He tenido tanto trabajo que no he podido ir a comer. No paran de llamarme de la embajada argentina para preguntarme por el argentino. Les dije que ya decreté su libertad, que se le respetaron sus derechos humanos y que tú fuiste su defensor. Por su culpa lo único que voy a comer en todo el día es una naranja.”

Yo seguía cerrando mis documentos de Word de Office XP y guardando en el archivero el libro de Gobierno. Cuando levanté la vista el MP había cortado la naranja en dos y la chupaba ávidamente. La navaja Remington goteaba el jugo.

El tiempo pasó y Google desarrolló su plataforma superando a la de Altavista. En una de tantas mudanzas de la vida encontré la navaja lavada y desinfectada en una bolsa Ziploc. Me pregunté que habría sido de mi defendido argentino.

El Google me dio una referencia: ahora vivía en Granada, España y tenía un requerimiento de pago por infracciones de la normativa de tránsito y seguridad vial como taxista. No terminó la carrera de medicina. Fui al Facebook y lo encontré: el tiempo se había llevado sus rizos, había agarrado cuerpecito de tehuana y ya no miraba al horizonte. Había subido a su perfil una foto familiar en un negocio de Mc Donalds. Como no hizo la revolución no le mandé invitación.

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