ENTREVISTA || Los Colibríes de Manuel Miguel

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Antonio Gutiérrez Victoria

En los adentros del Valle de Etla, en Oaxaca, se encuentra el taller de Manuel Miguel, un artista singular originario de Teococuilco de Marcos Pérez, un pueblo ubicado en el Distrito de Ixtlán, en la Sierra Juárez. Se trata de una gran estructura de metal cuya fachada se levanta repleta de plantas, cubierta de enredaderas, con algunos ventanales y pasadizos, pero, sobre todo, con esculturas y materiales. Los fierros, maderas y otros materiales reciclados esperan a que Manuel Miguel los trabaje, les dé nueva vida a través de una nueva forma, los moldee.

Al entrar, además de esculturas de figuras complejas y bustos, hay una abundante cantidad de colibríes; la mayoría cuelgan de las estructuras de su taller y otros están por ser terminados. Las piezas más llamativas son las esferas que forman parte del conjunto denominado “Ecosistemas: Cuatro miradas antes de la catástrofe”, que conducen a través de un pasillo a la sala principal, donde también abundan los colibríes, esta vez en pinturas y algunas esculturas que cuelgan del techo.

Los talleres de los artistas se convierten en un espacio propicio para que surjan dudas y se narren las anécdotas que dieron motivo a las obras. En el caso del taller de Manuel Miguel basta observar una pintura con atención y notar los finísimos trazos de sus colibríes para que estos cobren vida en alguna narración, ya sea porque realizaron algún milagro, una aparición misteriosa o simplemente por la contemplación de su belleza. 

Una tarde de octubre, su hospitalidad y la de sus obras se combinaron bien para comenzar a conversar, de ahí la siguiente anécdota narrada por el artista:

En 2019, aquí cerca, instalaron un gimnasio. Hablamos muchas veces con el dueño para que cambiara los vidrios reflectores que había elegido colocar, ya que era probable que los colibríes chocaran con ellos. Y sí, un día uno de mis asistentes salió a comer y al regresar me dijo: “maestro, encontré un colibrí”. Fue entonces cuando le pedí a Valentín que me ayudara a darle unas gotitas de agua con azúcar y reaccionó, pero se le había quebrado su alita y ya no podía volar. En ese momento mandé traer una jaula y pusimos a todos a recolectar zancudos, flores, un montón de cosas. Me puse a investigar si había algún veterinario especialista en aves exóticas y no encontré en Oaxaca, solo en México. Hablamos y me dijo: “mira que de aquí a que lo traigas puede fallecer. Solamente si el animal tiene ganas de seguir viviendo su organismo se restaurará por sí solo”. Y sí, lo tuvimos 28 días, aunque nos dijeron que no duraría más de 15 días. Se recuperó. Lo mirábamos cada mañana como poco a poco empezaba a mover sus alas. Parecía que él solo empezó a hacer sus propias terapias, hasta que logró volver a volar. Cuando vimos que ya estaban las dos alas, entonces lo sacamos.

Tiempo después, un día, tenía la puerta abierta y estaba sentado mandando unas imágenes. En ese momento uno de mis asistentes me dice: “maestro, va entrando un colibrí”. Resultó que fue directo hacia mí y empezó a bailar. Pensé: o disfrutó este momento o lo asustó tomando fotos. Me congelé y le pedí así suave a mi asistente que tomara unas fotos. Pero su celular estaba cargando junto a donde yo estaba y no fue posible. Se lo comenté a un amigo biólogo con quien estoy armando un proyecto para construir un santuario de colibríes aquí en Oaxaca, pues existe una gran diversidad de especies de colibríes. Según un estudio del año 2000 que abarcó de Argentina a Canadá, se encontraron 385 especies, y de esas especies, 65 existen entre Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Yucatán y Guatemala. He tenido la fortuna de ver colibríes blancos, albinos y dorados totalmente. Ese proyecto empezó en el taller.

Primero les pusimos néctar, luego no. Cambiamos por el agua con azúcar, luego tampoco. Conforme fuimos conociendo más sobre los colibríes, optamos por priorizar la polinización, porque muchos dejaron de polinizar flores. Por eso quitamos por completo el agua con azúcar y optamos por las plantas y las flores. Pero, así como llegaron los colibríes, también llegaron cuatro colmenas de abejas.

Podrán ver que el cuadro de ahí arriba es una escena que observé entre una abeja y un colibrí. El colibrí puede acabar con una abeja fácilmente, pero a costa de ser perseguido por 20 o 30 abejas. Llegó un momento en el que aquí ya no se podía entrar. Como tampoco podemos ahuyentarlas porque ellas van migrando y para mí también era una gratitud que hubieran parado en mi espacio, optamos por seguir sembrando flores y hemos tratado de invitar a los vecinos a que lo hagan.

Retomando la anécdota principal, estuve buscando danzas de agradecimiento, pero no encontré mucho. Mi amigo biólogo me dijo que la danza que haya sido el colibrí había venido para darme un agradecimiento: “quédate con eso, quédate con esa interpretación”.

Más recientemente ha habido colibríes que cuando estoy pintando llegan y se posan. Yo los retrato.

En plena era de la impresión 3D, de los retratos hechos con Inteligencia Artificial, Manuel Miguel sigue siendo el artista que retrata escenas vívidas de colibríes y abejas, además de otros animales, para intentar comprender la polinización, tema en torno al cual giran gran parte de sus obras, cuyo origen está en los sucesos, leyendas e interpretaciones que inspiran y dan contenido a sus obras. Todo ello enmarcado en su preocupación por la inminente crisis climática que representa un riesgo para muchas especies.

Quizá eso se haga más evidente en una de sus pinturas de gran formato que pertenece a la serie de “Tejidos Familiares”, donde cuatro colibríes, a punto de destejerse, vuelan sobre un suelo que parece erosionarse, tal vez ejemplifican perfectamente el poder de la pintura para mantener vivo aquello que se nos escapa de las manos. Aquellos colibríes habitan el presente perpetuo de la pintura donde fueron retratados, un instante, no más, unidos no solo por el color sino por la fragilidad de sus cuerpos.

En ese sentido, sus esculturas y su plástica unen elementos ancestrales, místicos, medioambientales, sociales y psicoemocionales. “Cuando los pinto”, afirma, “considero que estoy retratándome en ellos”. Asume al colibrí como su Tona, que en la cultura zapoteca es el animal protector atado a cada ser desde su nacimiento.

Es probable que Manuel Miguel use la plástica y la escultura no solo como medio de expresión, sino como oasis adecuado para contemplar la plasticidad de su ser. La posibilidad de ser colibrí, aunque sea en pintura o en escultura. 

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