Aurelio Ramos Méndez
La profusa difusión de la imagen de colaboradores del presidente de la Corte, Hugo Aguilar Ortiz, acuclillados limpiándole los zapatos y el traje manchados de café con leche, y la miserable lectura distorsionada de esta escena, han quedado registradas como la primera más brutal, descarada y sincronizada embestida de la comentocracia y la oposición para intentar desacreditar y anular institucionalmente al nuevo Poder Judicial.
No fue ingenuo error de apreciación ni amarillismo para más visualizaciones o venta de periódicos, o ánimo gratuito de incomodar al poder.
Tampoco afán de venganza por la derrota que para la oposición significó la reforma de esta rama del poder público.
Ni siquiera propósito de contrastar la “digna” conducta de una ministra que entiende la separación de poderes como abstenerse de observar cortesías ante el Jefe del Estado, con la “arrogancia” de un ministro que humilla e impone actitudes zalameras a sus subordinados. Nada de eso.
Fue una demostración de desvergüenza, de uso patente de la mentira contra toda evidencia, de absoluta falta de escrúpulos, y la medida de hasta dónde están dispuestos a llegar los adversarios del régimen para tratar de salirse con la suya.
El objetivo último es debilitar al Judicial, de modo que sus resoluciones pierdan fuerza y sean tomadas como llamados a misa, producto puertas adentro de la imposición autoritaria y hacia afuera de la sumisión al Ejecutivo.
Un impulso genuino para remediar en lo posible el descuido de haber derramado café sobre una persona que lucía sus mejores prendas porque se aprestaba a ser personaje central en una ceremonia cívica importante, se convirtió en un caudal de babosadas.
Para el historiador e ideólogo de la derecha Héctor Aguilar Camín es “difícil encontrar otra imagen de mayor degradación del servicio público”, y “este (el ministro Aguilar) es el demagogo que dijo que iba a traer la justicia para el pueblo”. O, peor todavía: “Este personaje no puede ser presidente de la Corte”.
Por lo mismo, “debe renunciar y volver de donde vino, de donde nunca debieron sacarlo”, pues “está por completo fuera de lugar de manera infamante para todos”.
En el patinaje artístico de admirable coordinación que ejecutan los más notables opinadores anti 4T, Aguilar Camín citó a Joaquín López Dóriga: “En 57 años de reportero jamás había visto algo tan indignante”.
Lo cual impone hacer un leve ejercicio de memoria sobre hechos para muchos probablemente indignantes de personajes públicos.
Por ejemplo, si es indignante reducir el periodismo a formularles preguntas a modo a funcionarios y políticos, como siempre hicieron los conductores de televisión a los Presidentes y secretarios de Estado, en transmisiones de desfiles y fiestas cívicas.
O, poner cámaras y micrófonos al servicio de los gobernantes, José López Portillo por citar uno, con tal de volverse el consentido, hacerse nombra El Güero, ejercer la dirección en medios del Estado, usufructuar en publicidad la riqueza petrolera, y por esa vía adquirir yate, autos de alta gama, casas y depas.
Para no conjeturar acerca de si es indignante o enaltece al periodismo, el haber protagonizado –no en el Teatro de la República pero sí en eventos como la Cumbre Iberoamericana de Guadalajara –1991, pleno salinato–, escenas a la vez tristes, bochornosas y de arrogancia y prepotencia.
¿Cuáles? Meterse por ojos, oídos, nariz y garganta quién sabe qué substancias, a la vista de una valla de soldados, y haciendo desfiguros pasearse luego bizco de borrachera por la sala de prensa de un importante encuentro internacional.
Ya en su columna de Milenio titulada “La boleada vil al vil presidente de la Corte”, López Dóriga, nacido en España, tildó de “arrogante, vil y mentiroso” al ministro de origen mixteco.
Y hasta tuvo la audacia de dar clases de civismo y buenos hábitos:
“A mí, mi mamá me enseñó a limpiarme mis zapatos todas las mañanas, lo que sigo haciendo el día de hoy. Pero éste (el ministro) careció de esa línea materna de educación y salió con los zapatos sucios de su casa”, lo cual “no es signo de austeridad sino de lo andrajoso y desaseado”.
De nada sirvió que el presidente de la Corte se disculpara –ninguna razón había para que lo hiciese–, si acaso hubiere lastimado u ofendido a alguien al haber consentido la comedida ayuda para limpiar su ropa y sus cacles. Fue un aluvión de columnas sobre el asunto.
Carlos Marín se escandalizó porque se trató de “una estampa despreciable que no tiene precedente en la historia del servicio público en México”.
Habló de colaboradores de Aguilar “arrodillados en el asfalto” (¡!), de “la estoica Norma Lucía Piña” y de que lo del café con leche “no se trató de una anécdota menor ni de una frivolidad aislada.
“Fue la viñeta ilustrada de una élite que predica austeridad republicana mientras se deja limpiar los zapatos por sus subordinados”. Así dijo, y enseguida hizo alarde de patinaje en pareja.
Ejecutó giros, saltos y elevaciones para terminar en una espiral de la muerte con Aguilar Camín: lo ocurrido “es razón grave y suficiente para su destitución”.
Desde Latinus, Carlos Loret de Mola la sacó del estadio:
“Dos semanas le bastaron al presidente de la Corte para dejar claro quién es, a qué llegó y de que se trató toda esa patraña de la reforma judicial; en dos semanas exhibió su diminuta estatura política y su apetito por gozar de los privilegios del poder”.
A decir del nieto del gobernador priista Carlos Loret de Mola Mediz, “se hizo viral una imagen que resume la farsa de la elección judicial, la farsa de la 4T por completo”. Esa estampa, “es el retrato de un emperador, no el gesto de un ministro del pueblo”.
Ya encarrerado, arremetió con inaudito énfasis: “Es la farsa de que son del pueblo, la mentira de la sencillez, el show de la austeridad, el cuento de que todos somos iguales”. ¡Uf!
Otros periodistas dijeron que “una muestra así de humillante, aceptada con tal naturalidad por el presidente de la Corte, no la habíamos visto jamás en México. Tal vez en el siglo XIX, o quizá en la época de la Colonia”.
Y que al ministro Aguilar el haber sido electo “no lo convirtió en un servidor del pueblo, sino en miembro de una nueva realeza sexenal, protegido por la legitimidad de las urnas”.
Al leer o escuchar semejante cúmulo de bobadas, emergen fundadas inquietudes. Porque el embate contra la Corte apenas comienza y sus ejecutantes han dado prueba de que no tienen límites. ¡Cuidado!
BRASAS
A los diputados y senadores, incluso los más obscuros, esos que jamás hablan en tribuna, ante el pleno, en juntas de comisiones o ceremonia por alguna efeméride, y ni siquiera en declaraciones banqueteras a reporteros; esos de quienes uno acaba dudando de que tengan lengua, les ha gustado siempre lucir acicalados.
Conocen la importancia que para su actividad pública representa el atraer reflectores.
La propensión a andar endomingados no es privativa de legisladores de algún partido. La mayoría están picados por el bicho de la vanidad. Son, en más de un sentido, víctimas de lo cosmético.
El talentoso y brillante Porfirio Muñoz Ledo, solía usar corbatas encandiladoramente llamativas cuando buscaba mayor figuración de la que su sólo verbo exuberante, preciso, eficaz, y su retórica y tono exultante podían reportarle. Prensa asegurada.
El acaudalado panista neoleonés Mauricio Fernández Garza se distinguió también por los modernos, refinados diseños y colores escandalosamente intensos de sus corbatas. Visibilidad insoslayable.
Vienen a cuento las mañas de los representantes populares, varones y mujeres, de acudir atildados a las cámaras, con cargo al erario, ahora que la atmósfera está llena de críticas por la instalación –a instancias de morenistas– de un salón de belleza en la cámara alta.
Merecido el fuego graneado a que están siendo sometidos los promotores de la estética, aunque resaltan en el coro voces de maniqueos y amnésicos opositores.
El presupuesto público no debe servir para pagarles su engalanamiento. Cumplen de forma precaria su función y son regiamente remunerados.
Cabe, no obstante, la observación de que desde hace décadas han funcionado en el Congreso peluquerías y enchuladeros por cuenta del presupuesto institucional.
En el Senado, desde los tiempos de los presidentes Miguel González Avelar, Antonio Riva Palacio, Salvador Neme, Emilio M. González, Fernando Ortiz Arana y hasta nuestros días, con excepción del sexenio 2018-2024.
En todo este tiempo entraron y salieron de esos recintos muchos de los amnésicos que hoy pegan el grito en el cielo por la estética de morenistas.
Destaca la desmemoria de Xóchitl Gálvez, veterana de las lides parlamentarias.
“Dijeron que trabajarían por el pueblo y prefieren pintarse el cabello”, “son de doble moral”, “ya ni les da pena”, fueron algunas de las expresiones de la ex presidenciable. Pobre.
Pasó de noche por el Legislativo, sin percatarse de la existencia de espacios adonde sus pares acudían a intentar quitarse lo mamarrachos.
Menos se enteró del SPA a todo lujo instalado en San Lázaro para tusar, despercudir y relajar a panistas, cuando el coordinador de bancada era Felipe Calderón Hinojosa.
Y Alito Moreno, con su aspecto de fisicoculturista, siempre recién trasquilado, pilchas finas y pellejo cuidada con esmero y caros afeites; más parecido a un dueño de lupanar que a un legislador, tampoco supo de peluquerías.
“El país en crisis y la bola de buenos para nada de Morena haciendo del Senado un salón de belleza clandestino… ¡con cargo a tu bolsillo! Ahora resulta que con tus impuestos se pagan las uñas, el tinte y la peinada. ¡No chinguen! Cobran para trabajar, no para irse a maquillar. ¡No tienen madre!”. Así dijo. Pinta muy fashion y lenguaje de presidiario.
En buena hora alguien tuvo la iniciativa de exigir sobriedad y sencillez en el Congreso. Aunque no hay nada qué hacer ante la falsedad y el maniqueísmo.
RESCOLDOS
Vuelve y juega. Cuatrocientos académicos, juristas, exconsejeros electorales, activistas y políticos firmaron un manifiesto en demanda de una reforma electoral de consenso. Y anunciaron la creación de un Frente Amplio Democrático. Están los de siempre: Woldenberg, Fox, Ciro, Jaqueline Peschard, Leonardo Valdés, Margarita Zavala, Lorenzo Córdova, Labastida. Puro prócer.
aurelio.contrafuego@gmail.com
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