CONTRAFUEGO || Trump, entre la arrogancia y el ridículo

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Aurelio Ramos Méndez

A medida que se disipa el humo de la conflagración causada por el bombardeo y la operación relámpago para secuestrar al presidente Nicolás Maduro, va quedando en claro la intención unívoca del ataque a mansalva de Estados Unidos a Venezuela: detonar el disparo de salida para un nuevo reparto del mundo conforme a “zonas de influencia” con China y Rusia.

Repartija ésta patentemente acordada entre las superpotencias, que no debería entrañar riesgo alguno para México si se considera la expresa y voluntaria –por insoslayable– adhesión de nuestros gobernantes a la potencia vecina, dictada por la geografía y las relaciones económicas.

El expresidente López Obrador y su sucesora –para hablar sólo de los últimos mandatarios—han expresado de manera abierta la determinación de preservar y fortalecer la vinculación de México con Estados Unidos, y en términos más amplios el bloque de América del Norte, con la condición única de juego limpio y genuino respeto a la soberanía.

En reiteradas ocasiones, durante los seis años de su mandato, el tabasqueño incluso hizo explícitas, primero ante Joe Biden y luego Trump –ahí están las hemerotecas–, recomendaciones para el fortalecimiento de la colaboración de EU en diversos ámbitos, en especial el comercio, con México y toda la América Latina, como estrategia para la contención del avance de China en la región.

El alineamiento de Amlo, proseguido por la presidenta Sheinbaum, fue motivado no por el entreguismo sino por el pragmatismo, ante la inevitabilidad de la cercanía geográfica y la asimetría en todos los órdenes, frente a un país que, en 1848, vía la agresión militar, despojó a México de más de la mitad de su territorio.

En el caso de la invasión a Venezuela, a medida que bajan las aguas se va viendo lo que hay en el fondo. 

Y lo que se ve es un descarado acuerdo del pederasta ocupante de la Casa Blanca con Xi Jinping y Putin para, ya sin hipocresía ni el mito del derecho internacional históricamente irrespetado por EU, repartirse el mundo redefiniendo las “zonas de influencia”.

Tal intención es inequívoca y ha asomado en diversas circunstancias. Una, en el trato no sólo desconsiderado sino grosero e insultante de Trump al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, a quien para terminar la guerra le ha exigido ceder en todo –aun en la entrega de territorio—y rendirse ante las exigencias de Putin.

Otra, en la servil condescendencia política y el favoritismo arancelario frente al líder chino, aun a costa de su imagen, perfilándose como un pobre diablo, cabildero del ruso y lacayo del oriental.

En plata blanca, la actitud del delincuente-mandatario significa no sólo anuencia sino colaboración con Putin para apropiarse Ucrania y con Xi Jinping para quedarse la “provincia separatista” de Taiwan, entre otros muchos territorios en disputa entre éstas y otras potencias, a lo largo y ancho del planeta.

Con el ataque sin resistencia a Venezuela –quirúrgico, denominan algunos lo que fue avasallante despliegue bélico, con el portaaviones Gerald Ford, el más grande del mundo, al menos otros siete buques de guerra, 150 aviones y 15.000 soldados— Trump quedó sin embargo a un tris de pasar de la arrogancia al ridículo, víctima de sus propias mentiras.

Ni el más lerdo se traga el cuento de que el gringo egocéntrico actuó movido por su interés de combatir el narcotráfico y apuntalar la democracia, y tampoco que le interesa sólo por el petróleo venezolano. Su intención es ir por todo.

Se trató del primer ataque a un país por el renovado imperialismo descrito en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, al amparo de la desempolvada Doctrina Monroe, el cual puede acabar en un golpe chambón que hundiría a la potencia en una crisis internacional profunda y duradera.

Porque, ¡ahora resulta que Trump se llevó al que no era! Cargó con Maduro, pero el supuesto meganarco es Diosdado Cabello, que aún anda pasillaneando… 

O, peor. Porque el Cartel de los Soles –del que han hablado hasta la náusea nuestros líderazos de opinión–, según The New York Times ¡no existe! En la acusación formal contra Maduro quedó borrada toda referencia a este membrete.

Con tal supresión el sucesor de Hugo Chávez pasó de capo di tutti capi a insignificante narcomenudista, inútil ya para sostener las “voladas” de mercenarios apátridas, mentirosos compulsivos, sedicentes expertos en las relaciones mexicano-estadunidenses, que han propalado sandeces como ésta: 

“Tras la captura de Maduro, Sheinbaum ha estado insistiendo en la soberanía mexicana. Funcionarios estadounidenses dicen que sus palabras no significan nada porque todo ya está fuera de sus manos, sugiriendo que la decisión sobre actuar (con información de Maduro en contra del “super narco” López Obrador) está tomada, aunque el momento aún no está definido”.

Ridícula es también por donde se mire la paradoja de avalar el gobierno de la chavista-madurista Delsy Rodríguez, vicepresidenta surgida de una elección considerada ilegal por el Tío Sam. 

Semejante contradicción en realidad reconoce la fortaleza del madurismo, el descrédito de la famélica oposición, la irreductible negativa del grueso de militares llaneros a colaborar con el invasor y el carácter indomeñable del pueblo venezolano.

A los ojos del mundo entero Trump dejó con los crespos hechos a la dirigente Ana Corina Machado, quien en efecto carece de fuerza política mas no merecía la burla del megalómano pelianaranjado. Menos si el saldo de la mofa fue la temblorina que se observa entre la derecha del subcontinente.

Los conservadores se sentían aliados intocables del poderoso pedófilo y de pronto se percataron de que están solos, pues para planes de gobierno aquél no tiene socios ni amigos sino sólo intereses crematísticos.

De modo que las sospechas de narcoterrorismo que pesan sobre muchos personajes de la derecha –Alvaro Uribe, Nayib Bukele, Javier Milei, Daniel Noboa– podrían terminar uniformándolos de anaranjado y haciéndolos huéspedes de escalofriantes cárceles en EU.

En nuestros pagos, tiembla de miedo el hermano incómodo, Mr. ten percent, Raúl Salinas de Gortari, acusado de narco por el gobierno suizo y mecenas de Ricardo Salinas Pliego, a quien en 1993 le prestó 29.8 millones de narcodólares para la adquisición de Imevisión, actual TV Azteca.

Lo mismo Felipe Calderón, sobre quien pesan fundadas sospechas de que fue no sólo amigazo y jefe sino socio y cómplice del capo Genaro García Luna, preso por narco en Estados Unidos.

En el colmo del absurdo, el ataque a Venezuela le ha reportado a Trump fuerte rechazo aun de muchos republicanos y adeptos, así como en el Congreso.

Espoleó a la prensa y el Times le dedicó un duro editorial, en el cual lo menos que le dijo fue asesino, y que “no tiene ni siquiera un pretexto de autoridad legal para validar sus ataques a Venezuela”.

Que “viola el derecho internacional” y que “al bombardear pequeñas embarcaciones ha matado personas indefensas basándose en meras sospechas de que han cometido un delito”. 

Y la estocada más certera y profunda por cuenta de Maduro.

Se puede estar de acuerdo o no con la ideología y el estilo de gobierno del secuestrado, pero no se le puede regatear que tiene bien puestos y en su lugar los atributos que se requieren para encarar al déspota ocupante del Salón Oval.

Maduro se negó hasta el final a ser ninguneado y huir hacia un exilio dorado en Estambul, ofrecido en nombre de Trump por el turco Recep Tayyip Erdogan. 

“Soy inocente. Soy presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela y fui secuestrado. Me considero prisionero de guerra”, le dijo de entrada al juez de la causa en Nueva York. ¡Bien hecho!

BRASAS

Estados Unidos se quedará por mucho tiempo en Venezuela con el fin de administrar y poner en orden el país, y organizar la transición electoral. El anuncio lo hizo el propio Trump y la transición –se entiende—será hacia un gobierno títere. 

Esto significa que veremos a los primos güeros usufructuando la riqueza petrolera y naturalmente chapaleando en la corrupción. Pronóstico éste que lleva a echar de menos a Simón Bolivar.

¡Cómo que por qué! Pues porque este lunes 12 de enero se cumplen exactamente 202 años de que el Libertador y presidente de la Gran Colombia –Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú, Bolivia — decretó la pena de muerte para funcionarios corruptos.

El artículo 1º del decreto correspondiente establecía con toda claridad:

“Todo funcionario público, a quien se le convenciere en juicio sumario de haber malversado o tomado para sí de los fondos públicos de diez pesos arriba, queda sujeto a la pena capital”.

Artículo 2º: “Los jueces a quienes, según la ley, compete este juicio, que en su caso no procedieren conforme a este decreto, serán condenados a la misma pena”.

Y, 3º, el derecho a la denuncia pública: “Todo individuo puede acusar a los funcionarios públicos del delito que indica el artículo 1º.

Si Bolivar no hubiera muerto…

RESCOLDOS

Con idéntica dignidad a la de Maduro el colombiano Gustavo Petro encaró las bravuconadas de Trump. Habló con éste por teléfono durante una hora y aceptó visitarlo en febrero. ¡Cuidado! El alacrán podría aguijonearlo a la mitad del río, porque está en su naturaleza. Podría tratarse de una emboscada como la que sufrió Zelenski.

aurelio.contrafuego@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

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