Oaxaca de Juárez: el reto está en recuperar la confianza ciudadana

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+ Soluciones, ahora sí; son clave de legitimidad

Es curioso, pero aún siendo parte de la misma inercia política y electoral, los gobiernos de Gabino Cué Monteagudo y Luis Ugartechea Begué parten de dos supuestos totalmente contrarios: el primero, que ganó la gubernatura del Estado, arrancó con un alto grado de confianza por parte de la ciudadanía, respecto a su capacidad para resolver los problemas que ocasionó, o que no pudo resolver la administración anterior; pero el segundo, que a partir del próximo 1 de enero asumirá la alcaldía de la capital oaxaqueña, tendrá que partir del supuesto necesario de ganarse y recuperar —para sí, y para el Ayuntamiento— la confianza de los citadinos, para luego tratar de hacer, ya desde esa posición, un gobierno aceptable.

Es lamentable aceptarlo y reconocerlo, pero las más recientes administraciones municipales han sido una desgracia para la capital oaxaqueña. Prácticamente desde que inició la década que está a punto de culminar, Oaxaca de Juárez no ha tenido la posibilidad de contar con un gobierno municipal fuerte y con verdadera capacidad de acción. Tanto por desconocimiento, como por improvisación, e incluso por codicia o por la existencia de profundas fricciones políticas entre grupos de poder, la gran mayoría de los proyectos urgentes para la entidad, han sido postergados indefinidamente en detrimento de la ciudadanía.

Haciendo un recuento somero, podemos darnos cuenta que desde el inicio de la actual década, y hasta antes del gobierno municipal de Jesús Ángel Díaz Ortega, todo fue inestabilidad y conflictos en las relaciones institucionales entre el Ayuntamiento citadino y el Gobierno del Estado.

Primero con el panista Alberto Rodríguez González —que gobernó con un altísimo grado de improvisación, frivolidad y excesos, los cuales se combinaron con la poca tolerancia entonces entendible entre ámbitos de gobierno emanados de partidos distintos—, y luego con Cué Monteagudo —que desde el primer momento mostró su decisión de asumir la alcaldía como un paso previo a la búsqueda de la gubernatura del Estado—, la capital oaxaqueña no tuvo posibilidades de mejorar. En esos años, por “naturaleza” partidista, nunca hubo coordinación entre el Ayuntamiento y el Gobierno estatal. Y a esto se sumaron los vicios y los errores propios de cada uno de esos gobernantes.

Podría pensarse, sin embargo, que a partir de 2005 las cosas habrían sido distintas para la capital de Oaxaca. En el año previo, Ulises Ruiz había ganado la gubernatura del Estado, y Díaz Ortega era edil electo, ambos impulsados por el PRI. Sólo que al asumir sus respectivos cargos y responsabilidades, el resultado fue aún peor que cuando el Alcalde y el Gobernador eran de partidos distintos. ¿Por qué?

Porque primero, unos y otros vieron la dupla gobierno estatal-municipio como la posibilidad de ensanchar los espacios para la codicia y el provecho inconfesable, y juntos impulsaron medidas tan reprobables como la de la instalación de parquímetros, en la que funcionarios de ambos gobiernos —además de las arcas municipales— obtendrían a perpetuidad, jugosas ganancias económicas.

Y porque, después, unos y otros se vieron inmersos y rebasados por el conflicto magisterial y popular ocurrido en 2006, el cual reveló hasta qué punto una administración municipal podía ser capaz de abandonar no sólo sus responsabilidades y funciones básicas, sino también a la ciudadanía en medio de una crisis social que no tenía precedentes, y que requería la acción urgente y permanente de un gobierno que, sin embargo, desapareció.

REVERTIR LA DESGRACIA

No obstante, 2007 parecía tener un buen presagio para la capital oaxaqueña. Arropado y designado por el entonces grupo gobernante priista, José Antonio Hernández Fraguas fue el candidato del PRI a la alcaldía. Eran los momentos del postconflicto magisterial, y el tricolor no sólo había demostrado que los presagios sobre su debacle eran falsos, sino que había arrasado en los comicios intermedios para la renovación del Congreso del Estado. Añadiendo a eso su propio capital político, Hernández ganó la alcaldía citadina prometiendo que traería grandes beneficios a la capital oaxaqueña.

Ese parece haber sido el error más grave no sólo para el PRI, sino para los oaxaqueños en general. De nuevo se creyó la promesa de que habiendo gobiernos estatal y municipal emanados del mismo partido, el trabajo por la ciudad sería más intenso y fluido. Y aunque Hernández Fraguas comenzó bien su gestión (incluso dando sendos golpes de popularidad, tales como la cancelación de los parquímetros, como las decisiones inicialmente tomadas respecto a la Tienda Chedraui de la colonia Reforma), pronto se acercaron las efervescencias políticas que dieron al traste con todo.

Hernández Fraguas nunca fue el favorito para ser candidato a Gobernador. Empero, fue el que más se aferró a la posibilidad, y a lo largo de varios meses se declaró en franca rebeldía al priismo. Así, el Gobierno del Estado, que nunca fue su aliado incondicional, se convirtió en su adversario. Al final, un arreglo “disciplinario” hizo que éste declinara sus aspiraciones y se sumara a la campaña proselitista, pero a costa de dejar tirado el trabajo por la capital oaxaqueña.

Hernández Fraguas, sin embargo, aún habiendo arreglado su situación, nunca hizo lo mismo respecto al Ayuntamiento. Éste se volvió un ente incómodo para el gobierno, y sólo se dedicó a utilizarlo como fuente de recursos económicos para una campaña que finalmente no fructificó.

Hoy la administración municipal tiene no sólo las arcas vacías, sino que también está sujeta, sin que quede claro por qué, a un fuerte endeudamiento; es blanco de profundos cuestionamientos su falta de resultados y por las promesas no cumplidas. E incluso, el erario municipal no tendrá posibilidad de recuperación en el corto plazo, justamente porque una ciudadanía que ha sido tantas veces estafada por gobiernos que no cumplen, lo menos que hace es confiar y, seguido de ello, pagar sus impuestos.

 

IR POR LA CONFIANZA

Por eso, para el citadino común, Luis Ugartechea no tiene ni bonos democráticos y mucho menos el beneficio de la duda. Las respuestas que dé a la ciudadanía deben ser contundentes y eficaces. No debe desestimar que hoy, a pesar de su holgado triunfo electoral, se le ve con más incredulidad que esperanza. Sólo así podrá recuperar la confianza y conseguir un margen aceptable de maniobra para legitimarse de verdad como gobernante.

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