PRI: ¿cuándo tendrá atención Oaxaca?

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+ Privilegiar democracia y los consensos

La renovación en la dirigencia estatal del PRI debiera implicar el primer ejercicio verdaderamente democrático, de inclusión y de consensos. Los procesos electorales que se avecinan serán determinantes no sólo para los grupos políticos locales, sino que tendrán una implicación nacional que hace apremiante dejar atrás el marasmo de los últimos años para construir verdaderas oportunidades de competitividad electoral.
En efecto, desde hace tres años la dirigencia priista tiene un funcionamiento meramente virtual. Durante ese tiempo, en Oaxaca han pasado dos procesos electorales –el federal de 2012 y el intermedio local de este año- en los que el PRI ha salido medianamente librado: en los comicios federales fueron arrasados a pesar del arrastre que tenía Enrique Peña Nieto como candidato presidencial; en el del presente año, los tricolores salieron más o menos bien librados, pero no gracias a la unidad del partido o al establecimiento de estrategias concretas: en todos los casos fueron factores muy concretos (y hasta casualidades) lo que determinó cada uno de los triunfos y las derrotas del tricolor en las diputaciones y las alcaldías.
En todo esto, el papel que ha jugado la dirigencia es lamentable. Pues al día siguiente de que Ulises Ruiz dejó la gubernatura (y habiendo ya heredado a Eviel Pérez Magaña como inoperante dirigente priista), la lucha por el PRI tomó un matiz imparable de ferocidad que a la larga provocó que el CEN tomara sucesivas decisiones salomónicas enviando a delegados con funciones de Presidente que, en los hechos, han servido para poco.
¿Por qué? La respuesta es simple: primero Jorge Esteban Sandoval Ochoa y luego Salvador Sánchez, si bien eran priistas de cierta ascendencia, también quedaba claro que venían a Oaxaca a cumplir un trámite partidista y a administrar la inercia que llevaba esa historia de confrontaciones y discordancias sin límite entre los grupos políticos locales. Sandoval hizo ciertos esfuerzos por la unificación, que finalmente no llegaron a ningún puerto, y Salvador Sánchez decidió retirarse del encargo priista en la entidad, abrumado por la resistencia de los grupos priistas para fomentar un arreglo definitivo a sus diferencias.
Luego llegó a Oaxaca, con promesas de generar un parteaguas en la dirigencia del tricolor y presumiendo el respaldo del líder nacional del PRI, César Camacho Quiroz, Juan José Moreno Sada. Éste, a pesar de todos los activos que tenía como dirigente (oaxaqueño, legitimado por el CEN, con militancia y con un paso aceptable por la política local) pronto demostró su bisoñez, su incapacidad para estar a la altura de las disputas y para imponerse como líder, e incluso su poca disposición para generar un proceso real de unificación y revitalización al interior del partido.
Por eso, si las cuentas del PRI oaxaqueño (buenas o malas) no salieron así gracias a Moreno Sada, éste tampoco puede presumir que hizo algo distinto que sus antecesores. Meses después de su llegada quedó claro que, como Sandoval y Sánchez, llegó también al PRI para cumplir un trámite, para agarrar una chamba y una cómoda candidatura, y para administrar los problemas del tricolor, pero sin resolver uno solo de ellos.

EL FUTURO
En dos años habrá comicios federales, y de ahí se perfilará la ruta por la gubernatura en el año siguiente. El PRI, hoy en día, se encuentra en posibilidad de tener importantes activos para esos dos procesos. Cuando menos dos funcionarios del gobierno del presidente Peña Nieto buscarán ser candidatos a Gobernador de Oaxaca (Alejandro Murat Hinojosa y Héctor Pablo Ramírez Leyva). Quienquiera que sea el Abanderado del PRI en 2016, lo menos que necesita es un partido unificado, revitalizado y capaz de ser la plataforma de la campaña, antes que sólo esperar a que al candidato haga todo el trabajo y gane solo las elecciones.
Por eso es importante no sólo la renovación de la dirigencia, sino que ésta ocurra a través de un proceso ejemplar, amplio, unificador e inclusivo de todas las corrientes y expresiones priistas. ¿Cómo? De entrada, que contrario a lo que quieren algunos aspirantes a la dirigencia (que, invocando equivocadamente los estatutos, alegan que hay quienes no pueden aspirar de nuevo a la Presidencia del PRI), los espacios de participación se abran de la forma más amplia posible, para que en ese proceso quepan todos los que aspiran a ese cargo.
Luego, que haya garantía de que quien asuma el cargo, lo haga a través del consenso de las principales expresiones del PRI, y que también cuente con el aval nacional para llevar a cabo ese proceso de reorganización de las estructuras del PRI por todo el Estado, que no se ha hecho desde los comicios para Gobernador en 2010. Ésta, pues, debe ser una dirigencia alejada de las poses, de los proyectos personales, y de la frivolidad, y dedicada por completo al trabajo territorial y al establecimiento de las condiciones para las competencias electorales que vienen.
¿Quiénes buscan ese cargo? Los que han levantado la mano son muchos. Pero en realidad no son más de cuatro los que tienen posibilidades reales de llegar al máximo cargo priista en la entidad. Éstos son Jorge González Ilescas y Heliodoro Díaz Escarraga, además de Francisco Ángel Villarreal y Francisco García López. Son, acaso, los únicos cuatro con capacidad de aglutinar los consensos a su favor, que no están vetados de origen por alguno de los notables del priismo oaxaqueño (los ex gobernadores) y que tendrían la fuerza y capacidad suficiente para hacer de la dirigencia un espacio de trabajo y no la inservible zona de confort que hasta ahora ha sido para quienes han tenido ese cargo.
Todo debiera comenzar por una elección estatutaria, que estableciera un periodo definido, con el compromiso de que éste debe completarse, sea por tres o por cuatro años. Y sobre todo, que estableciera una ruta clara de consensos de trabajo partidista antes que de facción, y que dejara constancia que, luego de la derrota, en el PRI pueden ser ya mayores de edad con posibilidad de regirse democráticamente con autonomía, de cara a sus compromisos electorales en el corto y mediano plazo.

¿Y VILLACAÑA?
A otro que también tendrán que escuchar, en esta definición, es al Edil electo de la capital, Javier Villacaña Jiménez. ¿Ya vieron que él podría tener voz para definir pero, si no está en esa posibilidad, también la tendrá para vetar? Al final, Villacaña será también parte en la búsqueda de los consensos.

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