Partidos y ciudadanía debemos devolver la legitimidad al poder público

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+ EPN, derrotado por modelo del régimen; con otro partido sería lo mismo


En México es común que los ciudadanos a veces pensemos que los asuntos del poder público únicamente corresponden al gobierno y, quizá, a los partidos políticos. A su vez, los partidos asumen que ellos no tienen nada que ver con las tareas del gobierno; y éste, a su vez, ha sido incapaz de entender que no puede ser gobierno y partido a la vez. Por eso, la crisis de legitimidad que vemos en el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto sería exactamente la misma si gobernara el PAN, el PRD, o quien fuera. Lo que debe cambiar es el modelo del régimen, y no sólo los partidos en el poder.

En efecto, hoy el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto enfrenta una crisis —al parecer irremediable— de falta de legitimidad y de respaldo de la ciudadanía a sus acciones. Hay razón: mientras la ciudadanía demanda resultados que el gobierno no puede entregar, y los partidos de oposición se dedican de día y de noche a criticar la incapacidad del gobierno para cumplir con sus deberes más básicos, al interior del gobierno hay una lucha que hoy en día pasa más por el futurismo que por la supervivencia. En el gobierno del presidente Peña Nieto se está dirimiendo el 2018 al mismo tiempo que se están definiendo las políticas para evitar una caída aún mayor en los índices de aceptación ciudadana.

Todo esto, es apenas reflejo de un panorama que los mexicanos comenzamos a ver desde los dos regímenes panistas, y que creíamos que era problema de los partidos y no del gobierno: el presidente Vicente Fox fue incapaz de lograr los consensos necesarios para modificar la estructura del poder público, y apenas después de la primera mitad de su gobierno se dedicó a arbitrar su propia sucesión, dentro de su partido y del gobierno. No logró la modificación del esquema del poder, y tampoco una sucesión a sus intereses. Volvió a ganar el PAN, en 2006, pero con un candidato antifoxista.

Al presidente Felipe Calderón le pasó algo muy similar. Llegó al poder pero con un escenario político irremediablemente trabado por la imposible construcción de consenso con las fuerzas opositoras. Calderón intentó reformas que nunca pasaron en el Congreso, y luego intentó —casi— gobernar por decreto. El atasco de los consensos partidistas nuevamente paralizó al gobierno; y después de los comicios de 2009 —y mientras todos ya le reprochaban el fracaso de su gobierno, por la prolongada inmovilidad legislativa y su incapacidad de diálogo— dedicó gran parte de su tiempo a dirimir los enfrentamientos al interior del gabinete, para ver quién sería el candidato presidencial panista.

Una vez más —como en 2006, con Santiago Creel—, el candidato del Presidente cayó en medio de un fratricidio panista. Y el gobierno paralizado, y enfrentado por su involucramiento en los temas electorales de un partido, fueron la causa de que Calderón terminara su gobierno en medio de fuertes críticas por su mal desempeño que, en alguna medida tenían como base los temas electorales.

NADA CAMBIÓ CON EL PRI

Quizá por eso había la idea de que ese viejo orden se reinstauraría con el regreso del PRI a la presidencia. “Ellos sí saben gobernar” o “en el PRI sí hay disciplina”, se pensaba para refrendar dicha idea. Pero no ha sido así: a cuatro años de distancia —y a pesar de las reformas estructurales logradas— el gobierno de todos modos está en crisis: es blanco cotidiano de todas las descalificaciones; es reprobado por la ciudadanía; y además enfrenta un problema operativo fuerte ante la inminencia de la carrera, al interior del gabinete, por la candidatura presidencial.

Es decir, que Peña Nieto está terminando su gobierno —y eso es relativo, porque aún faltan dos largos años de gestión— peor que Fox y, podríamos afirmarlo, también en condiciones mucho más complejas que las enfrentadas por Felipe Calderón.

Por esa razón, pensar que el problema es de Peña Nieto, o del PRI, es tan ingenuo como falaz, porque en realidad lo que estamos viendo es que lo que debe cambiar es el modelo del régimen. No son funcionales la “disciplina partidista” ni “la experiencia de saber gobernar” porque hoy el sistema político es plural, competitivo y abierto; porque la ciudadanía es mucho más participativa que en cualquier otro momento de la historia nacional; y porque finalmente los problemas que hoy enfrenta el PRI en el poder, son más o menos los mismos que la década pasada y, podemos afirmarlo, son menos complejos de los que seguramente enfrentará el gobierno federal en la década siguiente.

Por esa razón es importante pensar ya no en una reforma política que modifique reglas aisladas, sino más bien un proceso refundacional de los mecanismos de acceso y ejercicio del poder público. Por eso, en este sistema competido y abierto, seis años de gobierno ya resultan demasiados, cuando hay una oposición que, por diseño constitucional, no tiene corresponsabilidad en las tareas públicas, y un gobierno que irremediablemente llega al punto —como ya está sucediendo ahora— de asumir la doble función de ser partido y gobierno para dirimir su propia sucesión.

CONTRASTES

En el fondo se trata de que el Estado mexicano sea más eficaz, y no convirtamos el ejercicio del poder en una cíclica noche de los cuchillos largos, en la que vemos cómo quien llega al poder se destruye, para deleite de sus opositores. Y así, sucesivamente. Al final, sin legitimidad, sin eficacia y sin gobernabilidad, no pierden los partidos sino nosotros los ciudadanos.

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