Pueblos indígenas y consulta: se les debe escuchar y entender integralmente

 

Indígenas

+ La idea del desarrollo no es la misma para todas las personas y comunidades


A muchos nos cuesta trabajo comprender por qué existen comunidades que se resisten a aceptar proyectos que implican planteamientos aparentemente irresistibles de desarrollo y progreso. En Oaxaca esa ha sido una constante, que combinada con la manipulación de oportunistas, ha dado como resultado una compleja situación de resistencia e inmovilidad de docenas de comunidades que, teniendo diversos potenciales naturales, se resisten a participar en esos procesos de desarrollo, o a permitir que otros las aprovechen aún cuando en la mayoría de los casos hay contraprestaciones importantes para los dueños de la tierra o los recursos que se van a explotar. ¿Por qué esto resulta casi inexplicable?

En efecto, la región del Istmo de Tehuantepec ha sido ejemplo de cómo las distintas ideas del progreso chocan frontalmente frente a proyectos como los parques eólicos, y todo pierde su dimensión cuando se involucran vivales que manipulan a las comunidades para intentar extorsionar a los dueños de las inversiones que se pretenden realizar.

En el primero de los aspectos —en el de las perspectivas sobre el progreso— a veces nos cuesta trabajo comprender que la idea del progreso no es necesariamente un valor absoluto ni tampoco un concepto que ha sido aceptado y adoptado de forma homogénea en todos los tiempos y por todas las sociedades. Más bien, la concepción del progreso que conocemos (esa que dice que siempre debemos tener más, alcanzar más, ir hacia delante, superar a los demás, etcétera) es un producto occidental que no necesariamente es compartido por todas las comunidades que no tienen como base los postulados europeos que llegaron con las conquistas y el expansionismo, no sólo a América sino a los demás continentes que de alguna forma fueron avasallados por el pensamiento europeo.

Eso es lo que en alguna medida justifica el derecho a la consulta previa, libre e informada, que hoy el orden internacional le reconoce a las comunidades indígenas. La idea base del derecho a la consulta radica justamente en no dar por hecho que las sociedades y las comunidades indígenas comparten las mismas ideas sobre el progreso, sobre el desarrollo y sobre el destino de sus posesiones comunitarias, que las sociedades occidentalizadas.

Por eso, dicen instrumentos internacionales como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que cuando existan disposiciones de índole legislativo o  administrativo que intenten modificar sus condiciones de vida, a los integrantes de las comunidades indígenas involucradas se les debe consultar de forma previa, libre e informada preferencialmente a través de sus propias instituciones representativas como podría ser, en el caso de Oaxaca, por las asambleas comunitarias en las que ejercen su democracia representativa, deliberativa y participativa en las decisiones que involucran los intereses de la generalidad.

Incluso, por eso mismo, el artículo 7 del Convenio 169 de la OIT es enfático en esa lógica. El inciso 1 de dicho precepto dice que los pueblos interesados deberán tener el derecho de decidir sus propias prioridades en lo que atañe al proceso de desarrollo, en la medida en que éste afecte a sus vidas, creencias, instituciones y bienestar espiritual y a las tierras que ocupan o utilizan de alguna manera, y de controlar, en la medida de lo posible, su propio desarrollo económico, social y cultural. Además, dichos pueblos deberán participar en la formulación, aplicación y evaluación de los planes y programas de desarrollo nacional y regional susceptibles de afectarles directamente.

¿Qué significa todo esto? Que los propios instrumentos internacionales reconocen que las concepciones del progreso no son homogéneas, y que por eso se deben considerar las visiones de las comunidades indígenas que, se supone, no están influidas por el occidentalismo que dice que se debe hacer todo, y ceder en todo, por la voluntad de ir adelante.

ENTENDER EL PROGRESO

Como el progreso no es un concepto unívoco ni estático ni homogéneo, las concepciones sobre él son variadas y cambiantes. En esa lógica, Gabriel Zaid señalaba en uno de sus lúcidos ensayos (“La fe en el progreso”, Letras Libres, noviembre 2004. Disponible en: http://bit.ly/2nB7gqz) que fijar orígenes sobre el progreso, depende del criterio que se tome.

El primer progreso, dice Zaid, puede remontarse a la Gran Explosión (el paso de la nada al cosmos). La conciencia del progreso puede señalarse en la prehistoria. Que algo sea llamado progreso implica algún concepto de cambio favorable, lo cual supone un juicio de valor. El mínimo absoluto está en reconocer que puede haber algo nuevo y que puede ser mejor. Pero ni siquiera este mínimo ha tenido aceptación general. Hasta el cambio se ha negado: es aparente, porque el ser “está inmóvil”, “es lo mismo, permanece en lo mismo”; y lo “distinto, ni es, ni será” (Parménides, traducción de José Gaos). “Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará: nada nuevo hay bajo el sol” (Eclesiastés, traducción de José Ángel Ubieta). En muchas culturas no se cree en el tiempo como una flecha, que avanza sin volver atrás: se considera que es ilusorio, o que avanza como un ciclo que se repite. Nietzsche creía en el eterno retorno. Einstein escribió en una carta de pésame que la distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión (Ilya Prigogine, ¿Tan sólo una ilusión?). Los cosmólogos admiten la especulación de que el tiempo pueda ser reversible en zonas limitadas, y hasta hacen bromas sobre viajar al pasado y matar a su padre, antes de que los engendre (Stephen Hawking, The universe in a nutshell).

En otra parte de ese mismo texto, Gabriel Zaid explica de una manera muy concreta cómo los adelantos científicos no necesariamente llevan a conquistas y superposiciones como lo dice la aparente condición indispensable del progreso, y pone el ejemplo de China. “Progresos los ha habido en todo el planeta, en todas las culturas, en todas las épocas; pero la fe en la historia como progreso empezó ‘en un rincón de la tierra’. Significativamente, los chinos, que tuvieron siglos de ventaja sobre el resto del mundo en una serie de inventos y descubrimientos, no les sacaron el partido que les sacó Occidente, ni los aprovecharon para imponer su liderazgo universal. Quizá porque no tuvieron el mito del progreso, hasta que les llegó de Occidente.”

¿Por qué apuntar todo esto? Porque en esa lógica lo primero que debe quedar claro es que no necesariamente las comunidades indígenas asumen el progreso como lo que nosotros podríamos asumir como tal. De hecho, la pregunta de donde tendría que partir todo debería apuntar a saber si ellos quieren modificar su esquema de vida, su entorno y sus condiciones actuales, o si quieren seguir viviendo como lo han hecho permanentemente.

Si ellos dijeran libremente que no desean el desarrollo o el progreso, habría que entenderlo no sólo a la luz de la manipulación sino también desde una perspectiva genuina de que esas comunidades tienen una concepción distinta a la occidental del tiempo, de lo material, de sus posesiones y de sus aspiraciones como comunidad.

MANIPULADORES

Junto a todo eso se hallan los manipuladores y vivales que lo que buscan es provecho. ¿En esas ideas plasmadas anteriormente, se justificaría el chantaje de no permitir el paso de una carretera, o de un parque eólico —por citar sólo dos ejemplos, de muchos posibles— si a la comunidad no se le construyen obras sociales no ligadas al proyecto original, o si a un líder o autoridad no se le entrega una cantidad de dinero o ciertas prebendas o beneficios? Eso ya no está en el campo del debate sobre el progreso o la consulta, sino en el de la industria del chantaje. Y lamentablemente, en la mayoría de los casos ese es el común denominador en Oaxaca.