Constitución moral: construcción de un sofisma sobre lo que es “bueno y malo” para los mexicanos

La moral no es la misma entre quienes viven en el campo, y quienes habitan en la ciudad. La moral tampoco es la misma entre quienes nacieron en una época y quienes nacieron en otra. La moral cambia conforme transcurren los procesos de formación intelectual; la moral se modifica conforme las personas van siendo mayores, y comienzan a vivir situaciones distintas. La moral varía —al menos en Oaxaca, pero así parece ser en todos lados— de acuerdo a la región, a la zona geográfica, al clima, a las condiciones sociales, a la pobreza o riqueza, a la marginación o a la satisfacción de las necesidades básicas. La moral no es la misma cuando una persona vive en la ignorancia, que cuando logra remontar sus condiciones sociales, culturales, intelectuales e incluso política. La moral no es la misma en las personas cuando éstas profesan religiones y creencias distintas. La moral varía cuando los procesos de migración inciden en las condiciones o en la composición de una sociedad. La moral es un conjunto de valores que en cada casa, en cada familia, y en cada sociedad se inculcan de forma distinta. La moral puede ser distinta cuando hay una familia tradicionalmente integrada, que cuando hay familias en las que los hijos crecen con solo de los padres; la moral se particulariza cuando un niño es criado sólo por sus abuelos; no es la misma moral la de una persona que vivió y creció en un ambiente de violencia, maltrato, marginación o abusos. La moral es tan cambiante como los procesos de tasación sobre lo que es bueno y lo que es malo para cada persona. La moral está también determinada por las condiciones económicas, y también por los deseos y ambiciones que tiene cada persona para obtener ciertas metas (por eso, para ganar dinero o para ascender laboralmente, entre muchas otras posibilidades, hay quienes deciden hacer cosas que otros no estarían dispuestos a hacer). La moral cambia cuando una persona decide vivir una vida apegada a ciertos principios religiosos, que esa misma persona viviendo bajo otros parámetros; incluso, no es igual la moral de quienes cursan la educación secundaria, que la de quienes tuvieron la oportunidad de acceder a instrucción media superior y superior; la moral es para algunos un valor, y para otros un estorbo; para los ‘progres’ de la Ciudad de México, los habitantes de la región del bajío mexicano son unos ‘mochos’ porque según ellos siguen defendiendo valores morales que para ellos son inaceptables; en sentido contrario, para la mayoría de los habitantes de algunas regiones del país, quienes viven en la Ciudad de México —y quienes apoyan las posturas progresistas a favor de los derechos humanos— son unos inmorales defensores de la violación a las buenas costumbres y a lo que ellos, también por razones morales, consideran lo ‘normal’, lo ‘natural’ y lo aceptable. La moral ha cambiado notablemente en los últimos tiempos: por eso las mujeres ya no van al templo cubiertas con un velo en la cabeza; por eso muchos varones entran a la iglesia sin poner en riesgo sus valores y creencias políticas, y por eso mismo se ha robustecido el principio de que cada quien profese la religión o creencia que desee sin ser perturbado ni cuestionado por nadie. La moral ha cambiado: por eso ahora los niños le hablan de ‘tú’ y no de ‘usted’ a sus padres; por eso los padres tienen la capacidad de tomar en cuenta a sus hijos, y los hijos decir lo que piensan a sus padres, sin que ello se considere como una flaqueza emocional ni una falta de respeto. Los cambios en las concepciones morales permitieron que la ley —y no la iglesia o la Santa Inquisición— juzgara a los delincuentes, y que se terminaran aquellas ideas que asociaban a las creencias religiosas con la comisión de delitos, por lo que la herejía dejó de ser una falta penada por quienes aplicaban la ley. La moral influyó para que se edificara y robusteciera el Estado de Derecho. Por eso estamos hoy regidos por la ley, que no establece lo que es bueno o malo, sino únicamente los aspectos inherentes a los seres humanos que todos debemos de respetarnos entre sí, así como las sanciones a las que se hace acreedor quien transgrede dichos principios. La moral, además, cambia de acuerdo a cómo están establecidos los usos, las costumbres y las tradiciones en cada familia, sociedad, comunidad, región, estado y país. Por eso, lo que para los mexicanos puede ser inmoral —la bigamia legal, la pena de muerte, el consumo de mariguana con fines recreativos, el aborto legal, la adopción en parejas de homosexuales, seguido de un larguísimo etcétera— en otros países son prácticas comunes, legales, morales, aceptadas y a veces hasta promovidas y saludadas. Las variaciones en la moral de cada persona y de cada pareja, son las que permiten que haya matrimonios recelosos de sus costumbres, pero que al mismo tiempo haya parejas que comparten a sus integrantes con otras parejas, sin que para nadie de ellos esto resulte una ofensa o una falta a los valores que los rigen como tales. Las distintas concepciones de la moral hacen que ciertos sectores de la sociedad vean con agrado los postulados y principios de un partido político y rechacen los de otros, pero que a su vez haya quienes rechacen aquellos y saluden a éstos. La moral es la que, en alguna medida, permitió la existencia de la derecha y la izquierda. La moral influyó en la existencia de jacobinos y girondinos. La moral en algún tiempo influyó en el rechazo y aceptación social de las personas. Por razón de la moral hubo tiempos en los que a los hijos nacidos fuera del matrimonio se les llamaba naturales, ilegítimos o bastardos, mientras que a los nacidos en el matrimonio se les decía legítimos, sin considerar que el amor —y al final, la moral— era el único responsable del nacimiento de unos y de otros. La moral también ha sido la que ha juzgado a las madres y padres solteros, desvalorando el enorme esfuerzo que éstos hicieron para enfrentar a la sociedad, y su moral, para sacar adelante a sus hijos. Esa misma moral es la que primero arrinconó a todos aquellos a los que no consideraba como iguales ni como normales, pero ha sido la misma que ahora los ha sacado a flote a partir de sus propias diferencias, que son tan inherentes a las diferencias que tenemos todos los seres humanos. La moral es también —y debemos reconocerlo— un valor que evita los desbordamientos y la locura de quienes, sin ella, harían cosas peores de las que ocurren, y han ocurrido, a lo largo de la historia. La moral es subjetiva y es tan diversa y plural, como lo es en la actualidad nuestra sociedad. Para muchos es un conjunto de valores cargado de virtudes. Para otros ha sido un lastre y para muchos más ha sido un símbolo de oportunismo. Al final, la moral también ha sido un estorbo frente al pragmatismo y el ejercicio descarado del poder. Acaso por ello Gonzalo N. Santos, el pintoresco y muy político mexicano conocido como el ‘Alazán Tostado’, dijo que la moral era sólo un árbol que da moras.