10 Km

Mariano Estrada Martínez

Andanzas en bici por Oaxaca.

Era un camino sin asfaltar. 

Una rodada polvorienta.

Un pasaje solitario y en apariencia bastante fácil. En mi bici soy un rey incógnito de una pequeña república dominada por la voluntad de avanzar un kilómetro más, una dependencia análoga al sufrimiento y fundadas sospechas de masoquismo más que de pertinencia del ejercicio. 

No había recorrido ni cinco kilómetros según el contador del celular y ya sentía un cansancio y un agotamiento irregular. Iba solo porque no me gusta atrasar a los demás ciclistas. Tras los matorrales a lo lejos se divisaban las montañas de San Bartolo. Era una de esas tierras bajas de Oaxaca, en la que abundan hileras kilométricas de plantas con espinas en las orillas. Aquí y allá se escuchan perros y cánticos de viento apagándose paulatinamente al compás de mi cansada respiración. Una ligera bajada apareció y me sentí aliviado contemplando en silencio los distintos tonos de verdes y el humo de las casas en los campos.  

– ¿Te acompaño? – Me preguntaron.

– ¿Quién eres? – Al mismo tiempo que exhalaba fuertemente e intentaba meter todo el aire que podía en un suspiro. 

No voltee ante la voz, sabía que era mi mente quien indecisa me iba recordando mi accidentada edad, el dolor de la artritis, la incomodidad de dos hernias, el triste espectáculo de mi historial médico y la fatiga casi jadeante ya desde la primera pedaleada. 

Sólo le atiné a decir:

-¿Podré llegar hasta la salida al pueblo?

-¿Es usted el dueño de esas rodillas que van sonando tan feo?

-Pues quien mas si no- Atiné a decir ya que yo solito  me había  metido en ese camino a ratos barroso, a ratos polvoriento y despoblado. 

-Lo acompaño- Me volvió a decir. 

Mi cabezota se ha dado a la encomienda de advertirme que mi traqueteada vida ya ha recortado grandes rebanadas de juventud y que aquella mañana no era excepcional. 

-Sólo quiero llegar a los 10 kilómetros. – Le dije envalentonado y decidido a mantenerme firme en mi súplica: 

-La tarde está pacible, y este viejo criado – Le dije señalando a mi corazón- Todavía aguanta.

-¿Qué haces? – Me reclamó y me lanzó una punzada en la espalda baja. 

Aquellos ejidos parecen extenderse hasta el infinito y el recto camino dividía en dos unos sembradíos de mazorcas ya cargadas de elotes octubrinos y por abajo se arrastraban cultivos de calabaza y de frijol. 

Con la mirada perdida en el infinito del camino me detuve. En un instante que se prolongó por unos minutos mi cerebro cogió una navaja y empezó a cortarme las muñecas. 

-¿Qué haces? – Le reclamé al mismo tiempo que con una mano apretaba fuerte mis articulaciones, era lo único que ya no me dolían, ahora las muñecas ya se habían rebelado al rey. Maldita seas… dije. 

Salí precipitadamente con la misma rabia y sensación de angustia. Cambié las velocidades de la bici y pedaleé con fuerzas hasta la salida al pueblo sin escuchar nada, sordo, rabioso, irritado y cansado. 

  • ¡¿Qué te pasa?! – Me dijo la voz, como queriendo salir de un peligro inminente.

Ya no quería hablar mas con ella. De nuevo la aplicación del celular se escuchó: 

     -Meta alcanzada 10 kilómetros.  

Me cansé mucho y sólo fueron 10 kilómetros, sufrí todos los fastidios de mi mente y los achaques de mi cuerpo, pero logré mis 10 grandes kilómetros. Era el día de mi cumpleaños número 50. Estaba feliz. Regresando a casa, me llevaron de urgencia al hospital y me intervinieron una hernia. 

Twitter: 

@PROFEMARIANO1

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