CONTRAFUEGO|| Los científicos

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Aurelio Ramos Méndez

Tiene razón el presidente López Obrador: no cualquiera puede gobernar el país. Él mismo encabeza un gobierno altamente cuestionable, que si bien ha sido el mejor en el último medio siglo pasa apenas de panzazo las pruebas de la eficiencia y la democracia. 

Y está por verse si Claudia Sheinbaum, su heredera política y quien según todos los pronósticos triunfará en 2024, tendrá aptitudes y condiciones para gobernar. Lo que en serio significa gobernar, no lo que esto ha sido en nuestro medio.

Gobernar, entre nosotros, tal como había sido entendido hasta antes del actual sexenio –aunque en gran medida lo sigue siendo– implicaba un ejercicio simple:

Proteger intereses establecidos, contener exigencias sociales, administrar con criterio laxo los bienes públicos; consentir el usufructo de la riqueza nacional por unos cuantos, repartir contratos, respetar impunidades… Y no hacer olas sino dejar que la nave del Estado bogara al garete.

La ejecución del mando así entendido ha cambiado entre poco y nada, debido, en efecto, a duras resistencias, pero también a la falta de voluntad política y al precario uso del acelerador que podría significar la normatividad vigente.

La corrupción ha sido combatida de modo puramente declarativo. Sobran dedos de la mano para contar los peces gordos, de los sectores tanto público como privado, que han debido resarcir el daño y además recibir el justo castigo que sus delitos conllevan.

La atención de las demandas sociales vía lo que el sector pudiente denomina populismo y clientelismo, ha sido una gota de agua en un océano de necesidades.

Casi nueve millones de mexicanos han salido de la pobreza, pero han subido apenas un peldaño, y a este ritmo llevará aún varias generaciones vencer el descomunal rezago social y atenuar la desigualdad.

Los machucones de toda la vida experimentaron a principios de la presente administración apenas un leve calambre. Cinco años después siguen tan campantes, cercanos al poder y algunos hasta alebrestados. Ricardo Salinas Pliego bien puede ser considerado el arrequín de la manada.

Todavía no hemos constatado el tueste de la tradicional comalada sexenal de nuevos ricos, beneficiarios del gobierno, mas ya es factible –en opinión de muchos observadores– decir de estos lo que de las brujas suele afirmarse: de que existen, existen.

Y, mejor ni hablar de la seguridad pública, rubro capital para el desarrollo del país, la cual acusa una mejoría tan insignificante que es preferible decir que hermana al obradorismo con los gobiernos precedentes, en especial el sanguinario calderonato.

Así y todo, resulta meritorio por donde se mire el esfuerzo presidencial de darle al régimen una orientación distinta del rumbo que tenía desde 1982, que se afianzó en 1988 con Carlos Salinas y pretende ser retomado con Xóchitl Gálvez.  Aunque ni de lejos puede hablarse de una revolución.

“No cualquiera puede gobernar el país y lo que estoy viendo no es suficiente para lo que se necesita, México y su pueblo merecen un mejor destino”, dijo Amlo desde su realidad y su experiencia, en clara y atinada alusión a Gálvez, la candidata estrella de la oposición.

“¿Nada más porque dicen groserías? ¡No! ¿Y el conocimiento del país? ¿Y el conocimiento de la historia? ¿Y las convicciones y el amor al pueblo, dónde está eso?”, añadió el tabasqueño.

Para gobernar, ciertamente, se requieren las cualidades, competencias y sentimientos mencionados por el Jefe del Ejecutivo, entre otros muchos atributos, no la ligereza, simulación, banalidad, bufonadas y ánimo pendenciero de la virtual candidata del Frente Amplio Opositor.

El tabasqueño, no obstante, dejó ver con su señalamiento referido y con la exaltación luego del nivel académico de Sheinbaum –“es muy buena, con mayor preparación académica, yo de milagro obtuve la licenciatura”– un talante claramente discriminatorio.

Al escucharlo, uno tiende a pensar que entre las iniciativas de ley en preparación Amlo alista, con carácter preferente, reformas a la Constitución para asestarle un golpe la democracia y restablecer un gobierno de los más aptos, la élite ilustrada, los “científicos” del porfiriato.

Tendría que ser así, porque la Carta Magna establece que todos los ciudadanos –todos, del campesino u obrero al industrial o empresario, y del analfabeta al doctor en ingeniería—son susceptibles de votar y ser votados.

Es cierto: No cualquiera puede gobernar nuestro país. Sobrevalorar sin embargo los méritos académicos puede no ser el camino correcto. De la eficiencia de los egresados de Harvard como Salinas y otros mandatarios, habla la triste realidad. 

De Xóchitl, ingeniera en computación con especialidad en robótica, ya hemos atisbado su ideario con propuestas tales como privatizar Pemex –“yo sé cómo hacerlo, soy ingeniera”–, retomar los ímpetus homicidas de Calderón, privar al sureste de fuentes de empleo –“nadie va a trabajar ocho horas seguidas”—y prohibir las micheladas…

De la ingeniera ambiental con doctorado en ingeniería en energía, Sheinbaum, queda aún por verse si estará a la altura de las exigencias del bastón de mando.

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