Carlos R. Aguilar Jiménez
Un esclavo como cualquier cautivo e incluso un prisionero, no tiene absolutamente ninguna libertad, autonomía, libre albedrío ni posibilidad de queja o refutación respecto de lo que le ordenen sus amos o custodios, porque los esclavos no funcionan con solicitudes, peticiones, sugerencias o iniciativa propia, son casi igual que soldados, únicamente cumplen ordenes irrebatibles; condiciones de vida y trabajo que también se dan con los llamados trabajadores o empleados de confianza del gobierno federal, estatal y municipal a quienes con el pretexto de “confianza” se trata como viles esclavos, sin derechos ni amparo de la ley federal del trabajo.
Reconozcan o no, son esclavos, como ocurría en tiempos de esclavitud cuando, no obstante trabajaban en casa del amo y tenían ciertos privilegios y “confianza”, seguían siendo propiedad del amo, igual que ahora los empleados de confianza del gobierno, quienes al no tener amparo o protección legal o moral alguna, ya sea de derechos humanos, sindicales o gremios, los funcionarios igual que amos o patrones, les tratan como esclavos, exigiendo sumisión, obediencia, sometimiento y acatamiento absoluto a la hora y día que sea, obligándolos a trabajar hasta quince horas, sin consideración respecto de sus esclavos-empleados y reflexionar que el cargo es efímero y quedan siempre resentimientos o animadversión y que debían ser los jefes o funcionarios quienes dieran ejemplo de buen trato, consideración y respeto a sus subordinados, no por ley, sino por valor humano.
Los esclavos del gobierno o empleados de confianza no tienen derecho alguno (excepto su elevado sueldo-bono) únicamente obligaciones, debiendo reportarse personal, telefónicamente o por cualquier medio a su jefe-amo a la hora que a este se le antoje, ya sea para cumplir como acarreados a un mitin político, como comparsa a alguna actividad electorera, publico en acciones cívicas, tequios populistas e incluso para desempeños domésticos en casa del jefe-amo, porque por un puñado de pesos pierden hasta su dignidad, Algunos lo hacen con gusto o ideología, pero son los menos. Y honrosamente quienes se indignan por el trato esclavista, prepotente y abusivo, renuncian.
Los esclavos del gobierno no trabajan en función de la Ley Federal del Trabajo, ni de estatutos sindicales de emancipación, porque antes de iniciar su trabajo deben firmar su renuncia, además de ser advertidos de todo el poder que tiene el gobernante que les contrata y de no reclamar nunca emancipación ante las consecuencias a que se enfrentarían, por supuesto, durante el tiempo que dure el poder, ya que al terminarse, el jefe-amo, se convierte en don nadie, anodino, como algunos jefes del pasado que al llegar al cargo público con toda pedantería escondían su incompetencia e ignorancia y hoy no son más que insignificantes individuos que se creyeron divinidades como directores, jefes, autoridades o políticos, sin reflexionar que el cargo público es temporal y la vida es larga y los ajustes de abusos, excesos y humillaciones, se cumplen.
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