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El nacionalismo es una enfermedad

Carlos R. Aguilar Jiménez

“El nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”, escribió y defendió el filósofo francés Voltaire, quien vivió en Paris y otras ciudades de Europa y sabía que, si bien Paris podría considerarse la ciudad mas bella del planeta y la cultura francesa podría ser modelo y ejemplo para el mundo, el hecho que viajara y conociera otros lugares, (los viajes ilustran,…a los ilustrados) le hacía ubicarse y facilitaba entender que ningún nacionalismo o patriotismo tiene importancia, sino que es una “enfermedad” que ataca a quienes, sin haber viajado a otros países creen que su nación es la mejor, como aquellos patrioteros que dicen que: “como México no hay dos”.

Qué bueno que como México no hay dos, porque uno, con monstruosa inseguridad, decenas de miles de desaparecidos (muertos), corrupción política extrema, asesinatos, mucho más que en países en guerra, además de extorsión, cobro de piso, impunidad al 99 %, polarización social, resentimiento individual exacerbado por el gobierno, delincuentes y criminales organizados, narcos protegidos y millones de pobres, con un México… es suficiente para el mundo.

Ser nacionalista y defender una nación es ideología que sirve a gobernantes, caudillos, lideres o partidos políticos para mantenerse en el poder, utilizando publicidad para hacer creer a la gente que debe defender su soberanía y nación incluso con la vida, cuando lo cierto, como demuestra la historiografía, los hechos, no la interpretación, es que, excepto algunas guerras, casi todas han sido para defender ideologías de políticos: nazis, maoístas, zapatistas, maderistas o lo que sea se les ocurra a los gobernantes que envían a morir millones, mientras ellos desde sus oficinas contemplan las batallas y masacres.

Todos somos terrícolas, humanos, descendemos de ancestros africanos y nos consideramos nacionalistas únicamente porque así nos adoctrinan y adiestran con himnos nacionales, banderas, historias inventadas de héroes, que no fueron héroes, como la batalla del 5 de mayo o de los niños héroes, Si se es militar y ese es el trabajo del soldado, que mate o lo maten en la guerra es normal, pero si se es un ciudadano común, pretender matar o morir por un pedazo de tierra al que llamamos nación, es un sinsentido, es absurdo, a menos que ya se este suficientemente alienado para que alguien este dispuesto a matar a otro por ser extranjero, excepto en invasiones o irrupciones, claro está.

En estos días se habla de defender la soberanía, y podría decirse que es correcto si se tratara de una guerra de invasión y conquista, no obstante, si quien argumenta que” un soldado que cada hijo te dio”, se caracteriza por dudosa reputación, ideologías, polarización social y defender lo indefendible, entonces ningún nacionalismo es válido y solo es una enfermedad que se cura viajando.     

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

CONTRAFUEGO || Falacias asesinas

Aurelio Ramos Méndez

¿Cuántas vidas humanas cargarán en su conciencia los periodistas que, a diario y mediante falacias, sesgos, elucubraciones y toda suerte de argucias de manipulación informativa instigan la hostilidad y aún la violencia homicida de Donald Trump en contra de México y los mexicanos? 

Vale el interrogante porque la mentira, mata. Lo prueban 16 mexicanos muertos en lo que va del año bajo “custodia” de un Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) cuyo odio a los migrantes ha sido exacerbado hasta el homicidio por ciertos medios.

Lo prueba el recrudecimiento de los enfrentamientos con regueros de muertos entre bandas delictivas; por ejemplo, los mayos y los chapitos, debido, sí, a hondos rencores y desacuerdos, pero también a que en medios se dice, sin pruebas, que el gobierno apoya a unos en perjuicio de los otros.

Y la violencia masiva con narcobloqueos, balaceras, vehículos y comercios incendiados, y víctimas letales en los culiacanazos o episodios similares en Tamaulipas, Coahuila, Jalisco y otras entidades.

A propósito de pruebas, ¿se tiene certeza de que en la destrucción del narcolaboratorio en la Sierra del Pinal, con apoyo de cuatro gringos de la CIA, no murieron mexicanos que por muy delincuentes que fuesen, conforme a nuestra Constitución merecerían debido y justo proceso?

Podríamos quedarnos en la ingenuidad de que la copiosa mendacidad de algunos de nuestros periodistas más conspicuos es inocua, elevada muestra del mejor y más tenaz e incisivo periodismo de investigación, pero sería autoengañarnos, y colocarlos en un pedestal que no les corresponde.

Aludir a las consecuencias del periodismo que por motivos políticos o crematísticos atiza con patrañas el horno de la violencia, cuyos cultores están a la vista con sólo abrir un periódico, encender la radio, la tv o las redes, en modo alguno significa atacar al mensajero.

Es apenas resaltar que la mentira periodística no resulta inofensiva, sino que tiene reflejo en el baño de sangre que ahoga a nuestro país.

Un portal de noticias que a despecho de su nombre de amanecer a diario relata el “ocaso” nacional, y que según sus creadores nació con el noble fin de combatir la mentira, dio por estos días acabada muestra de hipocresía y mala entraña. 

Torció sin recato el debate sobre la presencia de agentes de la CIA en Chihuahua y la investigación federal sobre este caso. Agentes, debe decirse, de un ente gringo de la peor ralea, The Company, aquella que en 1973 accionó en Chile.

Dicho portal intentó jugarles el dedo en la boca a sus oyentes y lectores. Buscó hacerles creer que el asunto está siendo investigado, absurdamente, debido a la encomiable destrucción de un enclave narco, cuando en realidad se indaga la presencia irregular –fuera de toda ley, tratado, acuerdo o declaración de colaboración—de agentes extranjeros. 

Se averigua, en buena hora, debido a las graves implicaciones de este caso sobre nuestra soberanía y la seguridad nacional, por más que a los manipuladores de información que se perciben gringos estos principios les parezcan antiguallas.

La mentira de los cruzados contra la mentira tuvo efecto ultrarrápido. Puso a la gobernadora Maru Campos a repetir como mantra que el gobierno federal investiga a su administración no por colaboracionista en la sombra con EU, sino porque –patético tributo a Trump– fue destruido un laboratorio de narcos. 

La mandataria dio a entender que tal destrucción irrita al gobierno porque afecta intereses de éste y del partido en el poder. Y en su afán de malquistar a la 4T con EU, acuñó una audaz consigna: “Vamos viendo quién es quién”.

De acuerdo: vamos viendo. Pero, de entrada, alguien debería decirle a Maru con claridad: “Señora, su entreguismo, así como los malabares periodísticos de quienes usted copió el sesgo que repite con aire de prestidigitadora, se tipifican como traición a la Patria”.

El pasado fin de semana circularon imágenes de la infame Migra en el desierto de Sonora persiguiendo a caballo a migrantes –del lado estadunidense–, trece de los cuáles fueron arrestados, uno acusado de ser –¡lotería!– integrante del Cartel de Sinaloa. 

El video fue tomado por la propia Patrulla Fronteriza. Causó indignación por el hecho en sí de perseguir migrantes como animales, y porque tiene como fondo musical el alegre ritmo country de la canción que en español se titula Jinetes en el Cielo.

¿Pueden decirse inocentes de semejante aberración los periodistas que irresponsable y antipatrióticamente esparcen mentiras acerca del gobierno mexicano, con objeto de espolear a Trump y acicatear sus intereses expansionistas y mercantiles, y su alevosa inquina hacia México?

Renglón aparte merece el ataque a balazos, este sábado, de la que por tres décadas fue casa del gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, pero desde hace diez años se haya deshabitada. 

De agradecer la providencial ignorancia de los sicarios, la estulticia que los indujo a tirotear quién sabe a quién, o su pavorosa decisión de –por ahora– sólo enviar una advertencia.

En todo caso, ¿asumirán la parte de responsabilidad que les atañe en este intento de homicidio, los medios que en vez de informar con rigor y objetividad han juzgado y sentenciado al mandatario temporalmente separado del gobierno?  

Hay en el bando de la oposición periodistas para quienes –lo han expresado con todas sus letras—“la verdad es irrelevante” y practican un “periodismo sin límites”, como si existiesen derechos absolutos y la responsabilidad periodística –el deber de cribar la información que esparcen– fuese otro anacronismo. 

Instalados en la capitulación ética, dan la impresión de necesitar capsulitas pal alzheimer.

Afirman que desde “la caída del gobernador real de Sinaloa, es decir Ismael Zambada” –25 de julio de 2024, hace diez meses—ese estado es una hoguera. 

Y que la Presidencia de la República “está a punto de hacer chocar al país contra Estados Unidos por defender a una decena de presuntos delincuentes”. Es falso.

Desde hace por lo menos siete décadas Sinaloa ha sido la meca del narcotráfico. Capos han puesto y removido gobernadores, alcaldes, legisladores, comandantes de zonas militares, delegados de dependencias federales… 

Y los capos han sido operadores electorales, sin que EU se haya dado por enterado.

En los 60, Leopoldo Sánchez Celis tuvo como escolta al narco Miguel Ángel Félix Gallardo. En los 70 usufructuó el tráfico de substancias ilícitas Antonio Toledo Corro. Y en los 80, con Carlos Salinas en la Presidencia, Renato Vega Alvarado.

Tal como, en la actualidad, según trasnochadas acusaciones gringas aún por comprobar, lo usufructúa Rocha Moya.

El narco llegó a penetrar a tal punto –a decir del exgobernador Juan Millán Lizárraga— que la realidad sinaloense lindaba en lo fantasioso.

El PRI –refería Millán en sus años de senador– le encargaba al Mayo Zambada “hacer las elecciones en la costa sur del estado”; esto es, encargarse mediante su estructura criminal de manejar los comicios desde la organización hasta su calificación. Así llegó al poder el salinista Vega Alvarado.

Antes, en tiempos de Toledo Corro el narcotráfico era tan poderoso que reclutó al Toñeque, hijo del mandatario, de quien se decía –narraba Millán– que al llegar éste por las noches a las discotecas culiacanenses la orquesta cesaba su tanda para empezar a tocar El Padrino.

También por las noches, en la colonia Tierra Blanca, de Culiacán, los mafiosos se comunicaban mediante una especie de código morse propio, a base del traqueteo de sus ametralladoras.

Y la Universidad de Sinaloa tenía la mayor matrícula nacional de estudiantes de ciencias químicas; estaban destinados a narcolaboratorios aun antes de iniciar sus estudios. 

Cierto o falso, Millán es un sobresaliente político priista que aún puede ratificar o negar aquellos dichos.

Extraña, por todo ello, que el gobierno gringo, tan permisivo o despistado durante 70 años, se muestre hoy celoso de la seguridad nacional de su país y amoroso protector de la salud de sus drogadictos.

Extraña, sobre todo, que saque partido de plumas mercenarias para avivar la violencia y advertir del inicio de “la fase terrestre” contra el narco y altos funcionarios mexicanos.

BRASAS

Desastroso resultó el viaje a México de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Pretendió asistir a una ultraderecha exangüe y reivindicar a Hernán Cortés, pero sólo consiguió hacer osos descomunales.

La ignorancia acerca de los terribles abusos cometidos por el conquistador sobre la población indígena, y sus excesos verbales al considerar a México un narcoestado, la llevaron de la inanidad al ridículo.

Sólo un puñado de incautos acudió a sus eventos y esto la condujo a cancelar la gira y volver a su terruño, quizá cantando como en La Fiesta, de Serrat: “Cae la noche y ya se van nuestras miserias a dormir”.

Antes de partir, la madrileña acusó de boicot a la jefa del Estado mexicano y hasta dijo que el gobierno le pidió a sus anfitriones –entre estos el Grupo Xcaret– que le retirasen sus invitaciones para acudir a la entrega de los premios Platino a lo mejor de las artes en Iberoamérica.

En un gesto que los honra, los directivos del Grupo referido desmintieron rudamente a la representante de la corriente más radical del Partido Popular y asumieron la total responsabilidad de haberle pedido que ahuecase el ala.

Mal por Díaz Ayuso, pero peor para nuestra ultraderecha zombi, incapaz de convencer a los ciudadanos ni siquiera con grillos de importación.

En Monterrey estudiantes del TEC quizá se quedaron con las ganas de ver a la presidenta madrileña, en su segundo intento de colonización política en México; el primero fue en abril de 2024. Ni modo. A resignarse y a cantar con el ilustre catalán:

“Y con la resaca a cuestas/Vuelve el pobre a su pobreza/Vuelve el rico a su riqueza/Y el señor cura a sus misas…”.

RESCOLDOS

Al inopinado anuncio gringo de revisión a consulados mexicanos, siguió un episodio peculiar, semejante a un montaje loretiano. Un presunto delincuente armado que huía de la policía ingresó hasta el sótano del Instituto Cultural Mexicano, en Washington.  ¿Ánimo de hacer aparecer las legaciones mexicanas en EU como refugios de delincuentes? Veremos.

aurelio.contrafuego@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

La revancha contra la meritocracia

Alberto Benítez Tiburcio

Hay una objeción al argumento de mi artículo anterior sobre la revancha de las mayorías. No basta decir que las mayorías están resentidas ni que la democracia se ha convertido en un mecanismo de castigo. Hay que preguntar antes: ¿quién produjo ese resentimiento?, ¿quién cerró los cauces de representación política?, ¿quién convenció a millones de personas de que su precariedad era culpa suya?

Porque el resentimiento no nació solo. Durante décadas fue madurando una pedagogía del abandono: el Estado se retiró, los partidos se parecieron demasiado entre sí, la economía dejó de generar movilidad real y el discurso público sustituyó la justicia por una consigna brutalmente simple: “échale ganas”.

El neoliberalismo no sólo reorganizó mercados. Reorganizó la imaginación moral de la sociedad. Nos enseñó a mirar la desigualdad como resultado del esfuerzo individual y no como consecuencia de estructuras profundamente desiguales. Si alguien triunfaba, era por mérito. Si alguien fracasaba, era por falta de talento, disciplina o carácter. Así se despolitizó la pobreza. Así se volvió privada una derrota que era social.

Michael J. Sandel lo explica con claridad en La tiranía del mérito: la meritocracia no sólo distribuye premios; distribuye dignidad. Produce soberbia entre los ganadores y humillación entre quienes quedan atrás.

La meritocracia no es simplemente una promesa incumplida. Es una forma de dominación moral. A quienes nacieron lejos de la riqueza, de las redes, de la buena escuela, del apellido correcto o del código cultural dominante, se les dijo que todo dependía de ellos, que bastaba el esfuerzo individual.

Pero no basta. La igualdad real depende mucho más del origen que del mérito. Depende del barrio, de la escuela, del ingreso familiar, de los contactos, del tiempo libre, de la salud, de la seguridad y del capital cultural heredado. El mérito existe, desde luego, pero nunca opera en el vacío. Siempre corre sobre una pista inclinada.

De ahí la rabia. No sólo contra las élites, sino contra una cultura entera que llamó “superación” a la supervivencia y “fracaso” a la exclusión. El viejo “échaleganismo” fue más que una frase motivacional: fue una coartada. Permitió al poder lavarse las manos. Si no llegaste, fue porque no trabajaste lo suficiente.

Así se rompió la solidaridad social. Una sociedad que convierte todos los destinos en responsabilidad individual termina perdiendo la capacidad de compadecer. El pobre deja de ser víctima de una estructura injusta y se vuelve sospechoso de su propia pobreza.

Esa doctrina produjo una sociedad hiperindividualista, desconfiada y seca. La meritocracia, cuando se vuelve religión civil, destruye la empatía social.

Por eso los populismos encontraron terreno fértil. No inventan el agravio: lo traducen. Llegan cuando la política institucional ya no escucha, cuando las élites pactan entre sí aunque compitan en público y cuando las urnas ofrecen opciones distintas sólo en apariencia.

Entonces aparece alguien que dice: “ustedes tenían razón; nos traicionaron”. La frase puede venir de la derecha o de la izquierda. Puede usar bandera nacionalista, retórica popular, lenguaje religioso, discurso antiimperialista o rabia contra los migrantes. El mecanismo es el mismo: tomar una herida real y ofrecer una salida emocional.

Por eso, una crítica democrática seria no puede limitarse a condenar la furia de las mayorías. Tiene que mirar también a quienes la hicieron inevitable: la corrupción normalizada, el nepotismo, las alianzas de cúpula y la criminalización del Estado social.

Desde esa perspectiva, el problema no es que el pueblo se haya vuelto irracional. El problema es que durante demasiado tiempo se le pidió paciencia mientras otros acumulaban privilegios. Se le pidió moderación mientras otros practicaban el exceso.

La democracia llega entonces a un punto de agotamiento. No porque la gente odie votar, sino porque sospecha que votar ya no basta. Chile, Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Europa: con diferencias enormes, el patrón aparece una y otra vez. Cuando los cauces ordinarios no corrigen la desigualdad, la elección se vuelve un plebiscito emocional. No se vota sólo por un programa. Se vota contra alguien. Contra una élite. Contra una época. Contra una humillación.

Ese es el riesgo: que el legítimo reclamo de dignidad sea capturado por liderazgos que no quieren democratizar el poder, sino concentrarlo en “nombre del pueblo”. Por eso no hay que temerle al enojo popular. Hay que temerle a su manipulación. El enojo puede ser una energía democrática si se convierte en organización, derechos, comunidad, Estado social e instituciones incluyentes. Se vuelve peligroso cuando deriva en culto al líder, desprecio por las reglas y permiso para abusar “ahora que nos toca”.

El desafío democrático consiste en reconstruir confianza sin mentir. No con sermones desde arriba. No con nostalgia tecnocrática. No con desprecio al pueblo cuando vota con rabia. La única salida seria es volver a hablar de justicia material, dignidad, comunidad, trabajo y futuro compartido.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

La revancha de las mayorías

Alberto Benítez Tiburcio

Hay libros que no sólo se leen, se vuelven herramientas para entender el momento que vivimos. La era de la revancha, de Andrea Rizzi, es uno de ellos. La política contemporánea en el mundo ha dejado de discutirse en términos de presupuestos, impuestos o crecimiento, para vivirse en clave de agravio.

En el fondo de muchas democracias hay una sensación persistente de abandono. No es una metáfora. Es una experiencia social concreta. Durante décadas, la política —o al menos, cierta forma de entenderla— se concentró en variables agregadas: crecimiento, inflación, estabilidad fiscal. El éxito se medía en porcentajes y curvas. Mientras esos indicadores mejoraban —o eso nos decían—, amplios sectores de la población quedaban fuera de la conversación: más pobres, cada vez más lejanos del centro de decisión; más invisibles, más prescindibles.

Ese es el punto delicado: el neoliberalismo, en su versión más ortodoxa, no sólo fue una política económica; fue una forma de ordenar las prioridades públicas. Al privilegiar lo macroeconómico como criterio casi exclusivo de racionalidad, terminó por desatender lo que no cabe en una hoja de cálculo: la pertenencia, la dignidad, el reconocimiento. No es extraño que, con el tiempo, haya producido no sólo desigualdad, sino resentimiento. El resentimiento, cuando se acumula sin cauce institucional, muta en otra cosa: en sentimientos de revancha.

La revancha no es una ideología; es un impulso. Es la respuesta de quienes se sienten ignorados, desplazados o utilizados. Es la decisión de voltear la mesa, no necesariamente para construir un orden nuevo, sino para castigar el anterior. Las clases populares, las grandes mayorías, encontraron en ese impulso una forma de hacerse oír. Lo hicieron con los instrumentos disponibles: el voto, la protesta y el castigo a las élites. No es un fenómeno marginal, sino uno de los motores de la política contemporánea en el mundo.

De esas circunstancias emergen los populismos, ya sea de izquierda o de derecha. No llegan al vacío. Llegan a ocupar un espacio que otros dejaron. Capitalizan la distancia entre élites y mayorías, simplifican conflictos complejos y ofrecen una narrativa emocionalmente satisfactoria: alguien tiene la culpa, alguien nos ha olvidado, alguien debe pagar. En ese proceso, la democracia deja de ser un sistema de reglas y contrapesos para convertirse en un instrumento de reivindicación y castigo. El constitucionalismo —que nació para limitar el poder— empieza a verse como un obstáculo; los derechos humanos universales, como un privilegio individualista e incómodo.

El mecanismo es reconocible en distintos registros ideológicos. En Estados Unidos, Donald Trump convirtió el malestar de sectores desplazados en un relato de reivindicación contra élites, instituciones y acuerdos internacionales. En Venezuela, el chavismo —y su prolongación bajo Nicolás Maduro— tradujo desigualdades reales en una lógica de confrontación permanente que terminó por erosionar los propios límites institucionales que decía defender.

Hay otro ingrediente que intensifica esta dinámica: la arquitectura de las plataformas digitales. No es un detalle técnico, sino un factor estructural. Las redes sociales no están diseñadas para deliberar, sino para provocar reacción. Premian la indignación, la simplificación y la certeza inmediata. El matiz pierde, la duda incomoda, la complejidad no circula. La polarización deja de ser sólo desacuerdo y se convierte en animadversión. El adversario deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en enemigo.

En ese clima está prosperando el ventajismo. No es simplemente oportunismo ni cálculo político. Es una ética torcida: la idea de que las reglas valen sólo cuando convienen al propio grupo y que cualquier abuso es aceptable si beneficia a los propios. El ventajismo convierte la ley en instrumento de facción, no en límite; la justicia, en argumento, no en principio. Bajo su lógica, no importa cómo se gana, sino que se gane. Todo exceso encuentra justificación en la pertenencia a un grupo.

Pero ese mecanismo no se sostiene sólo por quienes lo ejercen. Requiere, también, de una mayoría silenciosa que observa, tolera y, en ocasiones, incluso celebra los abusos mientras no le afecten directamente o mientras perciba que, de alguna forma, participa de sus beneficios. Esa mayoría no milita, no decide, no confronta. Acompaña por inercia, por conveniencia o por fatiga. Es ahí donde aparece la imagen incómoda: la de los indiferentes.

En distintos países, con distintas lenguas y banderas, se repite el mismo patrón: una ciudadanía que, ante el avance del ventajismo y la erosión de las reglas, opta por mirar a otro lado. No siempre por ignorancia. A veces por cálculo y conveniencia; otras, por desencanto. El efecto es el mismo: la normalización del abuso, la degradación de lo público, la pérdida de sentido de la vida democrática, donde la deliberación es esencial.

El resultado es una forma de relativismo político, acompañada de sus respectivas posverdades: la de quien deja de creer que las reglas importan, que la verdad cuenta, que la deliberación vale la pena. La política deja de ser un espacio de construcción democrática para convertirse en un campo de disputa partisana y convenenciera.

Leer, en ese contexto, es un ejercicio de rebeldía. Obliga a detenerse, a matizar, a pensar contra uno mismo. En tiempos de reacción instantánea, es casi un acto de resistencia. Quizá por eso, más que nunca, resulta necesario.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

Llama Infonavit a aplicar seguro de daños ante sismo en Oaxaca

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• Las viviendas adquiridas con un crédito del Instituto están protegidas ante daños provocados por siniestros.

El INFONAVIT llama a las personas que tengan un crédito hipotecario vigente, cuyas casas hayan sido afectadas por el sismo de 5.6 grados Richter, registrado en Pinotepa Nacional, Oaxaca, a hacer válida la cobertura del Seguro de Daños con la que cuenta su financiamiento.

Para hacer válido el seguro es necesario estar al corriente en los pagos a la fecha del siniestro. En caso contrario, se puede firmar un convenio para regularizarse. Además, deberán asistir de lunes a viernes, de 8:30 a 14:30 horas, a alguno de los Centros de Servicio INFONAVIT (CESI), ubicados en:

• Huatulco: calle Guelaguetza, manzana 7, lote 4, sector L, en el interior de la Agencia Municipal de Santa Cruz Huatulco.
• Juchitán: calle 2 de abril, esquina Álvaro Obregón, colonia Segunda Sección.
• Oaxaca: Mártires de Tacubaya #400, colonia Santa María Ixcotel.
• Salina Cruz: km. 6.1 carretera Transístmica Salina Cruz-Tehuantepec, colonia Aviación.
• Tuxtepec: boulevard Benito Juárez #795, interior L-41, colonia Fraccionamiento Los Angeles.

Es importante recordar que las y los acreditados afectados cuentan con dos años a partir de la fecha del incidente para dar aviso del daño.

Además de las afectaciones causadas por sismos, el Seguro de Daños protege el patrimonio de los trabajadores ante inundaciones, ciclones, huracanes, vientos tempestuosos, caída de árboles, granizo o nieve, erupción volcánica, explosión o desplazamiento súbito de terreno.
Para mayor información las y los acreditados pueden llamar a Infonatel (800 008 3900) o ingresar a la página: https://bit.ly/SEGDAÑO


CONTRAFUEGO || Sinaloa, EU y el progresismo

Aurelio Ramos Méndez

Pecan de candor y pierden el tiempo, o de modo intencional y antipatriótico favorecen los intereses de Estados Unidos quienes al cabo de hondas cavilaciones formulan flojos análisis y recomendaciones acerca de qué debe hacer –o qué debió haber hecho hace rato– el gobierno mexicano para amansar a Donald Trump, con la esperanza de escapar a sus atropellos. 

Lo sabe, a estas alturas, hasta el observador menos avezado: nada hay efectivo, ni la diplomacia, el derecho internacional, las buenas maneras o las palabras del Papa, frente a un desquiciado que para mayor espanto tienen en sus manos el poderío militar y económico más grande del mundo.

Lo prueba el artero ataque no sólo al gobierno federal y la 4T sino a nuestra soberanía nacional, con el gobernador Rubén Rocha Moya como víctima propiciatoria, cuyo objetivo, entre otras cosas, se orienta a impedir la participación de México en la consolidación de un bloque global –o al menos iberoamericano– de gobiernos de izquierda, al lado de España, Brasil, Colombia y otros países.

Y apunta, además, a intervenir sin embozo –como en Chile 1973—con miras a demoler la 4T y frenar su continuidad más allá del 2030.

Sin pruebas creíbles, lo que en modo alguno significa inexistencia de éstas, y salvo las falacias de las agencias de desestabilización gringas, el Departamento de Justicia de EU acusó de vinculación con el narcotráfico al mandatario de Sinaloa y otros nueve funcionarios, cuya entrega inmediata a EU exigió con insolencia.

Imposible, con un mínimo de rigor jurídico y honestidad intelectual, discernir en el texto estadunidense enviado a la cancillería mexicana si Rocha Moya es narco. Hay razones para dudar de parte y parte.

Una historia de más de medio siglo de injerencias –territoriales en los casos Álvarez Machain y el Mayo Zambada– a base de mendacidad, agresiones a nuestra soberanía, hostilidad diplomática, acoso político, presiones económicas y agravios de toda índole, aconseja descartar por poco fiables los dichos del Tío Sam.

Menos fiables si, como en el presente caso, evidencian que EU se ha tragado enteros, sin masticar, los cuentos de parte de la prensa mexicana empeñada en buscar el retorno al poder de sus antiguos tripulantes y engordadores, así sea vía el apátrida colaboracionismo con un gobierno extranjero.

Sobresale entre tal prensa aquella cebada en oro por Carlos Salinas –incluidos medios fundados con dinero público desviado del erario, productos de la corrupción, o directamente de la delincuencia–, la cual desde 2018 ha buscado en Miami, Colombia, España, Sinaloa, y hasta debajo de las piedras, cuanto indicio pueda servirle para “demostrar” que la 4T es un narcocártel y el expresidente López Obrador el jefe de jefes.

Desde 1988 para el salinato ha sido necesidad vital enlodar a los líderes de la izquierda, de Cuauhtémoc Cárdenas a López Obrador, Claudia Sheinbaum y algunos más, bajando la vara al nivel del desagüe para hacerse a la idea de que a uno y otros los iguala el rango ético.

En semejante afán, los amanuenses de Salinas han difundido machaconamente la especie de que Rocha Moya llegó al poder en 2021 con apoyo del narco, cuyos miembros habrían secuestrado a funcionarios de casilla, representantes partidistas y dirigentes sociales del PRI y el PAN, con objeto de que Morena cometiera fraude confiado en que sin testigo no hay ladrón.

Deberíamos darles gracias a todos los santos porque estos sagaces periodistas dicen tener documentada la existencia de unos 200 de aquellos secuestrados, cuyos testimonios ahora servirán para probar, con todas las de la ley, sin lugar a dudas, que “el narco” fue decisivo en el triunfo electoral del ahora mandatario estatal con licencia…

Al frente de los periodistas-salinistas marcha quien fue vocero oficial de Salinas y ha seguido siéndolo de modo oficioso por más de tres décadas, José Carreño Carlón, periodista de inductil consistencia ideológica, forjado en la escuela del priista Enrique Maromas y Maromas.

El pasado jueves Carreño tuvo la audacia de dar cátedra sobre un tema que, dada su papel en el salinato, conoce a fondo: “política y delito”.

Se preguntó desde el título de una columna “¿El Estado en manos de un (narco) partido?”. Y opinó que el trasiego de cargos entre Morena y los tres poderes públicos, más las acusaciones en contra de Rocha, muestran no un partido de Estado sino “un narcopartido apoderado del Estado mexicano”.

Y en un alarde de patriotismo, dijo también que “le llegó la hora a la presidenta (Sheinbaum) de decidir entre encabezar, ella, el saneamiento del régimen o dejarle el mérito a la fiscalía y al sistema judicial de Estados Unidos”. 

Luego observó con filo y celebró que el golpe al sinaloense cayó, cierto, en vísperas del Consejo Nacional de Morena. 

También vale señalar, sin embargo, que impactó a sólo días de que la Presidenta Sheinbaum se reunió en España con gobernantes de izquierda en la IV Cubre en Defensa de la Democracia, donde propuso a México como sede del siguiente encuentro dentro de un año.

No tiene el ataque visos de haber sido asestado, como sostiene la oposición, porque el gobierno mexicano se abstuvo de actuar en contra de políticos oficialistas vinculados con el narcotráfico.

Tampoco que la Presidenta debe actuar, ¡ya!, ahora que Trump, atrevido, está chasqueándole los dedos.

Salvo para nuestros nuevos polkos, es claro que con apego al derecho internacional o por sus pistolas, con razón o sin ella y más allá de Trump, históricamente el gobierno de EU ha hecho, y hace y hará lo que le venga en gana, apoyado en su poder militar. Ni siquiera tiene que esforzarse en urdir pretextos. 

De ahí que pierden el tiempo quienes tratan de hallar las causas del lance en Sinaloa, el cual conjuga múltiples factores –uno más la encuerada a la CIA en Chihuahua–, y creen tener el brebaje para desbravar y domar al gringo descocado. 

Es falso –conviene reiterarlo– que el magnate de la pelambrera anaranjada busca combatir la corrupción y el narcotráfico. 

¿Puede alguien creerle, si indultó al meganarco hondureño Juan Orlando Hernández y apuntala al corruptísimo argentino Javier Milei? ¿Puede ser deglutida su cruzada antidrogas, al cabo de medio siglo de fallida guerra antinarco? 

La presidenta Sheinbaum dijo con toda sensatez y claridad –excepto para el gringaje vernáculo– que su gobierno a nadie encubre, pero que se requieren pruebas convincentes para proceder a la extradición de presuntos delincuentes. Tiene razón por donde se mire.

No es mucho pedir que, si Rocha es culpable, acabe sus días en un reclusorio; pero si es inocente, se le deje trabajar en paz en el puesto para el cual fue elegido por sus coterráneos.

Imposible no relacionar el golpe traidor e infidente con el encuentro de políticos progresistas en Barcelona. 

Con mayor razón si se repara en que las acusaciones sin pruebas fueron hechas el mismo día que llegó a la Ciudad de México el canciller español José Manuel Albarez, con el propósito de iniciar los preparativos de la V Cumbre en Defensa de la Democracia.

No parece dispuesto el deschavetado mandamás norteamericano a permitir la intervención de México en un bloque latinoamericano de izquierda.

Trump debe pensar que él no es el “blandito” Ronald Reagan (presidente de 1981 a 1989), aquel ultraderechista que junto con Margaret Thatcher y Juan Pablo II propició el derrumbe del Muro de Berlín y la reconfiguración del mundo.

Debe pensar también que al pobre Regan América Latina le vio la cara, pues bovinamente éste consintió la formación sin EU de los grupos Contadora y De Río, abocados a mediar en los conflictos armados de Centroamérica e impulsar la paz, la democracia y la cooperación regional.

Y que George W. Bush, el angelito que invadió Irak en 2003, andaba en las nebulosas y por eso no se percató del surgimiento, en 1991, de las Cumbres Iberoamericanas, foros de los cuales su país fue olímpicamente marginado…

Si Trump está furioso contra México debido a su incipiente activismo internacional, más debe estarlo ante la perspectiva de un tercer sexenio cuatroteísta.

Esto explica otro flanco de ataque a la 4T: la anunciada visita a México, a partir del 3 de mayo, de la presidenta de la Comunidad de Madrid, la furibunda ultraderechista Isabel Díaz Ayuso, quien para regocijo de la derecha autóctona pretende agitar el cotarro durante diez días. 

La madrileña intenta homenajear a Hernán Cortés y reunirse con sus simpatizantes en templos –la mismísima Catedral de la CDMX–, escuelas, clubes empresariales y hasta balnearios, en Aguascalientes, Monterrey, Xcaret y la capital del país. Desafiante intromisión en política por una extranjera, prohibida por el 33 constitucional.

Habrá que ver si Díaz Ayuso no trae entre sus alforjas los pergaminos para reactivar el título nobiliario de Marqués del Valle de Oaxaca, ¡vivo aún a estas alturas de la historia, en la persona de marqués XV, Alvaro de Llanza y Figueroa! Cuidado.

RESCOLDOS

Rocha Mora podrá ser o no un meganarco, pruebas genuinas dirán la última palabra; pero tuvo arrestos para pedir licencia de su cargo y facilitar las investigaciones en su contra. ¿Y Maru Campos, cuando? ¿Es más grave ser presunto traficante de drogas a EU que traidor a la Patria?

Reapareció el fantasmal Alito Moreno. Lo hizo para embestir a sus compinches del PAN y MC. Les recriminó que en la votación legislativa para sustituir a Rocha Moya los emecistas se ausentaron y los panistas se abstuvieron. Lo enfureció que el mandatario operó bien su salida, cuya tersura exhibe el respaldo que éste tiene entre las fuerzas de su estado. 

aurelio.contrafuego@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

Muerte del Libramiento Norte

Carlos R. Aguilar Jiménez

Finalmente, luego que desde el siglo pasado no se inaugurara y pusiese en servicio el hoy muerto Libramiento Norte, no obstante, la urgente necesidad de agilizar la pésima vialidad de la ciudad se ha decidido finalmente dar el tiro de gracia a la obra inconclusa, que de haber sido concluida y utilizada hace tres décadas, hubiese evitado la perdida de millones de horas inútiles en vehículos a vuelta de rueda entrampados en la carreta internacional, sin posibilidad de alternativa vial.

El Libramiento Norte que desde los años noventa fue considerado una solución vial, quedó enterrado finalmente luego que se dijo enfrenta un “problema social”, conclusión real en la que se privilegian intereses de los pudiente y magnates de la zona norte que temen perder su bucólica tranquilidad si por su exclusiva zona transitan autobuses camiones y toda clase de vehículos que arruinarían su pastoril paisaje y tranquilidad idílica de sus fraccionamientos residenciales.

Cruzar la ciudad de este a oeste o tratar de llegar al Centro desde Trinidad de Viguera o Tlalixtac de Cabrera para los conductores es un suplicio a toda hora y un tormento en horas pico, especialmente en el tramo de la Macroplaza al estadio de beisbol, debido a que miles de vehículos que circulan en tres carriles se embotellan al circular en uno solo debido a los estacionados y en doble fila, que sin respeto a la señalética que indica no estacionarse, lo hacen impunemente.

En Oaxaca únicamente importa extorsionar a propietarios de vehículos con todos los medios, incluido el pretexto ecológico que obliga a pagar verificación de contaminación, desentendiéndose de los miles de autobuses de pasajeros, camiones volquetes y taxis de pueblo que visiblemente expulsan humos como si fueran eructos del averno, porque es un hecho, no una interpretación ideológica o política, que contra los que tienen poder e influencia, como los habitantes de San Felipe, no se aplica la ley, y si con rigor contra cualquier conductor pobre, para lo que están prestos con toda su furia, prepotencia y crueldad los policías viales.

En lugar de rehabilitar y poner en servicio público el Libramiento Norte, para no molestar a los adinerados de la zona con todo su poder económico y político, se dice se construirá un Corredor Zapoteca, una nueva conexión carretera que buscará enlazar autopistas estratégicas del estado. El Libramiento Norte pasa así a ser una fallida obra, muerta y enterrada en fosa común, que de haberse concluido y utilizado habría mejorado la movilidad en la ciudad, no obstante, una vez enterrada y boca abajo, la circulación continuara por la carretera a vuelta de rueda, porque Camino Nacional y avenida ferrocarril están plagadas de topes y semáforos. Si ya se sepultó el Libramiento Norte, como opción podrían ampliarse dos nuevos carriles en la carreta que cuenta con un ancho boulevard inútil lleno de basura y habitáculo de indigentes y malvivientes y así optimizar la única opción que hay para cruzar la ciudad de este a oeste, como ya se hizo en el cerro del Fortín.  

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CONTRAFUEGO || Torpederos de inversiones

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Aurelio Ramos Méndez

Una foto vale más que mil palabras, dice el proverbio, pero en tiempos de inteligencia artificial, cuando hasta secuencias de imágenes en movimiento falsificadas pasan por genuinas, lo único de verdad incontrovertible es la realidad. Quedó claro en Sinaloa, el jueves pasado, cuando la realidad le puso un esparadrapo en la boca a una comentocracia infatigable y falaz.

Ese día quedó sepultado el cuento chino de que en México y sobre todo en aquella entidad federativa hay total ausencia de estado de derecho, gobierna la delincuencia, colapsa la economía, se enseñorea el autoritarismo y la violencia agobia a la sociedad. 

Si alguien supone que tal conclusión presume el hallazgo del del Paraíso terrenal, craso error. Es apenas un reclamo de explicación sobre cómo una empresa estadunidense se atreve a invertir la friolera de tres mil 300 millones de dólares, con potencial de llegar a 8 mil millones, sobre un entorno desastroso.

Ese jueves fue colocada, ciertamente en escenario alterno –Mazatlán en lugar de Topolobampo, debido a una protesta comunitaria bien orquestada– la primera piedra de una nueva planta, Pacífico Mexinol, de la compañía texana Transition Industries, dedicada a la producción de metanol.

No se trató de uno de los acostumbrados anuncios de inversión estratosférica, destinados a atemperar coyunturas políticas o engañar al respetable, a los que el empresariado nos tiene habituados. Anuncios cuya concreción rara vez se reflejan en aumento de las contribuciones a la hacienda pública. 

Hablamos de un proyecto ya en marcha, con participación de la Corporación Financiera Internacional, el Banco Mundial y otros inversionistas internacionales, gestionada mientras de manera infame torpederos de la oposición deshilachaban a punta de mentiras la imagen de Sinaloa y de México. 

El evento en Mazatlán fue una demostración del pícaro andando y haciendo, en la cual el embajador del Tio Sam, Ronald Johnson, aprovechó el viaje para pontificar sobre la corrupción en que se asfixia todo el mundo, menos –¡obviamente!—EU, si bien en modo alguno reprendió al gobierno mexicano.

O, si intención hubo de recriminar sin querer queriendo, mal le fue al diplomático; la presidenta Sheinbaum lució su mano izquierda para rebatirlo sin provocarlo ni ofenderlo.

“Todos queremos más proyectos así: corren cuando se dan las condiciones”, dijo el embajador, en claro reconocimiento de que en México esas condiciones existen.

Precisó que la edificación de la nueva planta es fruto de la certeza para la inversión, y hasta acuñó una metáfora:

“La inversión es como el agua: fluye cuando existen las condiciones adecuadas y desaparece cuando no las hay. Una cosa es clara: la inversión sigue a la certeza y se aleja de la corrupción”.

Así dijo, pero las palabras de Johnson adquirieron tono distinto en los textos de medios y opinadores anti 4T.

“Reprimeda”, cabeceó El País. “Lee Ron la cartilla”, falseó Reforma. El embajador “pide combate a la corrupción”, interpretó algún otro medio tan mendaz como ansioso de likes. Retahíla de tonterías.

El episodio exhibió acabados ejemplos de cinismo, entre los que reflotó en un mar de babas Javier Lozano Alarcón:

“Ya lo dijo con todas sus letras el Embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson: sin certidumbre jurídica, seguridad pública y con corrupción, no habrá inversiones (ni empleos ni crecimiento). A ver a qué hora entienden estos narcopolíticos que nos gobiernan”. 

Eso, ni más ni menos, escupió el exsecretario del Trabajo, extorsionador y potencial sicario –“coopelas o cuello”—, a juzgar por la experiencia del mafioso de origen chino, Zhenli Ye Gon.

Según Johnson, ninguna empresa comprometería recursos donde las reglas no son claras, no hay transparencia o la rendición de cuentas es opcional. “Si queremos que proyectos como este tengan éxito, la corrupción ni la extorsión deben tener cabida”, dijo.

No tuvo que esforzarse la Jefa del Estado mexicano para acotar las observaciones del embajador.

“Digamos que es lo que estamos haciendo… Ellos allá y nosotros acá. Porque en Estados Unidos, pues también es importante que haya un ambiente para las empresas, para la inversión, libre de corrupción, con certezas jurídicas, y en México también”.

Cualquiera que haya sido la intención de Johnson al hablar en Sinaloa de la perniciosa corrupción, fue una pantomima. 

Lo último que al gobierno de EU le interesa es moralizarse y combatir la deshonestidad en mundo. 

O, cómo se explica que el presidente gringo es el más vigoroso y decidido valedor del argentino Javier Milei, cuyo gobierno está cayéndose a pedazos a causa de la corrupción, al cabo de ¡15 visitas del estrambótico mandatario a EU en 14 meses de gobierno!

Más de media docena de escándalos de gruesa inmoralidad, involucran de manera directa al gobernante pampeano, de quien ya pocos dudan de su propósito de entregarle la Argentina con todo y Malvinas a Trump y su socio Netanyahu, éste embarcado en leoninos proyectos petroleros en el sur de nuestro continente.

Algunos de tales escándalos tienen a Milei por promotor de archimillonarias estafas con criptomonedas, comisionista con su hermana en la adquisición a precios inflados de medicamentos ¡para discapacitados!, corredor inmobiliario con dinero negro junto con su jefe de gabinete, narco blanqueador de activos vía diputados copartidarios suyos…

A este personaje que exuda corrupción por todos los poros, Trump le lanzó una tabla de salvación electoral en forma de préstamos del FMI, sin la cual ya estaría en los caniles de su casa dialogando con los espíritus de sus perros muertos.

¿Quién, entonces, puede creerles a Trump y Ron Johnson sus censuras a la corrupción en Sinaloa, México, Venezuela, Cuba o cualesquiera otras partes del mundo?

BRASAS

Conturba, por cierto, la hipersensibilidad selectiva de la vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, quien demandó de la presidenta Sheinbaum “un poco de empatía” por “las dos vidas estadunidenses que se perdieron” en el accidente carretero de agentes de la CIA, en Chihuahua, el domingo pasado.

Causa perplejidad porque, hasta donde se sabe, la emotividad de la funcionaria no la ha llevado a mostrar ni la más tenue empatía con los millares de víctimas de los bombardeos de EU a Irán o Venezuela, o del genocida Netanyahu en Palestina.

Entre esas víctimas se cuentan centenares de niños, cuyo pecado fue hallarse estudiando en su salón de clases, o jugando en las calles de Gaza. ¿Le sonará algo de estas tragedias a la vocera trumpista? 

El gobierno estadunidense sabe –existen acuerdos suscritos al respecto—que el manejo de la seguridad nacional y las relaciones bilaterales compete de manera exclusiva a la Federación. 

Los dos agentes muertos en accidente estaban a sus anchas en suelo mexicano, sólo con permiso estudual; en condiciones de práctica ilegalidad y sin un terrorífico ICE que los acosara.

Es este un episodio no de simpatía o antipatía sino de inadmisible intromisión y violación de la Carta Magna y la soberanía. Con indulgencia, de abusiva incursión territorial de una potencia acostumbrada a hacer lo que se le da la gana.

Vale preguntar, de manera tangencial, qué intereses sirven ciertos medios y periodistas aquende el Bravo, que de modo aberrante difundieron alborozados lo dicho por Leavitt, con patente enfoque empático con la potencia vecina.

Dichosos interpretaron que la vocera insolente “reprochó” –uy, nanita– a nuestra Jefa del Estado y consideró insuficiente la cooperación de nuestro gobierno, además de que Trump ya diagnosticó: “México está perdido y la única esperanza que tiene es EU”.

En su reclamo de empatía la señora Leavitt se parapetó “en todo lo que Estados Unidos está haciendo por México”, lo cual francamente mueve a risa.

Procede decirles a Trump y Leavitt que no se esfuercen más. Que gracias, ya hicieron bastante. Y que si llegamos a necesitarlos los llamaremos.

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Se necesita ser caradura, estar enteramente perdido no sólo para la decencia sino incluso la democracia, para ver rasgos autoritarios en el presente gobierno y no haberlos visto en el salinato, si uno fue apologista, consejero, propagandista, amanuense, y costoso beneficiario de aquella administración.

Encaja que ni mandado a hacer en este retrato el gris historiador, portentoso escritor, ideólogo de la derecha y columnista aquejado de presbicia u “ojo viejo”, Héctor Aguilar Camín. 

Famoso por su apetito crematístico, este intelectual le bebía los alientos a Carlos Salinas de Gortari, pero de tan cercano jamás se percató del talante autoritario –¡ni los veo ni los oigo!– de ese mandatario.

No se enteró de que su jefe de facto quitaba y ponía gobernadores a placer y hasta le regalaba gubernaturas al osteófago PAN vía las “concertacesiones”.

Tampoco supo que CSG intentó cambiarle al PRI su nombre y ponerle Solidaridad, con el finde sacarle raja al programa bandera –Solidaridad—de aquel sexenio.

Menos aún conoció que Salinas le metía mano al erario para darle suculentos “apapachos” lambisconamente solicitados –hay carta testimonial– por a autor de Morir en el Golfo

Y le pasó de noche que Salinas sacó a Colosio de la Sedesol y lo ungió para cosechar votos de Solidaridad, hasta que fue asesinado en un episodio –uno de varios– azas oscuro en el sexenio 1988-94.

Comparado con las prácticas salinistas, autoritarismo en el actual gobierno no se ve por ninguna parte.

Menos se ve, si a diferencia del autor de Día con día uno no ha sido cortesano, vocero oficioso, ayudante y chupamedias del dictadorcillo de hace cuatro décadas.

Juzguen, en última instancia, los ciudadanos del común. A final de cuentas, el accionar gubernamental está a la vista de todo el mundo. Y bajo el escrutinio de una prensa capaz de oliscar una alfombra y documentar peculado por alojamiento de un hijo de canciller.

RESCOLDOS

Debe ser investigado a fondo y sancionado con máximo rigor el colaboracionismo de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, con el gobierno de Estados Unidos. Encaja en la traición a la Patria. Consentir su conducta sería la invitación más franca a que cunda, en menoscabo de la integridad misma de la nación…

Trump ya acumula cuatro atentados en su contra. El que sufrió este sábado ocurrió en un evento con el periodismo, uno de los gremios con que –aparte sus guerras por el mundo– está más abiertamente confrontado. Raro. Quizá veremos mayores restricciones a la prensa gringa. Y quizá el presunto tirador sea la primera víctima del pelotón de fusilamiento, la electrocución o la asfixia con gas, el menú de opciones recién propuesto por el mandatario para condenados por delitos graves.

aurelio.contrafuego@gmail.com

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Reformar la reforma

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Alberto Benítez Tiburcio

Las reformas constitucionales no suelen tener segundas oportunidades. Cuando tocan el diseño del poder, dejan cicatrices duraderas. La reforma judicial no fue la excepción. Modificó las reglas del juego con profundidad al implementar un ejercicio democrático que, desde el inicio, estuvo bajo escrutinio general, pues tocó uno de los nervios centrales del constitucionalismo: la necesidad de contar con mecanismos que equilibren al poder político.

Conviene precisarlo: la reforma judicial no fracasó; simplemente no entregó del todo la certeza jurídica que prometía. Generó legitimidad de origen, pero, al mismo tiempo, sembró una duda legítima y profunda: si quienes llegan a juzgar reúnen la capacidad técnica y la independencia necesarias para ejercer la función judicial, que no busca complacer, sino proteger derechos fundamentales y poner límites al poder.

En ese panorama surge la iniciativa de ley de Alfonso Ramírez Cuéllar, Mariana Benítez, Javier Corral y Olga Sánchez Cordero, presentada el martes 21 de abril pasado, la cual no busca desmantelar la reforma anterior, sino asumirla como base y corregirla en lo esencial: el cómo. No es un viraje político, sino una intervención de ingeniería constitucional.

El constitucionalismo moderno se erige sobre la desconfianza hacia el poder. En ese marco, el Poder Judicial —al menos en las democracias contemporáneas— actúa como un contrapeso contramayoritario. No por oponerse a la voluntad popular, sino para evitar que esa voluntad derive en arbitrariedad o abuso contra los derechos fundamentales de las minorías. En la práctica, esto significa que el juez debe poder frenar al poder político, aun cuando cuente con respaldo electoral mayoritario. Así se preserva el equilibrio constitucional y se salvaguardan los derechos.

Ese equilibrio trasciende el ámbito jurídico. La economía lo resiente de lleno: la inversión no atiende a discursos, sino a garantías. Donde hay reglas claras y tribunales confiables, el capital arraiga. Donde reina la incertidumbre sobre la imparcialidad judicial, el capital duda. La secuencia es predecible: Estado de derecho sólido, inversión productiva, empleo formal, crecimiento sostenido y prosperidad. Si el primer eslabón flaquea, todo lo demás se resquebraja.

México padece hoy una paradoja. Dispone de condiciones estructurales para despegar —ubicación estratégica, tratados comerciales, una ventana histórica de relocalización de cadenas productivas—, pero arrastra un déficit de confianza institucional. No es cuestión de potencial, sino de certeza jurídica que no se puede imponer por decreto: se forja con tribunales capaces de aplicar la ley de manera previsible e imparcial, incluso frente al poder.

Ahí radica el sentido de esta iniciativa. Introduce un cambio estructural: la certificación obligatoria de competencias a través de la Escuela Nacional de Formación Judicial —a nivel federal y estatal—. No es un mero añadido, sino un filtro decisivo. Obliga a que la legitimidad electoral pase por una validación técnica previa. El mensaje no podría ser más nítido: elegir jueces no exime de exigir capacidad. El voto no reemplaza al conocimiento. La justicia no puede regirse solo por lógicas de popularidad. Exige formación, experiencia, criterio y temple para resistir presiones.

El segundo ajuste es igual de crucial: desvincular la elección judicial de las contiendas políticas ordinarias y posponerla a 2028. No es mera logística, sino una definición de fondo. La justicia no debería disputar reflectores con campañas, propaganda y polarización. Evaluar perfiles judiciales demanda un espacio aparte: menos estruendo, más deliberación.

La iniciativa no erradica los riesgos; los reordena. Su prueba de fuego será la implementación: que la certificación sea técnica y no política; que los órganos evaluadores no muten en feudos capturados; que el mérito no ceda ante acomodos. La práctica dirá si la corrección es de fondo.

Pero un punto no puede diluirse: en un país donde el poder tiende a expandirse, cualquier esfuerzo por restablecer límites merece atención. No como gesto benevolente, sino como condición de certeza jurídica.

Este debate trasciende lo jurídico: es económico. Sin jueces capaces de frenar abusos, no hay contratos predecibles; sin ellos, no hay inversión de largo plazo. Sin inversión, no hay crecimiento sostenido. Reformar la reforma no es una concesión: es imperativo para que México recupere un horizonte donde la ley no se negocia y el futuro pueda trazarse con confianza.

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Recurrirán a mediación local para frenar conflictos comunitarios en Oaxaca

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  • La estrategia busca despresurizar los sistemas judiciales y prevenir la violencia.

Oaxaca de Juárez, Oax., 22 de abril de 2026.- El Poder Judicial de Oaxaca recurrirá a personas con reconocimiento local para resolver conflictos vecinales, familiares y de convivencia.

De esta manera, se apostará por el modelo de justicia alternativa que prioriza el diálogo, la mediación, conciliación, justicia restaurativa y cultura de la paz, prácticas con raíces ancestrales en la vida de los pueblos, e intervenir antes de que los conflictos escalen.

¿Cómo se hará?

La estrategia descansa en la formación de facilitadores comunitarios y el impulso de Centros de Paz Comunitarios en municipios y agencias, en el programa MASComunidad, informó la magistrada presidenta del Poder Judicial del estado, Erika Rodríguez.

Se trata de buscar a personas con reconocimiento local y conocimiento de su entorno social, cultural y lingüístico, quienes serán capacitadas para intervenir en la resolución de controversias tras cursar un diplomado de 120 horas impartido por el Centro de Justicia Alternativa.

    “No se trata solo de formación técnica, sino de construir figuras de confianza que operen como puente entre la ciudadanía y las instituciones”, apuntó.

Mientras las autoridades municipales proporcionarán las sedes para instalar los Centros MASComunidad, el Poder Judicial se encargará de la capacitación, el seguimiento y la profesionalización continua, con apoyo de la Dirección de Cultura de Paz de la Secretaría de Gobierno, para consolidar una estrategia conjunta orientada a fortalecer la mediación comunitaria y la cultura de paz.