Salomón Jara: El hijo ingrato de Oaxaca

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Carlos Eduardo Martínez Vigil

Hay carreras políticas que se explican por la vocación de servicio. Otras, por la disciplina y el mérito.Luego está la de Salomón Jara: una biografía construida en la fricción, en el chantaje como método y en la protesta como forma de vida. Durante años, su oficio no fue gobernar, ni legislar, ni siquiera proponer. Fue bloquear carreteras, cerrar oficinas, presionar gobiernos. Un gestor del conflicto que aprendió, como tantos en Oaxaca, que el desorden también paga, siempre que se administre con suficiente descaro y persistencia.

Ese fue su origen político y terminó definiendo su destino. Antes de su paso por el Senado, Jara transitó por cargos partidarios sin mayor brillo. Siempre en la misma lógica: operación política rudimentaria, control territorial, lealtades construidas a partir de la presión y no de la confianza. No hay en su trayectoria una sola política pública relevante, una sola iniciativa de fondo, una sola evidencia de capacidad técnica. Solo sobrevivencia.

En el Senado y en la Cámara de Diputados, la historia no cambió. Fue una presencia marginal, un legislador sin agenda, sin voz y sin resultados. Un asiento ocupado, nada más. Mientras otros construíanperfiles, él acumulaba silencios. Sin embargo, ese vacío fue suficiente en una época donde la cercanía al poder central vale más que cualquier hoja de vida.

Su paso por el gobierno estatal, en la administración de Gabino Cué, fue más revelador. Ahí comenzaron a acumularse críticas serias: subejercicio presupuestal escandaloso, sospechas de peculado, señalamientos por desvios de recursos públicos con fines personales. Un patrón que no era nuevo, pero que empezaba a volverse inocultable. No se trataba de errores administrativos: era una forma de entender el poder. El dinero público como herramienta de control y patrimonio personal, no como instrumento de desarrollo.

Pero en la política mexicana contemporánea, la lealtad es la moneda de mayor valor. Jara supo administrarla mejor que nadie. Su cercanía con Andrés Manuel López Obrador por azares del destino, le abrió la puerta que su trayectoria y capacidad nunca habría justificado. Así, un operador de conflictos terminó gobernando uno de los estados más complejos del país.

El resultado es exactamente el que cabía esperar. La administración de Salomón Jara es, en esencia, un gobierno de ocurrenciasUn aparato público sin brújula, donde la improvisación sustituye a la planeación y el impulso reemplaza a la estrategia. No hay política pública: hay reacción. No hay rumbo: hayimprovisación. En un estado como Oaxaca, eso no es solo ineficiencia, es negligencia criminal.

Los síntomas están por todas partes. Crisis en el abastecimiento de agua, deterioro evidente en la seguridad, política interna colapsada, carreteras en ruinas, nulas obras públicas de envergadura, serviciospúblicos destruidos, una economía que no

despega. Cada problema estructural del estado parece haber encontrado en esta administración no una solución, sino un agravante.

Pero el rasgo más inquietante no es la incapacidad —que ya sería suficiente para condenarla— sino la lógica interna del poder. Jara ha construido un gobierno a su imagen y semejanza: pequeño, desconfiado, profundamente limitado. Un círculo cerrado donde predominan familiares, operadores sin preparación, figuras cuestionadas y lealtades personales por encima de cualquier criterio técnico. No es un error de diseño: es un reflejo de carácter. Un liderazgo con complejo de inferioridad que solo puede afirmarse rodeándose de perfiles aún más débiles.

El nepotismo no es una anomalía: es la columna vertebral del régimen. Decenas de familiares con influencia directa o indirecta en la toma de decisiones. Hermanos, hijos, sobrinos, allegados convertidos en factores de poder, interviniendo en áreas estratégicas, incidiendo en contratos, supervisando obras, operando como intermediarios informales de un gobierno que ha perdido la vergüenza y confundido lo público con lo doméstico.

El mensaje es devastador: el poder no es una responsabilidad, es una herencia. A esto se suma unapercepción cada vez más extendida de corrupción. Finanzas bajo el mando de un evasor fiscal, decisiones opacas, procesos administrativos diseñados más para beneficiar que para resolver. La narrativa de la “honestidad” convertida en un eslogan vacío, repetido mientras los problemas se acumulany las soluciones no llegan.

Porque si algo define a esta administración es su incapacidad estructural. Incapacidad para entender el estado que gobierna, para articular un equipo competente, para ejecutar políticas públicas mínimamente eficaces. Incapacidad, en suma, para gobernar. Oaxaca no necesita ocurrencias: necesita dirección. Hoy tiene exactamente lo contrario.

El desgaste político es evidente. Más allá de cualquier cifra maquillada, el ánimo social se ha movido. Enlos centros urbanos —donde se forma la opinión pública y se mide el pulso político real— el rechazo escreciente. La distancia entre gobierno y ciudadanía ya no es una percepción: es una experiencia cotidiana. Cuando un gobierno pierde la confianza, pierde lo esencial.

La curva de poder de Jara ya empezó a caer. No por factores externos, sino por su propio peso. Por la acumulación de errores, por la incapacidad de corregir, por la soberbia de un proyecto que nunca entendió sus propias limitaciones. La política, implacable como es, no perdona la incompetencia sostenida.

Sin embargo, lo más grave no es el fracaso administrativo. Es la traición simbólica. Porque Salomón Jara representaba algo más que un nombre: representaba una posibilidad: un Oaxaca profundo que llegaba al poder, la de un origen humilde convertido en oportunidad histórica. Era, en teoría, la prueba de que el sistema podía abrirse y renovarse.

Pero lo que hizo fue reproducir —con menos talento y más torpeza— los peores vicios del viejo régimen. Clientelismo, opacidad, concentración del poder, uso patrimonialista del gobierno. Todo envuelto en una retórica de cambio (primavera oaxaqueña) que nunca se materializó.

Ese es, quizá, su mayor fracaso. No haber sido distinto. Hoy, Oaxaca enfrenta un escenario preocupante: instituciones debilitadas e infiltradas por la corrupción y el crimen organizado, tejido social fracturado, inseguridad, una calidad cívica en deterioro y un gobierno que no estuvo a la altura del desafío. Un estadocon enorme potencial, atrapado en la mediocridad de quienes lo administran.

En el centro de todo, una figura que sintetiza el problema. Un político menor, producto de la coyuntura,sin estatura para el cargo que ocupa. Un gobernador que llegó sin proyecto y gobierna sin dirección. Un liderazgo que, lejos de transformar, ha profundizado el atraso.

Por eso, cada vez es más difícil evitar la conclusión. El gobierno de Salomón Jara es un gobierno fallido. No se trata solo de un mal gobierno. Se trata de un ejemplo acabado de cómo el poder, en manos equivocadas, no solo no resuelve: destruye.

Un hijo ingrato que lo tuvo todo —historia, oportunidad, respaldo— y eligió usarlo para lo de siempre: servirse a sí mismo, a su familia y a una élite política menor, resentida y voraz.

Oaxaca, otra vez, tendrá que recoger los pedazos y volver a empezar.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

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