- “Ese premio que se llama Nobel, nunca alcanzó a ganar un Borges.” Esteban Pinotti
- “Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas.”
- Fragmentos de un evangelio apócrifo | Jorge Luis Borges
Héctor Florentino Sánchez de la Cruz
A Borges lo conocí no por accidente ni por error, sino por invitación. Mi amigo Adolfo Ulises León López, me habló por primera vez de él. estábamos frente al asta bandera del zócalo del Distrito Federal, a un costado del Antiguo Palacio de Ayuntamiento. En esa ocasión conversábamos sobre la cosmovisión indígena y su peso en el presente. ese diálogo de algunos minutos encapsuló un tema milenario. Casi al final de esa conversación me hizo una pregunta difícil —más para alguien que proviene de Centla, un pueblo indígena de Tabasco— ¿en la sabiduría de los pueblos originarios descansa todo el conocimiento de la humanidad?
En aquel entonces, mi sentido de rescate del conocimiento sobre los pueblos originarios propiciaba una manera de aislamiento de todo conocimiento ajeno a esta ideología, principalmente por mi experiencia; por esa razón, Ulises me hizo esa pregunta, y mejor aún, fue una manera de rescatar mi insaciable curiosidad para conocer y explorar el mundo o el universo desde otra atalaya. Así fue como conocí a Borges.
Ulises fue paciente y me hizo finas advertencias propias de un hombre formado en el universo borgeano. na de ellas fue que no cayera en la estupenda trampa en la que muchas mentes han caído al querer encontrar las “fuentes” que el maestro precisó en sus cuentos. Sin vacilar, me dijo que a Borges le gustaba poner esos juegos mentales para distraer al lector —opino que incluso para intentar desviarlo o disuadirlo de su misma narrativa—. En algún momento leí que ni el mismo Bioy Casares se salvó de acudir a una librería en Argentina para comprar un libro antiguo —ficticio— que Borges aseguró haber visto.
Después de eso, me dijo que encontraría fácilmente sus textos en internet. Me recomendó leer varios de sus cuentos que estimó me cautivarían. Así sucedió. El primero que empecé fue “El libro de arena”. De los demás no recuerdo el orden en que se presentaron en mi vida, mi terca memoria dista de la de Funes. Es más, estoy cierto que la lectura y la relectura de sus líneas me han hecho perder la noción del tiempo, impidiendo citar día y hora en que sucedieron esos encuentros por primera vez. Por ello me disculpo. Con certeza puedo mencionar que, en lo sucesivo, únicamente evocaré los momentos claros en que Borges se ha mimetizado con pasos taciturnos en mi vida.
Desde el primer encuentro con el maestro Borges, tuve una sensación de estar en contacto con un pensamiento cósmico. Fue ahí cuando descubrí que los temas núcleos de sus textos son eternos y universales —al menos para la comprensión humana—. Lo noté cuando sus líneas expresaban de manera inagotable el tiempo, el infinito, la eternidad, la muerte, la soledad, el amor, la valentía, la cobardía, el mal, el origen de la vida, el nacimiento, el sueño, el insomnio, la vigilia, la luna, los amaneceres y tantos otros detalles, tal como el día muestra sus dos crepúsculos con sus miles de reflejos. Lo que más curiosidad me causó, es que los seres humanos lo dan por sentado —como si fuera obligatoria esa creación para la humanidad por el sólo hecho de existir—. Todas esas experiencias las comparte cada ser humano.
Sobre estas finezas de la vida que componen su auténtica trama literaria, hay que decirlo, el maestro no siempre muestra tal cual su sentir y sus experiencias, porque se revela con paradojas y símbolos, lo que ocasiona cierta incomodidad o frustración en muchos lectores. Lo que puedo asegurar es que, sobre estos obsesivos ejes borgianos, ninguna geografía por pequeña que sea escapa de esas circunstancias innatas a todo ser humano, con independencia de las características vulgares como el dinero o el color de piel —se sabe que en las dinastías y las aristocracias del antiguo Egipto y de la antigua Grecia, se componían de la pluralidad del color de piel; no fue hasta que se creó la ideología en torno a la idea de raza cuando esto cambió—.
Tal es este destino personal entre Borges y yo que, en lo más profundo de mí busco entender los pensamientos propios y ajenos junto con mi mente, descubro en mis noches de lectura y reflexión que el insomnio que me aqueja como a muchos, puede ser transformado en cuento fascinante como el de “Funes el memorioso”. algo dentro de mí tuvo cierta calma. Lo mismo pasó con mis pensamientos que buscaban entender el mal y por qué existiendo personas así tienen éxitos en la vida, al grado de estar exentos de las condenas sociales y religiosas. Sobre este tema de la psicología del mal, antes que Hannah Arendt escribiera sobre el horror humano, ya Borges lo había hilado y descrito en su cuento “Deutsches Requiem”. Ahí, en esas letras pude tener otra visión de cómo piensa o se ejecuta esa actitud de frialdad que aterra a la vida. El maestro expone que, pueden cambiar los idiomas y los rostros, pero esa alma antagónica permanece.
Los temas de mi interés no sólo se centran en entender a la psicología que me inquieta y roba el sueño, sino también lo que mueve a las sociedades desde hace siglos, como la democracia. Sobre este tema me generó una enorme curiosidad una parte del cuento “El duelo” del maestro Borges. En esta construcción narrativa desarrolla la idea de que las embajadas son un mero anacronismo porque pueden ser sustituidas por el telegrama o el correo. Esa sola mención me hizo crear una critica sobre el papel de la actual democracia, porque las embajadas en apariencias son el reflejo democrático de un Estado ante otras naciones, para conseguir la paz o evitar conflictos a través del diálogo —vemos un mundo colapsado y destruido—. Emplear una crítica tan puntual tal vez nunca fue el objetivo de Borges, porque no era partidario de la politología, pero sin duda, su agudeza de ver el mundo hace sucumbir lo que es inamovible. A partir de este entendimiento crítico, los discursos democráticos me parecen decadentes cuando se intenta sostener con alfileres que las desigualdades se están erradicando —el lujo es una vulgaridad, dijera el mismo maestro Borges—; más rancio me resultan aquellas palabras de los líderes políticos cuando hablan de la igualdad, la libertad y la fraternidad, como si estuviéramos en plena revolución francesa. Muchas vertientes del actuar político generan dóciles democracias.
En alguna noche o fin de semana llena de infinita soledad —sin recordar otro detalle—, me ocurrió algo similar a lo anterior, pero ahora cuando no sabía qué hacer con Dios en mis días lúgubres; por eso, cuando a Borges le preguntaron sobre Dios en una entrevista, mencionó que creía y descreía de él. Esas palabras fueron bálsamo para entender de otra manera a Dios. No como algo puramente negativo, sino como algo que va más allá de todo entendimiento y que es una idea que habita y acompaña a cada persona. Al poco tiempo, al leer “El golem” y las “Tres versiones de Judas”, sentí entrar en la religión del maestro e involucrarme en la forma en que entiende los propósitos de Dios. El poema “Ajedrez” y el cuento “La sombra de las juzgadas” me fueron reveladores al poner en tela de juicio al libre albedrio, lo cual no es cosa menor. Es más, los estudiosos del cerebro han descubierto que las mentes son moldeables, llamándole neuroplasticidad. Debo apuntar también que, en estas fechas en que el estoicismo de Marco Aurelio se tergiversa y se explica a conveniencia en redes sociales de manera indiscriminada, Borges se adelantó para salvarlo de estos tiempos y prácticas recientes. Para tal propósito nos legó sus “Fragmentos de un evangelio apócrifo”, para que en ellos se consulte que el ser humano puede tener claridad de la vida como la que se observa en su cuento la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”.
Yo sueño poco, pero cuando sueño, al despertarme mantengo una larga sensación de interpretaciones e intrigas. Debo acaso citar un par de ellos, para explicar esa sensación. Se acercaba mayo y con él mi cumpleaños. Entonces sucedió algo inesperado —pudo ser psicológico—, pero un hombre como yo en la lejanía de los suyos, de mi sur con sus pantanos como los camalotes como los del Paraná, pienso en mi familia y he soñado realidades alternas y esos sueños me han transportado a otros y a otros —algo que no es exclusivo de quien escribe, es un sentir de la humanidad que aún no se termina de explorar—, en el primero de ellos conviví con mi tío Miguel Ángel (EPD); lo mismo me sucedió en el segundo, la separación de 17 años entre mis hermanos Uldarico y Alberto, no existía, éramos almas que coexistían en la hermandad, viajando con Bucéfalo —mi motocicleta— por nuestro pantano; durante esa andanza nos recorría la dulce sensación que caracteriza a algunas familias, donde esos viajes constituyen una forma de felicidad que poco se siente en la vida real. Esos sueños que no son pesadillas, son experiencias que se sienten tan reales. Esta conexión de interés que a lo largo de la humanidad no ha consolidado una respuesta, es donde descansa mi coincidencia con la mente cósmica. Es un hecho que mi interés en Borges no se detiene en regiones o encuentros generales, hay citas muy puntuales, al igual que la vigilia, los sueños es una estación de mi ser inmaterial que intento a veces entender.
A estos entendimientos que navegaban sin agenda entre Borges y yo, puedo añadir una manera de consuelo sobre algo que me agitaba. Sé que no le temo a la muerte, pero tampoco voy por la vida propiciándola. No niego que siempre me ha parecido una incógnita interesante. Creo saber por qué. He convivido con personas que les llena de pavor la sola mención, por eso mi inquietud buscaba saber qué se ha escrito o cómo las culturas se preparan para ese duelo. En mi experiencia sobre esto último puedo hablar de Oaxaca, donde existe Mitla —la Ciudad de los muertos, en su idioma zapoteco— y por todos lados en noviembre, celebran las “muerteadas”, un ritual cultural que transforma el dolor en festividad, como en otras partes de México, pero en Oaxaca parece fiesta nacional. Fuera de ese contexto cultural, a partir del cuento “El Aleph”, considero que me fue revelado cómo sería el camino de la muerte, siento que sería como una escena de las películas de Superman, cuando éste se posa sobre el mundo y desde ese espacio contempla todo el orbe; así siento que sería el camino de cualquier persona al más allá, a partir de ahí vería transcurrir toda su vida hasta contemplar la reflexión, después, todos los secretos del universo le son revelados. Esta es una mera hipótesis, nadie regresa de allá para confirmar mi pensamiento; esa manera de imaginar ha logrado el maestro en mí.
Antes de continuar revelando mi intimidad literaria y, sobre todo, el hilo conector que me ancla al universo borgeano, debo decir como confesión que muchas veces existe un entendimiento entre el escritor y el lector que no necesita mayores aclaraciones. Únicamente sobreviven las palabras del maestro como si de proverbios o sentencias se trataran, sólo quedan y se mantienen como un eco inagotable en el pensamiento.
Sin que haya sido su propósito, la sapiencia del maestro universal a través de sus palabras escritas u orales con el paso de los años fue puesta a disposición de toda la humanidad. Esa mezcla entre la gramática inglesa y castellana que extrajo como lo mejor de ambas reglas y mundos, decidió en secreto heredarlas. Lo más fantástico es que sus obras están en el lenguaje de Cervantes para no hacerle malas traducciones y como lo dijo Javier Cercas, después del creador del Quijote, el segundo hombre más importante de la lengua es Borges. Por razones de geografía y no de entendimiento, jamás pensé que la mente de un hombre de pantano como el Chontal, llegara a emocionarse con la magnitud con la que hoy concibe al mundo. Yo que he sido tantos hombres. Yo que era un hombre de libros de poca visión universal, hoy encuentro un universo plagado de ideas por descubrir y redescubrir. Borges es para mí, lo que es para él el libro: la extensión de la memoria.
Entre estas y otras razones, Borges además de mostrar que mis ideas no eran únicas o que se encontraban fuera lugar, se volvió ese filtro y también ese catalizador para asociar mis ideas y curiosidades sobre lo intrincado de la vida y lo que nuestros sentidos humanos no pueden percibir, ni aún en el largo tiempo en que a la humanidad se le concedió el don de que le fuera despertada la razón o simplemente, a pesar de ello, por origen lo tenemos vedados, como una condenada que llegará hasta que el último hombre se torne polvo.
Fuera de mi Borges personal, me consterna sin ansiedad la forma de pensar y trabajar del maestro, debo revelar que en mis pensamientos se encierra algo de misticismo sobre como relaciona el número siete, aunque puede que exista cierto cabalismo en ello, no menos importante es que, sigo sin comprender cómo eligió los temas para decir que eran su mayor herencia a la humanidad cuando dio las charlas como si dictara ensayos; por siete noches dedicó, siete temas distintos, al tener la semana tiene siete días. En esas noches narró sobre: La divina comedia, La pesadilla, Las mil y una noches, El budismo, La poesía, La cábala y La ceguera. Esas incógnitas que me rondan la cabeza, acaso fue un regalo especial para continuar pensando, como sus intelectuales trampas en sus cuentos o algo así como el misterio que encierra a las siete maravillas del mundo o emular a las mil y una noche como símbolo de infinito. Es algo que puede que el tiempo me lo otorgue por gracia o suplicio.
En Borges encontré familiaridad porque no juzga, sino que comprende y enseña, así es la vida borgeana, extiende gratas concesiones; no sólo yo he hecho esta estima, lo mismo encontró el gran Mario Vargas Llosa, así fue como creó un mundo genuino de admiración por Borges. Entre los años borgeanos, cincuenta años hicieron conformar la familia de Mario, esa familia literaria la descubrió Vargas Llosa en Francia, lejos de América y más cercano a la historia de Napoleón; en ese lugar, cercano a Louvre, don Mario se encontró y descubrió a Borges escrito; tal como lo expresó en la recepción de su más que bien merecido premio Nobel. Al paso de esos diez lustros Vargas Llosa, se empleó en lo que creo es el más alto homenaje que ha recibido el universal Borges, sobre esta tarea de magnifica admiración construyó su célebre libro “Medio siglo con Borges”, una revelación que desde el título enmarca una profundidad que invita no sólo al considerar que fue su guía durante su trayectoria, sino que deja una profunda huella para quien quiera emular un homenaje digno a un hombre del talento y la capacidad de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo.
Sobre esto último, no puedo mermar mi sinsabor sobre otras líneas que se han escrito sobre la vida del maestro, eso sí, a Vargas Llosa difícilmente le quitarán lo que he mencionado antes, no es para menos. Al igual, he leído obras mal logradas del ilustre Borges, como el que escribió José Emilio Pacheco, aunque es célebre con “Las batallas en el desierto”, desatinadamente considero que no comprendió a la mente cósmica —como he platicado con Ulises— Borges no es una mente fácil, inclusive para los taquilleros editoriales o a los que llegaron a conocerle en vida. Aun así, debo expresar mi sentir sobre esas literaturas.
Pacheco no es el único, el peor insulto recientemente lo cometió el comentarista deportivo José Ramón Fernández, quien abusando de la ausencia de conocimiento del público que lo admira, inició un charla con el conductor Jordi Rosado —sólo asentía con la cabeza como párvulo ante los dichos del comentarista —, lo que dejó ver su claro desconocimiento sobre la literatura; sin ética y falto al no reconocer sus límites, José Ramón realizó el diálogo cínico donde aseguró que Borges era un amante del fútbol —al maestro nunca le simpatizó y en una entrevista citó a Kipling para decir que ambos compartían un desagrado por este deporte—; lo mismo ocurrió cuando dijo que era dramaturgo —sus trabajos eran ajenos al teatro, él prefería la brevedad, por ello sus cuentos—; hasta llegó a decir que el maestro regalaba bastonazos y que María Kodama era rubia —el maestro a diferencia García Márquez y Vargas Llosa, era tímido con las mujeres, por dichos propio—; la cosa como buen espacio humorístico no paró ahí, resultó optometrista el comentarista al decir que el maestro tenía treinta por ciento de visión. Válgame el insulto, yo por eso no hablo del balompié porque no sé.
Regresando a la seriedad y a otra simetría del arte, el mundo de Borges no acaba en la literatura, ahí empieza, el cine es otra de las formas de apreciar su genio, Nolan y Del Toro no escatiman en tomar su prosa para llevarlo a la pantalla; Del Toro ha dicho que su “Zoología fantástica” le parece una maravilla, y creo la plasmó en su “Frankenstein”; cabe advertir que, para Borges, la palabra monstruo inicialmente significaba algo digno de ser mostrado. En cambio, en Nolan se aprecia que su obra fílmica “Memento” está inspirada en “Funes el memorioso” e “Inception” está basada en “Las ruinas circulares”. Es más, los paisajes que ambientaron a “Interestellar” son adecuaciones de muchos de sus cuentos. No es para menos, a Nolan en cierta ocasión le preguntaron en una entrevista que si estuviera en una isla perdida qué libros traería consigo y dijo que únicamente “Ficciones”, con el imaginaría muchos universos.
Por esas apreciaciones tal vez muy personales, el olvido del maestro Borges no existe, como su poema “Everness” del que el papa Francisco no escapó y lo recitaba de memoria, por encima de su argentinidad; lo mismo puedo decir sobre la “La biblioteca de Babel” donde motiva a descubrir que ya todo está escrito con las veintidós letras del alfabeto, indicando que, no existe imaginación que este misterioso código numérico no pueda revelar en algún momento. Creo notar por lo que he leído que, no existe premio Nobel, ni mente erudita que escape de la sabiduría del maestro Borges. Es más, como pilón, la escritora ganadora del Nobel, Han Kang, decía que cuando tenía bloqueos creativos para escribir, se refugiaba en la literatura de Borges, no sólo se refugiaba en su obra, llegó a citarlo en su libro “La vegetariana”, como también lo ha empleado Irene Vallejo, en sus diversos textos llega a parafrasear a la mente cósmica.
Casi para ir terminado, debo agregar que, el maestro Borges dijo que la biblia es un libro trampa porque está compuesto de muchos libros; lo mismo llegó a realizar él. A Borges se le lee como a la biblia, se le puede abrir en cualquier página y en cualquier párrafo para conocer el universo y la sabiduría. Si logro ese desafío que parecía imposible, es inconcebible que algunos despistados le atribuyan textos apócrifos escritos de formas cursis o melosos, cuando él hasta para hablar del amor no dejaba de ser un sabio, basta con leer su poema “El amenazado” para no tomarlo por sensible a pesar de serlo, en este poema dijo que el nombre de una mujer le delataba y le dolía en todo el cuerpo, es más, que la medida de su tiempo era estar o no con ella. Así de extravagante era.
Espero un día no muy lejano se me haga visitar el arrabalero sur de Borges y pasearme por la calle México, para después perderme en la Biblioteca Nacional y al final del día tomar café donde él se disponía en sus días a disfrutarlo acaso sólo o en compañía; lo deseo como los románticos cursis piden disfrutar la Torre Eiffel o los ludópatas como Fiódor Dostoyevski que hubiese anhelado conocer Las Vegas. Antes de cerrar estas significativas letras sobre lo que es Borges en mi vida, debo decir que al igual que él, tan rodeado de símbolos en el lenguaje, para mí los símbolos son: el tiempo, el té, la luna y los amaneceres.
Hace cuarenta años que murió el admirado maestro Borges que alcanzó como pocos, la sabiduría y la inmortalidad, falleció el 14 de junio de 1986, a los 86 años. Lamento no haber escrito antes. Sirvan estas palabras como homenaje póstumo al gran maestro que ilumina mis crepúsculos y dan la sensación de llenar vacíos que la humanidad carga como el Atlas o que tiene que rodar el peso como Sísifo, por la eternidad.
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