PRI-RIP

Carlos R. Aguilar Jiménez.


No trato una insinuación o deducción respecto de que descanse en paz <Requiescat in Pace > el partido político PRI, luego que durante casi un siglo gobernó absolutamente el país y ahora es partido minoritario  a nivel federal y nimio en preferencias electorales y lógicas de los mexicanos, sino que trato una consecuencia de lo que dice se sempiterno ultra beneficiado militante, Fabio Beltrones, al analizar las causas de la derrota que ha llevado a agonizar al PRI-RIP. Dijo que los excesos de corrupción, la desigualdad, los intolerables privilegios y la desatención de las necesidades más apremiantes de los ciudadanos, constituyeron factores que provocaron el descalabro electoral que llevó al PRI-RIP al tercer lugar como fuerza política y redujo su presencia en el congreso y eliminó el poco interés que todavía había de algunos ciudadanos ingenuos por el PRI, partido del que creían podría reivindicarse con la gente.

Estadísticamente el PRI, del que acomodando letras de su siglas queda también como RIP, está en agonía y, en función de los resultados de aceptación popular que tenga AMLO y gobernantes de MORENA, dependerá su resurrección o colocación del último clavo de su sarcófago (porque no será un ataúd, sino un sarcófago estilo egipcio), porque no se trata de la muerte de cualquiera, sino de una institución que nació honesta y comprometida con la sociedad y así funcionó décadas, hasta que la corrupción, indolencia, torpeza y deshonestidad de sus gobernantes se convirtió en su definición política e individual, transformándose de partido político, en dinastía, mafia familiar donde se heredan cargos públicos y se reparte dinero en abundancia, hasta 2018, cuando por fin los ciudadanos, hartos y ahítos de sus: “intolerables privilegios y excesos de corrupción”, decidieron casi en tumulto votar por otra opción, que si bien en este momento MORENA tiene para mi el beneficio de la duda, existen posibilidades sea diferente y por lo menos termine con la corrupción, impunidad e inseguridad que vive México, y eso será inmenso beneficio, no únicamente para la gente joven, incluidos los votantes, quienes al observar que: ¡sí hay modificaciones positivas y beneficios sociales! en las próximas elecciones seguramente nadie en su sano juicio votaría por el PRI-RIP, enterrando sin santos oleos su sarcófago y, para abajo, por si se quiere salir… No trato un hecho, tendrán que transcurrir por lo menos 100 días del nuevo gobierno, y solo entonces sabremos lo que espera al PRI-RIP, que mañosamente cambie de nombre para sobrevivir o simplemente muera y “Requiescat In Pace”, aunque quizá no es posible descanse en paz, porque los malignos no van al cielo a descansar, van a los últimos círculos del infierno, donde serán torturados burocráticamente, exigiendo cohechos, sobornos o tráfico de influencias; “Per secula seculorum requiescat in pace PRI-RIP”.

Sin voluntad y trabajo, las campañas en Oaxaca quedarán eclipsadas ante la carrera presidencial

Es una paradoja que en la elección más amplia y compleja de la historia de nuestro país, haya también un fenómeno de autofagia entre sus propios procesos electorales. Toda la atención nacional se encuentra puesta en la carrera por la Presidencia de la República, pues ello implica la decisión más importante que tomaremos los ciudadanos en las urnas el próximo 1 de julio. No obstante, la concurrencia entre procesos electorales y la poca solidez ciudadana genera el riesgo de que esa elección termine anulando —políticamente hablando— a las demás. A estas alturas, ¿merecemos los oaxaqueños, y los mexicanos, a representantes populares electos por arrastre y no por convencimiento?

En efecto, el pasado 30 de marzo inició el periodo de campañas para quienes buscarán puestos de elección popular en el ámbito federal. Tanto los candidatos presidenciales, como quienes aspiran a diputaciones federales y senadurías se dijeron listos para iniciar los trabajos proselitistas. A pesar de ello, al menos en Oaxaca ninguno de los candidatos a diputados federales y senadores, ha podido sustraerse de la tentación de subirse en las campañas de los candidatos presidenciales de sus mismos partidos, como una forma de poder navegar en el mar turbulento que siempre significa un periodo de proselitismo electoral.

Esa tentación es perfectamente explicable: el coste económico de una campaña proselitista, la que sea, es alto cuando el trabajo y la inversión se hace en solitario. En un periodo en el que hay campañas concomitantes, existe la posibilidad de aprovechar el impulso de algunos candidatos para mantenerse en la arena electoral. No obstante, ello sería positivo si a pesar del provecho mutuo del impulso de algunos, todos se mantuvieran en el ánimo de proponer y trabajar ante la ciudadanía, y no sólo de simular el trabajo de campaña esperando que la ausencia de voto diferenciado haga en automático el trabajo de convencimiento que ellos no quisieron hacer.

En Oaxaca ese es un riesgo mayor. Por ejemplo, entre los candidatos al Senado de la República tendría que haber un sentido, nutrido y consistente, de propuestas y compromisos concretos en algunos de los temas más relevantes para el país. Hasta ahora, sin embargo, los candidatos a Senadores por las tres principales coaliciones se han limitado a tratar de explicar por qué son candidatos, sin establecer para qué quieren llegar a la Cámara Alta.

El escenario nacional implica retos formidables que se resuelven en el Senado. Por ejemplo, una de las primeras tareas de relevancia para la próxima camada de senadores, será el nombramiento del Fiscal General de la República, la consolidación del Sistema Nacional Anticorrupción; lo que le corresponda al Senado —como representante de las entidades federativas ante la federación— respecto a temas torales como las decisiones sobre la continuación o cancelación de la construcción del nuevo aeropuerto, de las reformas educativa y energética, o el futuro de los incentivos económicos que desbordadamente están ofreciendo los candidatos presidenciales.

De hecho, es de entrada ominosa la posición que han asumido los candidatos al Senado en Oaxaca, de simplemente ser repetidores de las propuestas y los planteamientos de sus candidatos presidenciales, sin imprimirle a ello su impronta, sus consideraciones y los ofrecimientos concretos que deberían ya estarle haciendo a la ciudadanía sobre los asuntos nacionales, que son los que finalmente se resuelven en el Senado.

Lamentablemente, todos prefieren ofrecer la faceta de ‘gestor’, cuando queda claro que esa no es la tarea sustantiva de un legislador, y sí es fuente de mucha de la corrupción y opacidad en la asignación de obra, presupuestos y beneficios sociales, que hoy ahoga la reputación de los diputados y senadores, y los exhibe justamente como lo que la gente rechaza de la clase política.

CAMPAÑAS ANULADAS

Aún cuando hubiera un sentido elevado de responsabilidad en los candidatos, de todos modos hay un riesgo que subsiste: que el aluvión de las campañas electorales termine arrastrando y nulificando a los candidatos a todos los demás cargos públicos. En Oaxaca, por ejemplo, junto con los presidenciables, se definirá también la integración de las respectivas bancadas en las dos cámaras federales; la integración del próximo Congreso local, y más de cien presidencias municipales que se rigen por el sistema de partidos políticos.

¿Qué va a pasará si nadie escucha a esos candidatos; si ellos prefieren no hablar y sólo montarse en las otras campañas, o si finalmente todo se resuelve por el voto no diferenciado, independientemente de lo que hayan hecho? Las preguntas no son ociosas. En el mejor de los casos, cada voto cautivado por un candidato debía ser producto de su trabajo, de su convencimiento y de su capacidad de interactuar con la ciudadanía.

El problema es que en nuestro escenario electoral doméstico, ese anhelo es intercambiado, primero, por el convencimiento a través de dádivas o mecanismos de coacción o compra de votos; y segundo, por la confianza en el arrastre de las campañas mayores sobre las menores. En ello, es evidente que queda anulado todo sentido de responsabilidad y trabajo entre los candidatos, y que todo queda supeditado a la decisión tomada por la cúpula de los partidos que dispone de la postulación de candidatos.

Ejemplos hay muchos. Por ejemplo, en Oaxaca de Juárez hay un candidato que tiene amplias posibilidades de ganar, a pesar de que no ha hecho campaña, no es proactivo, no es propositivo y tampoco tiene arraigo ciudadano ni identidad con la fuerza política que lo postula. Se trata de Oswaldo García Jarquín, quien será el candidato del partido Movimiento de Regeneración Nacional a la presidencia municipal de Oaxaca de Juárez.

Quizá García Jarquín llegue a ser edil citadino, a pesar de que no ha trabajado de manera consistente; de que tampoco tiene arraigo propio entre la gente de la capital, y de que tampoco ha sido promotor del voto como sí lo han sido otros militantes de su propio partido. Ese ejemplo, más común de lo que podríamos suponer, en realidad es reflejo de lo poco que se ha entendido el ejercicio de la política, y de lo mucho que debería trabajar cada uno de los candidatos para convencer a sus propios electores.

TRISTE DESTINO

Finalmente, dejar todo en manos del destino de las campañas mayores, es como resignarse a que la simulación y el conformismo sigan siendo la moneda de cambio para un país que ahora más que nunca, necesita respuestas y compromisos de quienes aspiran a cargos de elección popular.

Elba Esther, Sección 22 y CNTE, juntos de nuevo en contra del PRI

No es la primera vez que se alían, pero quizá sí sea la primera ocasión en que lo hacen de forma tan abierta. Igual que en los albores del conflicto magisterial del 2006 en Oaxaca, hoy las fuerzas magisteriales leales a Elba Esther Gordillo se manifestaron a la par de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, y de la Sección 22 del SNTE, por un objetivo común: rechazar la convalidación de Juan Díaz de la Torre en la presidencia nacional del sindicato magisterial. Ajenos a la historia, y echados en brazos del pragmatismo y la coyuntura, hoy esos sempiternos grupos antagónicos están nuevamente unidos.

En efecto, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación ha sido el grupo históricamente opositor a los que ellos mismos han denominado como el “charrismo”, o el oficialismo en el sindicato magisterial. Desde el surgimiento del movimiento magisterial en Oaxaca, en 1980, y su identificación con la Coordinadora, una de sus principales banderas ha sido la de rechazar las prácticas de entreguismo y clientela electoral que el SNTE significaron para el PRI-gobierno en aquellos años.

De hecho, la CNTE tomó fuerza y presencia en el sureste mexicano al sumar a la mayoría de los grupos radicales de la izquierda magisterial, que habían simpatizado con la lucha armada de organizaciones como la Liga Comunista 23 de Septiembre o el Partido de los Pobres, comandados en su tiempo por los maestros rurales Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos. Por eso, en Oaxaca, Chiapas y Guerrero, la Coordinadora ha sido la bisagra de todas esas organizaciones, teniendo siempre como común denominador la oposición al SNTE, a quien siempre han considerado como un aliado del PRI.

Lo cierto es que esa historia aparentemente lineal, ha estado llena de matices. Uno de ellos, acaso de los más visibles, ocurrió en 2006 en el contexto de la elección presidencial, la feroz batalla entre la maestra Gordillo y Roberto Madrazo, y la orden dada por el entonces gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz —uno de los principales operadores electorales de Madrazo— de desalojar a los maestros del plantón que mantenían en las principales calles del Centro Histórico de la capital oaxaqueña.

Quizá haya poca memoria al respecto. Pero en un hecho inédito, SNTE responsabilizó inmediatamente al gobernador Ruiz por la represión contra el magisterio oaxaqueño, y lo acusó de avivar la radicalización del movimiento para provocar una crisis mayor, al tener una actitud de “torpeza” e “irresponsabilidad”. El entonces dirigente del SNTE —y principal lugarteniente histórico de la maestra Gordillo—, Rafael Ochoa expresó que el conflicto era una apuesta a la ingobernabilidad. Y es por “un partido del viejo registro que presume tener voto duro”, remarcó.

Ese mismo 14 de junio de 2006, por la noche, en un comunicado, el SNTE condenó la violencia contra los docentes y, pese a las diferencias que sostiene con los maestros disidentes, les expresó su solidaridad “frente a la brutalidad policiaca y la insensibilidad del gobierno estatal”, y responsabilizó a Ulises Ruiz de la represión y de las consecuencias que ésta tenga en cuanto a la integridad física de sus compañeros, como en el deterioro de los servicios educativos y en la estabilidad social y política de la entidad. Incluso, en una nota de aquellos momentos del periódico La Jornada, se puede leer que Rafael Ochoa señaló que “el viejo partido aferrado al voto duro quiere provocar el voto del miedo o bien desalentar a la gente para que no salga a emitir el sufragio”.

¿Qué significaba todo eso? Un paso sustantivo en la venganza que entonces fraguaba la maestra Gordillo en contra de Roberto Madrazo. En los años previos, como líder nacional del PRI, Madrazo había expulsado del partido a la maestra Gordillo, aún siendo ésta la Secretaria General del mismo. Para su expulsión, fueron fundamentales el gobernador Ruiz, a través de varios personajes formados en Oaxaca. Por eso, el desalojo abrió un espacio de oportunidad para la maestra Gordillo, que luego cristalizó no sólo en la derrota de Madrazo, sino en el mayor descalabro electoral que ha sufrido el PRI de Oaxaca… ayudada por la Coordinadora y la Sección 22, con los que ya había trabado alianza en contra de sus adversarios en común.

ELBA Y CNTE, VS PEÑA NIETO

La historia es, contextualmente, similar. Elba Esther Gordillo fue encarcelada por el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, que hoy es su enemigo igual que como en 2006 lo fue Madrazo, e incluso peor. Por eso hoy la maestra es aliada de Andrés Manuel López Obrador, y está buscando los vasos comunicantes con sus viejos aliados de oportunidad para cumplir objetivos comunes. Uno de ellos es desestabilizar a Juan Díaz de la Torre, quien la traicionó respaldado por Peña Nieto, en la presidencia nacional del SNTE.

Esto explica una movilización singular de la Sección 22: para ayer lunes convocó al 20 por ciento de sus agremiados para movilizarse en la Ciudad de México y el resto en las regiones de Oaxaca. En sintonía con Elba Esther Gordillo, la CNTE en Oaxaca fustigó la posibilidad de que el Congreso Nacional elija en asamblea a Juan Díaz de la Torre como su dirigente nacional.

De acuerdo con una nota de Quadratín Oaxaca, en la región Mixteca, los maestros comenzaron un bloqueo en ambos carriles de la carretera 135-D, a la altura de Nochixtlán. Los maestros oaxaqueños programaron una marcha en el Istmo de Tehuantepec, saliendo de tres puntos: del Canal 33 en Juchitán, de frente al Tecnológico y frente a la Biniza. En la Cuenca del Papaloapan, la marcha será del Cecyte de Tuxtepec, rumbo al centro de la ciudad. En la Costa, los docentes convocaron a la toma de plazas comerciales.

De nuevo, buscan lo mismo: la 22 ha sido una aliada silenciosa de Andrés Manuel López Obrador, a quien abiertamente no apoyan pero tampoco cuestionan. Son también coincidentes en su postura de rechazo a la reforma educativa. Y con esos dos planteamientos se ha sumado el sector que sigue siendo aliado de la maestra Gordillo, que sin aceptarlo a título personal, ya ha enviado a sus principales representantes —su yerno y su nieto— a sumarse al trabajo político en las campañas electorales de Morena en el país.

APUESTA A LA DESMEMORIA

Al final, todos buscan que pierda el PRI de Peña Nieto, y quizá con ello se cumplan las venganzas personales pero también los objetivos de largo plazo de la Coordinadora, respecto a la abrogación de la reforma educativa, que ya les dejó ver López Obrador. Para conseguirlo, queda claro que no han importado las ideologías ni los antecedentes de las viejas aversiones. Es pragmatismo puro llevado al límite, con el provecho de la falta de memoria entre la mayoría de los votantes.

Partidos: que en 2018 no repitan la simulación en el ejercicio de la política

Es desalentador que ninguna de las fuerzas políticas del país, parezca estar a la altura de los retos que impone nuestra democracia actualmente. Por un lado, en realidades paralelas el PRI y Morena están enfilados a hacer lo que, respectivamente, les marque un solo individuo para después vestir la decisión de democracia y aparente apoyo ciudadano. Y una tercera realidad, la del Frente Democrático por México, parece que las cosas siguen indefinidas tanto en lo que toca a la designación —o elección— de su candidato presidencial, pero también con relación a los temas que se supone que abordará como coalición de partidos y, de ganar, también de gobierno.

En efecto, estamos a muy poco tiempo de las definiciones políticas más importantes de los últimos tiempos en nuestro país, y sin embargo no existen aún los signos alentadores que pudieran hablarnos de un porvenir mejor. En este mundo mexicano plagado de paradojas, resulta que en el Partido Revolucionario Institucional —donde están muy próximos a definir su candidatura— toda la decisión está puesta en el Presidente de la República, y parece que el sentido de la decisión sólo tiene dos rumbos posibles: un orgánico puro como candidato presidencial —es decir, alguien químicamente puro emanado del grupo del Presidente—; o un “externo” que representaría un cambio que, sin embargo, tendría todas las características de ser todo menos eso.

No hace falta un análisis de profundidad: por un lado, el Presidente Enrique Peña Nieto podría decantarse por elegir como candidato presidencial a alguno de los que lo han acompañado en todo su periplo que lo llevó, desde el Estado de México hasta la Presidencia de la República. Esos tendrían que ser el actual canciller Luis Videgaray, el Secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño Mayer o, eventualmente, el Secretario de Gobernación —que fue gobernador en la misma época de Peña Nieto, pero que lo ha acompañado en todo su demás recorrido político— Miguel Ángel Osorio Chong.

Esos son los priistas orgánicos que podrían hacerse de la candidatura presidencial si la decisión tuviera como fondo la designación de un candidato “de la casa”, y en ello no habría mayor abanico a partir de que el grupo del Presidente se ha mantenido compacto a pesar de la necesidad de contar con una mayor cantidad de cuadros políticos. A todos los que no son parte de ese grupo, pero que son considerados, es de donde podría salir el supuesto candidato “fresco” que pudiera representar esa apariencia de cambio que tan bien le vendría al PRI en esta contienda presidencial.

En esa lógica sólo existen dos candidatos posibles: uno, el Secretario de Salud, José Narro Robles; y el otro, el titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, José Antonio Meade Kuribreña. De éstos tampoco hay mucho que decir. La perspectiva de que el secretario Narro podría ser candidato presidencial del PRI surgió cuando a alguien se le ocurrió que él podría ser el “Bernie Sanders mexicano”, es decir, ese militante del grupo gobernante, que sin embargo representa un sector relativamente radical dentro de los mismos parámetros del gobierno, y que tiene vasos comunicantes con sectores aún más radicales.

La idea surgió por el origen del doctor Narro y su larga y acreditada trayectoria como Rector de la UNAM. Sin embargo, fuera de la percepción, nada indica ni que él pudiera ser una especie de radical entre los moderados —porque al final de cuentas es priista— y tampoco que en realidad se encuentre en el ánimo presidencial como para escalar hasta la candidatura presidencial.

Así, en esa decantación de nombres el que queda es José Antonio Meade, que representa el principal orgullo del stablishment mexicano, y que en apariencia es la propuesta de cambio del PRI hacia los mexicanos. El problema es que esa propuesta de cambio no resiste mucho: en realidad, Meade representa lo más granado de los doce años de gobiernos panistas y del sexenio peñista; es un cambio porque es un ciudadano que no milita en el PRI pero que ha servido a ese gobierno, y a los panistas de la primera alternancia.

El problema que tiene es que en ese periodo no hay forma de hacer defendibles temas como la corrupción o el acelerado crecimiento de la delincuencia organizada. Por eso, su idea de cambio es muy endeble, ya que sólo significaría el cambio entre militante/ciudadano, pero nada con respecto a los temas más sensibles del gobierno y el Estado en México a lo largo de los últimos años.

LA OPOSICIÓN

En el otro frente está Andrés Manuel López Obrador, que no tiene ya mucho de novedoso. Su democracia interna como partido (Morena) será definida por una encuesta simulada, y ya sabemos cuál su propuesta de fondo como político, como potencial gobernante y como principal representante de la oposición en México. En realidad, tampoco hay forma de que podamos creer algo nuevo, salvo la simulación a la que ya nos tiene por demás acostumbrados luego de 18 años de búsqueda permanente del poder presidencial.

En el último flanco queda el Frente Ciudadano por México, que aunque tiene una posibilidad de plantear un escenario distinto, tampoco tiene esquemas muy alentadores. No ha definido, por ejemplo, cuál será el método a partir del cual elegirá a su candidato presidencial; pero tampoco ha hecho ni lo necesario para entrar a la discusión de fondo de cuáles serán los temas que deberá abordar como un posible gobierno de coalición si es que llegaran a ganar la Presidencia de la República.

En realidad, ese es otro ejercicio de simulación de los que ya no quisiéramos ver en México. Hemos sido testigos de cómo la evasión de los temas de fondo (los verdaderos asuntos de interés nacional) han quedado relegados bajo la inquina y la mezquindad de la partidocracia que asume que evadiéndolos evita los costos políticos. Por eso, es una mala noticia que el Frente Ciudadano por México no tenga la disposición para discutir los temas más complejos de la agenda nacional, que definitivamente debieran ser la médula de una alianza entre dos fuerzas tan lejanas como ellos.

¿QUÉ QUEDA?

Lo que queda, aunque suene a fastidio y a desánimo, es la exigencia —a nosotros mismos— de no dejarnos engañar. Queda claro que no hay ninguna propuesta de cambio, y que de fondo tampoco hay mucha disposición para afrontar los retos nacionales. Ese es un tema importante que se irá aclarando conforme se acerque la elección de 2018.

¿Entendió el priismo oaxaqueño la decisión de ciudadanizar las candidaturas del PRI?

 


Quién sabe si los priistas oaxaqueños que aspiran a cargos de elección popular en 2018, ya entendieron el mandato de la XXII Asamblea Nacional del tricolor, sobre la apertura a los candidatos ciudadanos. El único fortalecido es el jefe político priista, que no es otro sino el Gobernador del Estado. Por eso, si aspiran a algo, en Oaxaca todos los priistas deben disciplinarse, o arriesgarse a la rebelión… o cambiar de partido político.

En efecto, el mandato principal de la reciente Asamblea Nacional del PRI consistió en eliminar el candado que limitaba al propio partido a hacer candidatos a cargos públicos, a priistas que demostraran tener más de 10 años de militancia. La atención se centró en la candidatura presidencial, sin considerar que el retiro de ese candado tiene también efectos para todos los demás cargos públicos que se definen a través de candidaturas partidistas.

Esa determinación, en realidad al único que fortalece es al jefe político priista, tanto a nivel federal como en los ámbitos estatales en los que el Gobernador emana del PRI. Es el caso de Oaxaca. En el ámbito nacional, el retiro de esta disposición sólo fortalece al Presidente, porque a partir de ahora lo mismo puede optar por un candidato ciudadano que por un militante priista, sin las presiones estatutarias de antes. Y en el ámbito estatal, ello tiene un efecto más o menos similar porque a los dirigentes y jefes políticos les permite incluso la posibilidad de incidir en la influencia de las candidaturas ciudadanas. Es una apuesta arriesgada, pero posible.

Ahora bien, en el caso particular de Oaxaca, lo que se anticipa —como en cada proceso electoral— son jaloneos y amenazas de ruptura. La diferencia entre antes y ahora, es que ahora el gobernador Alejandro Murat no se verá obligado a optar por los prospectos creados en los enjambres priistas, sino que tendrá el margen suficiente para poder debutar, si quiere, a una nueva clase política local. La crisis tendrá su cúspide en donde siempre: las resistencias y los cuestionamientos al cambio generacional. Lo interesante es la gama de nombres que existe tanto entre quienes pueden generar ese cambio, como entre quienes se resisten a él.

RESISTENCIAS

La fórmula de candidatos al Senado, será la medida de todo. Entre los aspirantes priistas se encuentran Samuel Gurrión Matías, Alejandro Avilés Álvarez, Héctor Pablo Ramírez Puga Leyva, Mariana Benítez Tiburcio y evidentemente Raúl Bolaños Cacho Cué. Con sus respectivos cuños, cada uno de ellos dice tener lo suficiente como para poder convertirse en candidato al Senado. Habrá que ver, en ello, las variables que existen.

La primera es que no todos son integrantes del grupo real del Gobernador. Otra, es que aquella vieja idea de que el candidato que encabeza la fórmula al Senado era, en automático, el primer aspirante natural a la siguiente gubernatura, pues esa práctica quedó sepultada por la realidad —al menos en el PRI— hace ya dos sexenios en Oaxaca.

Una variable más, radica en qué tanto resistan esos aspirantes el impasse de la definición de las candidaturas al Senado. E incluso, también influye de forma muy importante en qué punto se encuentre el cálculo interno del priismo sobre el resultado de las elecciones de julio de 2018 en Oaxaca.

Por lo pronto, uno de los que ya se nota desesperado es Samuel Gurrión. Se señala, incluso, que podría estar intentando generar acercamientos con Morena o con el PRD para tratar de trabar una alianza que lo lleve al Senado.

En el caso de Morena, tendría que demostrar la competitividad electoral que tanto pregona, para luego construir una ruta viable —y dejar en el camino a gente como Salomón Jara, Flavio Sosa, Karina Barón, Jesús Romero y hasta a Eduardo Martínez Helmes, entre varios otros, que han trabajado en ese partido y que también aspiran a esas candidaturas— y lograr la aceptación de Andrés Manuel López Obrador en el corto plazo. Nada de eso parece posible.

Y en el caso del PAN o PRD, Gurrión tendría que apostarle a una posible alianza, lo cual tampoco parece posible, dado que la inercia natural abre más posibilidades de una coalición fáctica entre el PRI y el PAN, que una alianza formal PAN-PRD, en todos sus niveles. Por eso, si a alguien le afecta la apertura de la baraja priista a las candidaturas ciudadanas, o de militantes jóvenes, es a Gurrión que en algún momento llegó a sentirse como seguro candidato a la cámara alta.

Fuera de él, ninguno piensa en brincar. Y de todos ellos, el único que tiene ascendencia nacional, y un acuerdo relativo con el Gobernador Murat, es Héctor Pablo Ramírez Puga Leyva. Él no se va a ir a otro partido, y tampoco le convendría tensar sus relaciones con el priismo local, aunque irremediablemente tendrá que pagar el costo estadístico de tener varios años fuera de la entidad.

Alejandro Avilés quedó anulado como posible aspirante al Senado y tendrá que conformarse con lo que tiene, que a estas alturas, ya es bastante.

Mariana Benítez tendrá que apostarle a las bondades de la paridad de géneros y a un eventual acuerdo nacional para impulsar a más mujeres que hombres en las candidaturas al Senado, para finalmente trabajar muy duro —o echarse en brazos de la suerte— para que la fórmula de candidatos de mayoría al Senado, no pierda ante Morena.

Y todos ellos tendrán que seguir viendo como sombra a Raúl Bolaños Cacho Cué, que de manera evidente, trae a su favor todo el ánimo del Gobernador para crecer políticamente, aunque quién sabe si la ruta elegida pudiera ser —en lo incierta que es la realidad actual— la del Senado.

EL SENADO NO ES TODO

Al final, eso es lo que tendrán que asumir todos: el 2018 pinta complicadísimo para el PRI en Oaxaca, por el empate de procesos electorales, y por el arrastre natural que tendrá López Obrador en nuestra entidad. Además, el gobierno de Alejandro Murat tiene un trecho larguísimo hasta el 2022, en el que tendrá que lidiar con dos Legislaturas locales más. Es decir, la próxima candidatura a Gobernador se puede construir desde muchas otras trincheras. Todo lo demás, son meras ambiciones.

Con la elección de Edomex se confirma el agotamiento del sistema actual

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+ Deben buscar vías alternas al modelo electoral y a la organización política


A pesar de los números, los triunfalismos y las resistencias, es claro que en la elección del Estado de México sólo hubo perdedores: perdieron los partidos, porque con la descarnada competencia sólo lograron demostrar la ineficacia de las complejas y costosas instituciones y las normas electorales que ellos mismos crearon; perdió el sistema político, porque de nuevo se constató la incapacidad actual para sobrellevar el modelo electoral y de gobierno bajo las condiciones actuales; y una vez más perdió el sistema representativo porque al margen de los “ganadores”, todos los nuevos gobernantes fueron electos por agobiantes minorías. Y sobra decir que también perdió la ciudadanía.

En efecto, en los comicios del Estado de México, Coahuila y Nayarit hubo un común denominador: la baja competitividad real de los candidatos ante el universo total de ciudadanos votantes, y la complicada forma de lograr una victoria en un ambiente polarizado y atomizado, en el que cada vez es más difícil creer en la legitimidad de los resultados, gracias al enorme abuso de las prácticas ilegales para influir en el resultado de la elección.

En esa lógica, habrá que repensar bajo qué lógica se intentará realizar la elección presidencial de 2018 a partir de varios modelos que, al mismo tiempo, están alarmantemente agotados. Uno de ellos, es el modelo de la democracia representativa bajo la lógica del voto universal, libre, secreto y directo como mecanismo de elección de las autoridades; otro, es el del modelo presidencial en sus condiciones actuales; uno más radica en el modelo sexenal bajo el cual gobiernan los presidentes y gobernadores en México; y uno más, es el identificado con la partidocracia, que se sigue revelando como el núcleo insaciable que no respeta los límites ni las normas que ellos mismos crearon para definir los procesos democráticos.

Ante todo ello, queda claro que el agotamiento del modelo es sistemático en México. Pareciera, pues, que todo el sistema camina bajo rieles llenos de inestabilidad y riesgos de descarrilamiento a partir de la resistencia a algunas formas que ya deberían estarse discutiendo. Una de ellas, por ejemplo, tendría que estar encaminada a revisar la actual inestabilidad de los gobiernos de minoría, que ha habido en México durante los últimos tres sexenios.

Pues resulta que esa, que es una característica básica de todo sistema presidencial, en México no ha logrado sino generar parálisis y problemas de gobernabilidad y civilidad entre las fuerzas políticas. Los últimos tres presidentes mexicanos han gobernado con Congresos que no tienen una mayoría definida —es decir, que son plurales—, y que aún teniendo una mayoría simple —como ha sido el caso de Peña Nieto en las dos Legislaturas de su gestión— son insuficientes para dotar de certidumbre al gobernante para llevar a cabo su programa de gobierno —en el caso de tenerlo.

En México tendría que haber una discusión sería no sólo con relación a la segunda vuelta electoral como un mecanismo de legitimación de los gobernantes, sino sobre todo respecto a la necesidad de normar y llevar a la práctica los gobiernos de coalición, incluso si con ello tuviera que virar el modelo hacia un sistema semi parlamentario en alguno de sus rasgos. ¿Por qué es importante esto?

Porque a diferencia de las coaliciones electorales —de las que hemos visto muchas en México, y que sabemos perfectamente que no sirven para nada más que para ganar elecciones, aunque después se conviertan en un caos y se vuelvan contraproducentes a los resultados esperados por la ciudadanía—, las coaliciones de gobierno implican el establecimiento de compromisos y programas por cumplir.

El mecanismo que falta por establecer en la Constitución —porque la figura de los gobiernos de coalición ya existe, aunque en un marco muy laxo aún— es el relativo a qué se gana o se pierde al cumplir o incumplir con los compromisos del gobierno de coalición. En los sistemas parlamentarios, la ruptura de un gobierno de coalición trae como consecuencia la pérdida de mayoría parlamentaria al gobernante, y el riesgo de tener que convocar a nuevas elecciones.

Sin embargo, por la naturaleza misma del sistema presidencial, el Presidente goza de estabilidad en el cargo independientemente de que tenga mayoría o minoría legislativa, incluso como ha sido el caso de los tres últimos presidentes mexicanos que han gobernado con congresos mayoritariamente opuestos a su causa política.

SISTEMA AGOTADO

Todo eso revela que podría estar agotado el modelo del sufragio directo para elegir gobernantes. Esto es, que para elegir sólo se vota una vez y no hay posibilidad de convalidación para que el gobernante asuma con una mayoría definida. Es tal el caso de la segunda vuelta.

No obstante, lo que ocurre en México —y que quedó claro con la elección del domingo— es que cada vez votan menos personas —en el caso del Estado de México la votación fue de alrededor del 62 por ciento del universo votante—, y que de ese número relativo de votos todavía son menos los que terminan eligiendo a un gobernante. Así, por ejemplo, Alfredo del Mazo fue electo con menos de tres de cada diez votos posibles en la entidad que ahora gobernará. Y lo que eso revela es que paulatinamente se van haciendo minorías más concentradas las que eligen a un gobernante, dejando tras de sí una estela natural de ilegitimidad y enojo entre la ciudadanía, porque fueron más los que en conjunto votaron en contra que quienes terminaron eligiendo al gobernante.

Esa situación hace que también esté agotado el modelo sexenal, que irremediablemente debería cambiar en el corto o mediano plazo, pero que es de lo que menos aguanta del actual modelo. Pues tanto en el caso de Fox, como de Calderón y hoy de Peña Nieto, queda claro que su ilegitimidad electoral de origen rápido se combina con el desgaste natural de su gobierno, y por eso llegan a las elecciones intermedias sólo a perder la escasa comodidad legislativa que pudieron tener —en el mejor de los casos— en la primera mitad de su gobierno.

A partir de entonces, los tres presidentes se han dedicado a ser casi cadáveres políticos que se dedican únicamente a sumar pasivos políticos, descrédito, inconformidad ciudadana y, lo más importante, incapacidad para seguir gobernando dentro de los márgenes aceptables. Por eso, en el caso más reciente, Peña Nieto lleva dos años pululando únicamente administrando la crisis de su gobierno. Y mientras no cambie el modelo, quien sea el Presidente seguirá padeciendo exactamente de los mismos problemas, porque a estas alturas queda claro que el problema no sólo es el gobernante —y sí, aceptémoslo, Peña Nieto ha sido un Presidente desastroso, incluso a pesar de que de sus dos últimos antecesores no se puede decir algo muy distinto— sino que sobre todo el problema es el modelo.

RELEGITIMAR LA DEMOCRACIA

Por eso, con seriedad habría que pensar en mecanismos alternos para relegitimar la democracia, que se sigue desgastando aceleradamente por la falta de moderación de los propios partidos. Los mecanismos ya existen. No se trata de descubrir el hilo negro. Sólo falta que exista la voluntad de la partidocracia para deponer su voracidad y prestarse al cambio urgente que necesita el poder público para renovar su viabilidad.