La Guelaguetza sigue llena de ocurrencias

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Cambios y ajustes, hechos sin fundamento

 

Aunque digan lo contrario, las festividades de los Lunes del Cerro, siguen siendo un objeto claro de las ocurrencias y perspectivas personales de quienes han ejercido el poder en Oaxaca. Ni los llamados Comités de Autenticidad, ni las delegaciones, ni las autoridades, ni los encargados últimos de la preservación de las tradiciones, han podido o querido hacer algo para dignificar y verdaderamente dar seriedad a una fiesta que no fue producto de la ocurrencia de una persona, ni acto de aparición espontánea de un régimen o ámbito de gobierno.

Desde hace algunos años, vemos una fiesta de los Lunes del Cerro que es cambiante, aunque sin más fundamento que las ideas, la perspectiva, o hasta los desatinos del gobernante en turno. Desde la polémica, y quizá desatinada decisión, de “techar” el auditorio Guelaguetza, hasta la modificación de los bailables y representaciones, pasando por la inclusión de representaciones ajenas a la cultura y tradición de los pueblos oaxaqueños, e incluso las más recientes decisiones oficiales de eliminar el llamado “palco oficial”, y eliminar el “culto al Tlatoani”, todas son decisiones tomadas sin un fundamento verdaderamente explicable y verificable. Veamos si no.

Independientemente de lo agradable o no que sea a la vista el Auditorio Guelaguetza, o de que personalmente pueda gustarnos o no el manteado, es cierto que tanto la decisión de instalar el techado, como la reciente de retirarlo, parten de los caprichos del gobernante en turno. Hoy, por ejemplo, los defensores del régimen del gobernador Ulises Ruiz Ortiz, se deshacen en exaltaciones a la obra, y de regodeos respecto a la “brillante” decisión del gobernante a quien defienden, de impulsar la obra.

Del mismo modo, aunque un sector del gobierno estatal se dice “satisfecho” con la obra, otro grupo bastante importante y de peso, asegura no estar de acuerdo con la obra. Ello quedó más que claro el lunes mismo, cuando el gobernador Gabino Cué Monteagudo dijo, en declaraciones a la prensa, que a él le gusta más el sol, y que por eso no está de acuerdo con la permanencia de la velaría en el Auditorio Guelaguetza.

Frente a esas dos posturas, uno puede comprender que, en la esencia del poder político mexicano, se encuentra la disposición de que la palabra del gobernante se convierte en orden y ley casi en automático. Sin embargo, alejándonos de esa idea, debiéramos preguntarnos lo siguiente:

¿Qué fundamento sólido, más allá de la voluntad de los gobernantes, existe hoy para defender o satanizar, o para presumir, o votar a favor de la eliminación de la velaría? Si se supone que los tiempos cambian, y que éstos evolucionan para que la democracia sea más consistente, entonces lo que debiéramos haber escuchado desde un inicio, son razones convincentes y objetivas, más allá del capricho del ex gobernador Ruiz, para decidir la instalación de la velaría.

Del mismo modo, para hoy votar a favor del retiro del manteado, hoy debiéramos basarnos más en datos duros, que en apreciaciones personales, caprichos, o testarudeces, para decir objetivamente por qué debe ser retirada la velaria.

Hasta hoy, se ha dicho, por ejemplo, que el techado del Guelaguetza rompe con la imagen urbana. Sin embargo, quienes lo dicen —y quienes alientan a éstos a decirlo—, no tienen en sus manos otro argumento, ni estudio verdaderamente serio, más allá de su perspectiva particular.

Del mismo modo, y esto resulta aún más grave, el mismo Gobierno del Estado no tiene en sus manos elementos sólidos, para reforzar la decisión del gobernante de que ésta sea retirada. En este sentido, no han podido determinar, por ejemplo, que la velaria es peligrosa; que es discordante a la imagen de Oaxaca, o incluso que su colocación afectó, o no benefició en nada, económicamente a la entidad.

 

TRADICIÓN, POR

LA MISMA SENDA

Lo grave es que todo esto se extiende a la tradición en sí. Por ejemplo, ¿fue una decisión fudamentada, la de decidir eliminar el palco oficial? Hasta donde se supo, físicamente el espacio ya no existe; sin embargo, queda claro que si algo debían eliminar, no era el perímetro que ocupaban los representantes políticos del Estado (y en otros tiempos del país) y la Diosa Centéotl, sino los privilegios que éstos tienen y los excesos que cometían los funcionarios y sus invitados durante las celebraciones de los Lunes del Cerro.

¿A poco ya no hubo espacios privilegiados para el gobernante, sus funcionarios y los invitados especiales? ¿A poco ya no hubo perímetro de seguridad, ni atenciones especiales, para todos ellos? ¿De verdad se acabó el culto al Tlatoani, al cacique o al gobernante? ¿O es que en realidad, lo que se hizo fue “maquillar” de democrática una decisión que más bien parece una pose u otra más de las ocurrencias?

En el fondo, si verdad se terminó el culto al líder de la tribu, lo que debió disponer el Gobierno del Estado, es que todos (incluido el Gobernador, sus invitados, los funcionarios estatales, y los representantes de la prensa de la capital del país) tuvieran el deber de comprar su boleto personal para poder acceder al Auditorio Guelaguetza a presenciar la fiesta del Lunes del Cerro, y que todos fueran como cualquier oaxaqueño o turista más, que paga para presenciar un espectáculo, en el cual tiene asegurada la entrada, pero no un espacio ni un asiento en un lugar privilegiado.

Incluso, debiera haber más seriedad respecto a la forma en cómo se encuentra hoy estructurada la fiesta de la Guelaguetza. Vemos los oaxaqueños, cómo cada año las autoridades siguen distorsionando el sentido y la esencia de la fiesta, para agregarle nuevos elementos que en realidad no corresponden a lo que representa esta tradición para los pueblos.

 

CAMBIOS CAPRICHOSOS

Lamentablemente, ni las organizaciones involucradas, ni las delegaciones regionales, ni quienes se ostentan como defensores de la cultura y las tradiciones de las comunidades oaxaqueñas, tienen el valor o la decisión para alzar la voz y denunciar lo que a su juicio está mal planteado. Nadie ha tenido la visión para darle cierto rigor a la celebración, y establecer los cánones a partir de los cuales ésta deba regirse independientemente de los caprichos o las ocurrencias de los gobernantes. Mientras, seguiremos viendo cómo cada sexenio los Lunes del Cerro siguen tomando matices distintos, que en realidad no hacen sino alejarla cada día más de su verdadera esencia.

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