PRI: vida artificial, y voracidad, desde hace mucho

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Organizar a la militancia, reto mayor de dirigencia

 

Económicamente, desde hace mucho tiempo el Comité Directivo Estatal ha tenido vida artificial. Aunque en los tiempos del llamado “partido oficial”, recibía grandes cantidades de recursos no declarados, que le permitían solventar su actividad, esto no significaba que su solvencia pudiera traducirse en seriedad y responsabilidad en el manejo de sus finanzas. Hoy, cuando la dirigencia priista quedó en la orfandad, quedan en evidencia no sólo sus carencias económicas “institucionales”, sino también la situación de informalidad e incertidumbre en la que laboran los no pocos trabajadores del antiguo “partidazo” en Oaxaca.

Quienes trabajaron en el PRI estatal durante los tiempos del partido hegemónico (hasta finales de la década de los noventas), en cargos de dirigencia o incluso como empleados administrativos u operativos, difícilmente conocieron carencias. Aquellos tiempos —que abarcaron décadas— fueron de bonanza, automóviles de lujo, sueldos considerablemente buenos, e incluso de privilegios ante las autoridades para tener facilidades en el desarrollo de sus actividades, o para no ser objeto de actos de molestia.

Con el paso de los años, y el reforzamiento en los procesos de fiscalización de los recursos que recibían los institutos políticos, estos apoyos comenzaron a ser más discretos y limitados, aunque no por ello menos fluidos. Quizá de una década a la fecha, las condiciones laborales para los empleados ajenos a la dirigencia estatal, dejó de ser de cierta comodidad, para pasar a ser de constante incertidumbre y regateos sobre los salarios, prestaciones e insumos de trabajo que realmente necesitaban.

Ya para entonces, ser empleado del Comité Directivo Estatal priista, era sinónimo de no haber tenido una sola opción —o amigo— en la administración pública estatal, o haber sido castigado por alguna cuestión determinada. Los trabajadores, entonces, ya no conocieron lo que era percibir su salario a tiempo o completo; carecían hasta de los insumos mínimos de oficina; dejaron de tener las prestaciones sociales que la ley exige para los trabajadores y patrones.

Y, en resumen, comenzaron a ver al tricolor estatal como un mero lugar de paso, o escalafón, en lo que se incluían en el equipo de trabajo de alguno de los beneficiarios del gobierno en turno, o para esperar una oportunidad estratégica, estando o no campaña, para enrolarse en un empleo en el gobierno estatal.

Esa situación prevaleció por mucho tiempo. Lamentablemente, mientras se degradaba la estancia en el “partidazo” y se hacían más evidentes las carencias económicas, los sucesivos dirigentes estatales vivían otra situación. El reforzamiento de la fiscalización de los recursos que recibían, los hizo ser más “cuidadosos” en la forma en cómo aplicaban éstos para las necesidades reales del partido. Así, con tal de no aparentar “lujos” o bonanzas que las solas prerrogativas no permitían, los administradores del tricolor decidían usar el presupuesto —que evidentemente recibían, en efectivo y sin recibo oficial, de parte de las arcas estatales— para las necesidades de la dirigencia (lujos, bonos, viáticos de la Presidencia, asesores, además de todo tipo de frivolidades), pero no para cubrir las injusticias que se cometían en contra de quienes veían al partido no como una oportunidad política, sino como una opción de empleo y salario para llevar el sustento a sus familias.

 

CAJA CHICA (Y OLVIDADA)

En los tiempos del PRI-gobierno, cada que había cambio de dirigencia priista, emergían como hongos las inconformidades sobre las deudas y pendientes de pago que dejaba el Presidente en turno. Éste, y el nuevo dirigente, eran siempre acusados de no pagar los salarios, de maltratar a los trabajadores, de hacer promesas de pago y no cumplirlas, y también del no reconocimiento al trabajo devengado, o los salarios pendientes de pago, que hacían los nuevos dirigentes respecto a los anteriores. Ese fue el pan de cada día de quienes trabajaron largo tiempo en el Comité Directivo Estatal del partido.

Durante todo el tiempo que duró el “partidazo”, los dirigentes estatales sólo se preocupaban en dizque cobrar las cuotas partidarias, no para verdaderamente dar sustento al partido, sino para fortalecer sus proyectos personales del momento. Era raro, en este sentido, el Presidente que se preocupaba verdaderamente por la situación salarial de sus trabajadores, o quien hacía alguna mejora a las oficinas o condiciones de trabajo. La mayoría se dedicaba “a lo suyo”, y regateaba lo más posible cumplir con sus obligaciones económicas como dirigente. En realidad, a nadie le preocupaba incrementar los ingresos del CDE porque de todos modos éstos estaban garantizados, y porque era, además de difícil, “políticamente incorrecto” hacerla de “cobrador” a los cuadros distinguidos del partido, que además nunca se preocuparon verdaderamente por éste.

Por todo eso, hoy al tricolor le acomoda perfectamente aquella perla de la sabiduría popular, que dice que un padre mantiene a diez hijos, pero diez hijos no mantienen a un padre. Hoy, por dudar sobre el uso correcto de los recursos, o por egoísmo, prácticamente nadie se encuentra al corriente en sus cuotas.

Quienes hoy tienen cargos de elección popular, aún obtuvieron las candidaturas bajo los antiguos esquemas de que el gobernante se decidía por ellos, y todos los documentos de acreditación —incluyendo los que prueban el requerimiento estatutario de “encontrarse al corriente en el pago de sus cuotas de partido”— les eran confeccionados de tal modo que no cupiera espacio para la impugnación, la ilegalidad o el cuestionamiento.

Por eso hoy el PRI estatal se encuentra a punto de la bancarrota. Porque la orfandad lo llevó a la crisis; por el desapego y el desinterés de sus militantes, legisladores y “cuadros distinguidos”, y también porque ningún gobierno de alguna entidad federativa priista, se ha querido hacer cargo de ellos.

 

¿QUÉ PONDERARÁN?

Lo importante, en todo esto, debiera ser que Eviel Pérez Magaña hiciera, como un líder auténtico, hasta lo imposible (aún a costa de su peculio personal) para por lo menos dar condiciones mínimas de decoro a los trabajadores del priismo. No hacerlo él, junto con todos los demás que tanto se ufanan de su militancia tricolor, equivaldría a negar, y apartarse, del hecho de que los diputados locales y federales, el Senador y los presidentes municipales del PRI, son lo único que representa, formalmente, al devastado priismo oaxaqueño.

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