¿Por qué no pensar en el Metrobús?

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+ Concesionarios: dan nada a cambio…

 

Sería una desgracia que por intereses minoritarios y retardatarios, otro proyecto urbano más en Oaxaca se quedara en eso: en buena intención de un gobierno, y en un simple proyecto. El asunto no es menor. Porque paradójicamente, en vano la capital oaxaqueña ha esperado un proceso de modernización urbana o de infraestructura —que se supone que es inaplazable—, aunque al mismo tiempo sus tradicionales grupos de presión se han opuesto a ella, y lo han conseguido. Ese no debía ser el destino del Metrobús.

El pasado martes, la capital oaxaqueña sintió, por algunas horas, el “músculo” de ese sector decidido a sostener su privilegio a costa de todo, y a costa de todos: diversas organizaciones de transportistas, tanto de la capital como de municipios conurbados, salieron a las calles a protestar en contra del Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, por no haberlos tomado en cuenta en la confección del proyecto del nuevo sistema urbano. Como si tuvieran la calidad moral suficiente, se dijeron lesionados en sus derechos y en su economía, y exigieron frenar cualquier intento de construcción del Metrobús.

Desde otras trincheras, no pocos ciudadanos y organizaciones se mostraron también escépticos a la construcción del Metrobús, aunque por razones diversas. Fundamentalmente, lo que tiene molesta a la sociedad oaxaqueña en general, es el hecho de que, como cada año, la presente temporada de lluvias tiene semidestruidas las principales arterias viales y accesos a la capital oaxaqueña. Si el Ayuntamiento citadino, dicen, no tiene capacidad ni para tapar los baches, mucho menos la tendrá para emprender la nada fácil labor de planear y construir todo un sistema de transporte colectivo.

Quienes dicen eso, parcialmente podrían tener razón: por simple naturaleza, todos aquellos que verían lesionados sus derechos o economía —principalmente— con la instalación de un sistema de ese tipo, habrán de protestar y oponerse a la decisión. Del mismo modo, es posible comprender a quienes señalan las incompetencias actuales del gobierno municipal, y auguran por eso un mal destino para el Metrobús.

Sin embargo, más allá de las posiciones personales habría que preguntarse qué le haría bien a la ciudadanía, cómo se podría mejorar sustancialmente el sistema de transporte colectivo y, sobre todo, también pensar, por una sola ocasión, qué es lo que más le conviene a los usuarios.

Habría que ver esta cuestión desde tal perspectiva. Porque sin duda, los oaxaqueños —sociedad y autoridades— estamos acostumbrados a ver estos asuntos sólo a la luz de lo que los grupos de presión nos “invitan” a pensar que es lo correcto o lo más conveniente —es decir, nos manipulan—, pero casi nunca nos dejan ver que es tanto o más nocivo que eso, el hecho de que nosotros los defendamos a cambio de nada, y les continuemos dando un cheque en blanco que finalmente han utilizado a sus anchas para menoscabar nuestros mínimos derechos.

En este sentido, la autoridad siempre ha incurrido en dos errores garrafales: por un lado, se ha dejado chantajear abiertamente por los grupos de presión, para finalmente terminar haciendo lo que éstos quieren (para preservar sus intereses), mientras la autoridad pondera la posibilidad de dejar de hacer lo que a unos cuántos no les conviene, para también dejar de pagar los “costos políticos” correspondientes por esas protestas.

Y por si fuera poco, la autoridad al mismo tiempo que el anterior, ha cometido también otro error insuperable: ésta, nunca ha tenido la capacidad —porque esa es una cuestión esencialmente de talento y tacto político— para sensibilizar a las verdaderas mayorías, respecto a por qué sus proyectos son realmente los más viables para el entorno, y por qué sí la ciudadanía debe aceptarlos y respaldarlos a pesar de la oposición que presenten algunas organizaciones.

 

LA CIUDADANÍA PIERDE

En efecto, la ciudadanía pierde. Porque ante cada posibilidad de que el gobierno y los grupos de presión pacten respecto a un no hacer (aquel no impulsar proyectos de modernización y desarrollo, a cambio de que éstos no ahoguen la ciudad con prestas), lo único que queda en el fondo es la consolidación de privilegios indebidos mutuos, que finalmente quien los paga y padece es la ciudadanía.

El caso del transporte público es paradigmático: todos los medios de transporte público existentes en la entidad oaxaqueña no sólo son malos, sino que son lo que sigue de eso (es decir, pésimos, deprimentes, riesgosos, inseguros, anárquicos y, por si fuera poco, tolerados). Por su parte, la autoridad, que permanentemente promete regulación estricta y aplicación de la ley sin distingos, siempre termina siendo comparsa de los transportistas, quienes la tratan como si fuera su subordinada y no su reguladora. ¿Y qué hacemos los ciudadanos ante todo eso? Como tal parece que no nos queda de otra, aguantamos… y les seguimos pagando.

Con esos antecedentes, los transportistas menos que nadie tienen la calidad moral para exigir a la autoridad municipal que no construya un Metrobús. No la tienen porque ellos, los concesionarios, son el reflejo vivo de ese fracaso y corrupción galopantes que dominan al sector. Y la autoridad estatal —que de autoridad sólo tiene el nombre— sólo sigue prometiendo lo que de antemano (por sus mismos compromisos económicos o políticos con el gremio) sabe que no podrá o querrá cumplir.

Así, ¿en base a qué los taxistas y demás concesionarios exigirán que no se construya el Metrobús? ¿Exigirán su no construcción a cambio no de comprometerse, sino de ejecutar un verdadero cambio profundo en la forma en que presta su servicio? ¿O serán tan desvergonzados que dirán que no quieren el Metrobús, porque eso les significará competidor que no tienen, y que tampoco quieren, y que eso les mermaría las ganancias económicas que hoy pagamos los oaxaqueños por esa suerte de oligopolio anárquico del transporte público?

 

SIN CALIDAD MORAL

¿Queremos seguir sumidos en el atraso? ¿Queremos seguir viviendo en esa ciudad anclada al pasado, y que por eso mismo no permite dar paso al presente? ¿Queremos seguir siendo rehenes de esos grupos de presión que sólo defienden sus intereses? Los transportistas debían comenzar a legitimar sus exigencias con acciones. ¿A poco están dispuestos a cambiar radicalmente el servicio caro y malo que todos los días ofrecen a la ciudadanía? Para exigir, hagan. ¿Qué dan a cambio de su “no” al Metrobús?

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