PRI Oaxaca: la “reconciliación” que nunca llegó

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En los últimos dos años, al menos en un par ocasiones se anunció que la militancia priista de Oaxaca había realizado procesos de reconciliación. Hoy, ante la derrota, se sabe que esa reunificación nunca fue real; que fueron también más poderosas las mezquindades y los enconos entre la militancia; pero también que las sucesivas dirigencias del priismo local no fueron capaces ni sensibles a las necesidades que imponían los complicados escenarios que enfrentaban. Esta es una más de las aristas que explican la derrota priista en Oaxaca del pasado 1 de julio.
En efecto, si bien se recuerda, ante la derrota electoral de 2010, Ulises Ruiz, todavía en su calidad de Jefe Político del priismo local, determinó que la dirigencia del tricolor en el Estado sería ocupada por el candidato perdedor, Eviel Pérez Magaña. Como Ruiz era aún Mandatario de la entidad (y por tanto tenía cierto control y capacidad de coacción sobre sus correligionarios, muchos de ellos incrustados en espacios públicos), pocos fueron los que públicamente protestaron. Pero eso no significaba que todos estuvieran de acuerdo con sus decisiones. Al contrario.
Por esa razón, una vez que Ruiz dejó el cargo, comenzó una auténtica guerra interna entre todos los factores priistas. De entrada, todos los diputados federales se dijeron con derecho a querer, o cuando menos a poder, ocupar el cargo de dirigente estatal en su partido. Eso mismo dijeron querer otros líderes regionales, concejales o dirigentes sectoriales del partido, que asumieron que en ellos se depositaba gran parte de la ascendencia política, o de la representación política de la militancia, y por esa razón comenzaron a cuestionar la dirigencia de Pérez Magaña. ¿Qué decían de él?
Decían, de entrada, que su cargo como dirigente era artificial, que era también impositivo, y que era insostenible. Según ellos, era artificial porque había sido producto no de un acuerdo cupular, sino de una decisión simple y vertical del entonces gobernador Ruiz. Decían que era impositivo, porque para ungirlo como dirigente no consensaron a nadie, ni pidieron la autorización de nadie, ni estuvieron dispuestos a escuchar a nadie. Como si el PRI oaxaqueño fuera una franquicia, simplemente Pérez fue impuesto como líder. Y a todos se les invitó a sumarse incondicionalmente… a cambio de nada.
Fue tal el cuestionamiento a la dirigencia de Pérez Magaña, que en un momento él mismo tuvo que simular la posibilidad de un arreglo. Entonces llamó a algunos dirigentes regionales, a algunos diputados locales, y a un grupo minoritario de legisladores federales del PRI por Oaxaca, y con ellos elaboró un primer acuerdo de unidad, en el que se cedían algunos espacios partidistas a cambio de reconocimiento y legitimidad, pero que de ninguna manera significaba que las divisiones entre la militancia real estaban resueltas, o que verdaderamente se había incluido a todos los grupos y a todas las expresiones políticas del priismo local.
¿Cuál fue el resultado? Que, aquel primer anuncio de unidad y reconciliación tuvo un efecto exactamente contrario al esperado. Como habían sido más los excluidos que los tomados en cuenta, y como ya había un interés específico del Gobierno del Estado (ahora en manos de los opositores al PRI) por tomar parte en esa trifulca interna (a través de priistas orgánicos que se vendieron desde antes a la oposición y que luego tratarían de servir como esquiroles y colonizadores), entonces la división se hizo todavía mayor y se abrieron varios frentes desde donde se alimentó el discurso de la apertura y de la inclusión, cuando realmente lo que ocurría era que intentaban cobrar sus propias venganzas y obtener sus propios espacios.

SEGUNDA “RECONCILIACIÓN”
Durante la dirigencia de Pérez Magaña en el PRI estatal, se crearon varios frentes opositores. Uno de ellos, el más conocido, fue el llamado “Frente Renovador por un PRI para todos”, en el que se aglutinaron todos aquellos que no habían sido parte de los acuerdos de la dirigencia priista de la entidad, pero también había aquellos que, no queriendo arreglo, integraron ese grupo en aras de demostrar que había una disidencia, que esa disidencia estaba organizada, y que también estaba enojada por una exclusión que ellos habían tomado voluntariamente.
Así, para el reparto de las candidaturas a diputados federales y a senadores, se llegó a un acuerdo cupular con los ex Gobernadores oaxaqueños (que ninguno respetó) para que todos recibieran candidaturas, a cambio de que todos sumaran trabajo político para el partido. Así se dividió la geografía política estatal no para el priismo, sino para los ex Mandatarios. Y sólo después de eso se intentó un segundo arreglo que incluyera a todas las fuerzas dispersas del priismo.
Así fue como trató de integrarse al Frente Renovador a una estructura que tenía tantas deficiencias como los intentos de acuerdo de unificación. Los renovadores no tuvieron capacidad de acción. Los puestos importantes de la dirigencia fueron también cedidos en aras de un intento de “operación cicatriz”, con dos diputados locales que hicieron valer su ascendencia ante el hecho de que no habían sido beneficiados con candidaturas. Y, de nuevo, se anuló la posibilidad de una integración real, porque nadie tenía el compromiso real de ceder espacios en aras de que todos trabajaran juntos.
Esto llevó a una tercera división. Ya en las campañas, ni la dirigencia del partido, ni los candidatos, tuvieron la sensibilidad o disposición para pactar con los factores reales de poder de cada distrito electoral, o cuando menos para escucharlos. Todos caminaron solos. Todos hicieron sus campañas según sus ideas o intuición. Muchos tuvieron que cargar con esos liderazgos como lastre, y no como ayuda. Y más de uno simuló trabajo territorial porque realmente ni conocía el distrito ni tenía nociones de cuál debía ser la ruta a seguir para obtener resultados.

TODOS PIERDEN
El resultado es el conocido. Errores de campaña hubieron tantos que hoy son incuantificables. Sin embargo, lo cierto y real en todo esto, es que todos esos errores fueron advertidos y señalados, pero que nadie tuvo disposición para escuchar y ceder ante el otro, en aras de que ganaran todos. Eso refuerza la idea de que los priistas oaxaqueños, estuvieron siempre dispuestos a pagar el costo político de esta derrota, con tal de ver derrumbados a los adversarios que contaban dentro del mismo PRI. Algo inimaginable. Pero real.

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