Violencia: lo que halló México en la resaca política

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+ Hechos menos trascedentes pero más duros que antes

 

Parece de otros tiempos aquella imagen de un Presidente de México desfilando por las calles de la Ciudad de México, entre vítores, una lluvia de papeles de colores, y un automóvil descubierto. No parece de la actualidad, que esa escena aún la hayamos visto el día de la toma de posesión de Vicente Fox Quesada como Presidente de la República. Apenas doce años después —ese lapso, para el tiempo de una nación, es cortísimo—, fuimos testigos de cómo la violencia llegó al punto del desbordamiento ante la unción de Enrique Peña Nieto como primer mandatario de la segunda alternancia en el poder en México. ¿Qué tan descompuesta está nuestra nación?

La pregunta no es ociosa. Pues apenas en poco más de una década, hemos visto cómo la posibilidad de acuerdos y aceptación de la mayoría en México está diluida por completo. Según lo vemos, es claro que hoy tenemos un problema grave con la democracia, porque no existe certeza sobre su ejercicio y tampoco sobre el resultado que arroja. No existe, pues, un solo punto de coincidencia entre lo que debería ser el gobierno emanado de la mayoría, y la aceptación que debiera tener la minoría de ese mandato popular. Aunque la paz sigue siendo una garantía, aunque ésta se logra únicamente por la vía de la fuerza. Eso es gravísimo.

El problema es que si la paz está garantizada sólo por la vía de la fuerza, la inconformidad sólo parece tener cauce por esa misma vía: la de la violencia. ¿De verdad hemos llegado al punto en el que las vías democráticas moderadas están en vías de extinción, y ante los cuellos de botella que se generaron para la canalización de la inconformidad, ésta únicamente encuentra salida a través de la violencia? Según parece, esa es la explicación que intentan dar aquellos que aún tienen ánimos de justificar la violencia. Pero no debía ser motivo de redundancia para quienes, desde el poder, aún siguen hablando del discurso de la democracia.

En realidad, lo que vimos en México este fin de semana es abominable. Pues si tomamos como parámetro los hechos de 2006, en efecto sabremos que hoy las condiciones de gobernabilidad y acuerdo entre los poderes fácticos y los grupos políticos no están tan quebrantadas como hace seis años. Hoy, a diferencia de entonces, el Presidente pudo tomar protesta en un recinto legislativo legitimado por la presencia de los legisladores, lo hizo ahí de una forma más o menos ordenada, e incluso logró el consenso de las dirigencias partidistas para la firma de un gran pacto. En esta transición del poder, a diferencia de la anterior, fue civilizada, pausada y desarrollada en términos constitucionales.

El problema es que el pasado sábado vimos un importante nivel de violencia en las calles que no habíamos visto antes. Fue fácilmente constatable que la Ciudad de México padeció enfrentamientos a niveles que seguramente hacía décadas que no ocurrían. Incluso, ni en 2006 la violencia fuera de los corrillos políticos fue tan intensa como ahora.

El gobierno federal intentó minimizar los hechos. Pero, en el fondo, esa violencia demuestra que algo sigue estando mal en el país, que es una cuestión estructural, y que continuar por la ruta de ignorar la escalada de violencia, o simplemente tratar de paliarla por las vías policiacas, será tanto como echar silenciosamente gasolina a un fuego que tarde o temprano va a provocar una explosión en nuestro país.

 

VIOLENCIA IRREMEDIABLE

Los actos violentos se desarrollaron a la vista de todos. Y no sólo nos referimos al hecho natural de que las protestas ocurrieron a plena luz del día, en la ciudad más concurrida y atendida del país por el momento que vivía, y por grupos plenamente identificados; más bien, nos referimos a la circunstancia de que todos sabían perfectamente que eso ocurriría; muchos protestaron por el estado de excepción que —de hecho— se decretó en los rumbos de la cámara baja del Congreso de la Unión, pero esos mismos se dijeron dolientes cuando se desató la violencia y las fuerzas del orden replegaron a quienes provocaban desmanes.

Ese es un signo claro de que las cosas están gravemente descompuestas en nuestro país. La violencia se lleva a cabo a la vista de todos; los grupos que los impulsaron son también plenamente conocidos, el nuevo grupo gobernante ha ignorado casi por completo lo que ocurrió. Y en la resaca de la toma de protesta del nuevo Presidente, todos se encontraron de nuevo, en sus mismas posiciones políticamente correctas de siempre, denunciando y señalando todo lo que ellos mismos provocaron.

¿Quién pide, por ejemplo, un cese a la violencia? Son los mismos que el sábado la provocaron. ¿Quiénes hablan de reconciliación? Los mismos que han evitado cualquier posibilidad de entender al otro, y asumir que un imperativo pendiente de nuestra democracia debía implicar el hecho de que en una contienda política tan importante como la presidencial, nadie debía estar en condiciones de perder todo, como tampoco en la de ganar todo.

El hecho de fondo, es que nadie tiene ganas de reconciliarse con la democracia —o con el poder o con la oposición… da lo mismo—, porque las posiciones políticas siguen siendo tan propias del antiguo régimen de partido hegemónico (el del priismo avasallador que existía antes del año 2000), que para los oficialistas sigue siendo un negocio redondo el de no ceder, como también lo es, y en los mismos términos, pero al revés, para quienes se encuentran en la oposición, y desde esos espacios hacen de la derrota una forma de no ceder, y de conseguir más que asumiendo responsabilidades que, según entienden, no les corresponden simplemente porque ellos perdieron.

Al final lo que es evidente es que ahí es donde se encuentra la razón del desencuentro tan profundo que vive nuestro país. Peña Nieto ganó y es Presidente, pero a los ojos de muchos no ganó y es resultado de una imposición. Eso mismo pasó con Calderón. Y eso mismo habría pasado con AMLO, o con quien sea, porque esta democracia —desfasada, aunque de propia de nuestro sistema político— siempre tiene como condición que alguien gane todo o que alguien pierda en esas mismas circunstancias. Y en esas condiciones, lo que siempre veremos es la inconformidad a todo lo que da, y asimismo en un permanente modo de ascenso.

 

NO NOS CONFUNDIMOS

Sin embargo, la revuelta siempre es ocasión para simples chavos banda. Ya ven al “#YoSoy132”, David Venegas golpeando señoras. Eso, de veras, no es de Dios.

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