“Refundación de la APPO”, una mascarada

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+ Hoy, no existen condiciones para revuelta

Si bien dice la sabiduría popular que las segundas partes nunca fueron buenas, la que intentan actualmente en relación a la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca, no es la excepción. Si bien, hoy en día las condiciones sociales y políticas de la entidad son tan complejas como en 2006, es evidente que éstas no son lo suficientemente volátiles como para pensar en una reedición de la revuelta magisterial, y mucho menos para volver a pensar en un apoyo popular sin precedentes a una causa popular.
En efecto, ayer lunes el Consejo Provisional del Frente Único de Lucha Hacía Refundación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (FULREAPPO), anunció el boicot de las elecciones y la Guelaguetza, como parte de una campaña de sectores del magisterio y organizaciones populares que buscan la reagrupación de la Asamblea Popular para plantear, entre otras demandas, la solución a las demandas que se encuentran pendientes de resolver desde el 2006, y en particular los agravios sin castigar, entre lo que destaca la exigencia de cárcel para el ex gobernador Ulises Ruiz Ortiz, así como a los funcionarios que realizaron la agresión y que, a decir de ellos, son culpables de los asesinatos, desapariciones y encarcelamientos que han ocurrido en Oaxaca.
Aunque las demandas son las mismas que hace seis años, queda claro que hoy las condiciones no permitirán que ninguna organización, incluso que se autodenomine como Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca, emprenda acciones por lo menos parecidas a las que realizó ese grupo durante el conflicto magisterial y popular que ocurrió en 2006. ¿Por qué? Porque, fundamentalmente, ninguna de las condiciones políticas de la entidad es similar a las de aquel año. Veámoslo a detalle.
2006 fue un año sin precedentes en Oaxaca. Fue la primera vez en que un Gobernador en activo prometió una cantidad exorbitante de votos a favor de un candidato en los comicios presidenciales que ocurrirían ese año. Era también el punto cúspide en el que, en la agenda nacional, la izquierda estaba en francas posibilidades de tomar el poder presidencial a través de la figura de Andrés Manuel López Obrador. Por si fuera poco, en el 2006 parecía darse una coyuntura específica respecto a las efervescencias revolucionarias existentes en el país, y que veían en ese año el preámbulo de lo que podría ser el cierre de un nuevo ciclo centenario en el que debía haber un cambio en el país.
Si eso se daba en el ámbito nacional, en Oaxaca las cosas estaban también puestas para el conflicto. El gobierno de Ruiz era uno de los más repudiados por la frivolidad y los excesos que había cometido en el escaso año de gestión que llevaba hasta entonces, pero sobre todo era rechazado por la debilidad de origen que tenía en el escaso margen de votos por el que ganó la elección de Gobernador, por las sospechas de que los comicios fueron un robo en contra de su adversario, Gabino Cué Monteagudo, y por el hecho de que Ruiz no tomó las precauciones debidas llevando a cabo un proceso real de reconciliación con todos los grupos y sectores que habían resultado agraviados por la elección de 2004, en la que el PRI tuvo una victoria apretada. Lejos de ello, el gobierno de Ruiz se había dedicado a presionar y descalificar a las organizaciones sociales, y mostró una vocación sostenida por tratar de hacer política sometiendo a todos y sin distingos.
Por eso, cuando las exigencias magisteriales se convirtieron en un problema para la gobernabilidad, y lejos de resolverlo el gobierno decidió utilizar a la policía para realizar un repliegue y el restablecimiento del orden, todos se le vinieron encima: ya no sólo fueron los maestros, sino que fue la sociedad en general la que se volcó a exigir castigo para lo que consideró como un acto de represión.
La revuelta popular constituyó una respuesta genuina de diversos sectores que rechazaron las acciones gubernamentales, aunque poco después el movimiento fue cooptado y arrebatado por grupos perfectamente organizados que se dedicaron a organizar la violencia o que establecieron los métodos para la defensa de las posiciones. Por eso, al final del año 2006 lo que quedaba era un grupo que estaba dispuesto al choque, pero ya sin abanderar ninguna causa y sin tener claro cuál era el proyecto democratizador que querían para Oaxaca.

CONDICIONES DISTINTAS
Las condiciones para que en política ocurra un incendio, deben ser exactamente las mismas que en cualquier hecho de la vida: debe haber un conjunto de sustancias u objetos potencialmente inflamables, debe haber un agente calorífico, y oxígeno para que el fuego se avive y se mantenga hasta consumir la sustancia combustible.
Eso fue lo que pasó en 2006: las sustancias combustibles fueron los agravios sociales y las inconformidades de los grupos que estaban ya declarados como adversarios del gobierno en turno. El agente calorífico fueron las acciones reprobadas del gobierno, y particularmente el desalojo policiaco en contra de los maestros. Y el oxígeno lo pusieron los grupos políticos que, montados en la inconformidad ciudadana, fueron los que pusieron el discurso, los recursos y las estrategias para construir un movimiento que el pueblo solo (sin experiencia, sin formación y sin dirección) no podría haber llevado al nivel que tuvo la revuelta magisterial de hace siete años.
Nada de eso existe hoy. Aún con lo que digan en contra, el gobierno tiene más control de la gobernabilidad; del mismo modo, no existen agravios acumulados como en 2006. Y por si fuera poco no hay, y seguramente no habrá, agentes caloríficos, ni oxígeno, que aviven un incendio político en Oaxaca y le den las condiciones como para llevar a cabo otro ejercicio de violencia como el que llevaron a cabo en el 2006.

PRESENCIA TESTIMONIAL
En esas condiciones (es decir, sin el apoyo de la sociedad, sin agravios directos que puedan servir como justificación al movimiento, y sin estructuras y recursos que les permitan la movilización), lo único que pasará es que quienes pretenden reagrupar la APPO lo harán de forma meramente testimonial. Las condiciones de Oaxaca hoy no hablan de una revuelta. El gobierno tampoco dará elementos como para que sus adversarios, o quienes dicen que lo son, hagan algo en su contra. No hay materia, pues. Por eso los amagos buscan más bien llamar la atención y subirse en una vieja historia de terror para ver qué consiguen. Así, la APPO va a terminar convirtiéndose en “el coco” con que buscarán asustar a los oaxaqueños cada que haya algo que a ciertos grupos no les parezca.

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