Liderazgos legislativos: poca legitimidad

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Si la elección de julio estuvo llena de vértigo para el gobierno, para los partidos y para los poderes fácticos en Oaxaca, ahora con la designación de los liderazgos camerales podrían terminar diluyendo sus respectivos avances obtenidos el 7 de julio. La forma en que parecen estar procesándose las definiciones dentro de los partidos dejarán mucho que desear. Si siguen como van, ni el PRI ni los partidos coalicionistas estarán en posibilidad de refrendar la confianza que les depositaron quienes votaron por ellos. Veamos por qué.
En efecto, el hecho de que el Congreso esté integrado por una pluralidad de fuerzas genera la necesidad de que se construyan acuerdos que van más allá de lo estrictamente popular. El hecho de que ninguna fracción parlamentaria tenga mayoría, genera la necesidad de que el Congreso se gobierne a través de una Junta, con un poder rotativo entre las tres principales fuerzas.
Ese poder compartido, implica la necesidad de cada acuerdo se construya en base a consensos que son determinados por los principales factores de poder dentro no sólo del Congreso, sino también de otros sectores determinantes, como son como el gobierno, las cúpulas partidistas y los grupos y sectores (políticos, económicos, sociales, etcétera) a los que pertenece cada uno de los diputados. Es cierto que los liderazgos legislativos deben responder al interés de cada uno de los partidos. Pero también lo es que los partidos deben asumir que no fueron ellos solos los que ganaron, sino que cada victoria y derrota fue producto de la combinación de factores que sólo puede existir en la pluralidad.
¿Por qué afirmar lo anterior? Porque, en términos generales, los partidos están intentando decidir sus liderazgos como si hubieran ganado ellos solos. Y si deciden hacer eso estarán tomando una decisión no sólo precipitada, sino que también pondría en riesgo la gobernabilidad legislativa, la productividad del Congreso, y la resolución de un montón de problemas que necesariamente deben ser resueltos a partir de la ley. Pero vayamos por partes.
En el PRI, por ejemplo, se ve reiterada la intención de que el liderazgo legislativo recaiga o en Juan José Moreno Sada, o en Alejandro Avilés Álvarez. Todas las razones son de cúpula. Esto, porque aseguran que a cada uno de ellos lo apoya sendo ex gobernador, y que esas “bendiciones” serán fundamentales. Sin embargo, ¿en la pluralidad de fuerzas y desde su posición de partido de oposición, una sola definición debe ser suficiente para determinar el rumbo de una bancada?
Más bien, lo que los priistas deberían es tratar de aprender de su adverso presente, y de las duras lecciones que les dejó el manejo cupular de su bancada ya como partido de oposición. ¿Será que no recuerdan el alto costo que pagó la bancada tricolor por el ingenuo manejo que tuvo la coordinación de su fracción durante el primer año legislativo? ¿Y será que insisten en no ver que la débil coordinación de los dos años siguientes llevó a toda la bancada a una situación de atomización que no hizo sino debilitar al priismo?
Y es que, en el fondo, queda claro que si Avilés o Sada (o quien sea de ellos) pretende encabezar a su bancada, debe demostrar su liderazgo a través de la legitimación. Y esa legitimación no puede llegar sólo de la opinión o el designio de uno solo de sus militantes notables, sino de la constatación de que ese liderazgo fue bien construido, y que además está respaldado por la bancada y por la sociedad.
¿Moreno Sada y Avilés podrían pasar esa prueba? Difícilmente. Tampoco podrían pasar la prueba de los antecedentes; ya no digamos que pudieran pasar por el tamiz de la buena fama pública. Entonces, ¿cómo construir ese liderazgo?

LIDERAZGOS DE BERRINCHE
En el Partido Acción Nacional las cosas siguen un camino que parece irremediable: volver a generar una imposición para después ser fustigados por quienes tienen el poder real que ellos intentan aparentar que poseen. Nos explicamos: en las negociaciones por la asignación de las candidaturas por el principio de representación proporcional, el grupo gobernante no logró poner más que a Bernardo Vásquez Colmenares –un no panista- en la suplencia de la segunda posición, cuya titularidad ocupa Perfecto Rubio Heredia.
Siempre quedó claro, pero lo entendieron todos menos el panismo local y nacional, que al grupo gobernante no le interesaban todas las posiciones, sino una en particular, que representara los intereses del gobierno antes que los del partido, y que fungiera como vaso comunicante entre el gobierno y la bancada panista. Esto, hasta en la más común de las lógicas, implicaba el equilibrio entre la independencia panista y la pertenencia a una coalición que gobierna.
Sin embargo, hoy existe una abierta rebelión que tiene como único fin impedir que Vásquez llegue al Congreso. Por el lado de Rubio Heredia, éste estaría –alentado por el panismo duro- dispuesto a no presentar licencia a su cargo legislativo; y por el otro, buscarían destituirlos a ambos a partir de la impugnación de la candidatura que ellos representan a través del argumento de la violación a la paridad de género. ¿Qué buscan? En el fondo, imponer a su propio coordinador de bancada. Pero con eso descarrilarían a la fracción panista, como lo hicieron cuando impusieron a Francisco Reyes por encima del interés del grupo gobernante.
Algo similar pasa en el PRD. Ahí fue todavía más definido el interés que buscaba asegurar la posición de Jaime Bolaños no como figura perredista, sino como la del hombre del Gobernador en el Congreso. De nuevo, en su voracidad, el perredismo intenta encarecer la negociación o para poner como coordinador a uno de los líderes de sus tribus locales, o bien para subir al infinito el costo de su anuencia para que Bolaños pase como líder parlamentario y sea quien articule los esfuerzos no a favor del PRD, sino de la Coalición que, como va, no pinta para un terso fin de sexenio.

PARADOJAS
Panismo y perredismo juegan con fuego, calculando con avaricia la necesidad que tiene el grupo gobernante de ellos en el Congreso. La mayor paradoja que podría presentarse en este escenario –y que no podemos descartar- es que ante tanta codicia, el grupo gobernante termine pactando con el PRI y con las fuerzas minoritarias para sacar adelante las reformas y emisión de nuevas leyes que tiene pendientes. Con el PRI y la “chiquillada”, el gobierno tendría la mayoría simple para las reformas legales. Todo es posible. Este último escenario, también.