Energéticos: urge debate sin atavismos

+ Petróleo: nuestro, pero que sí nos sirva

En días y semanas próximas, el debate relacionado con el futuro de los energéticos en México, y particularmente el petrolero, estará en el pináculo del debate nacional, y por eso lejos de abonar a la causa de la continuidad nacional, o de la privatización de la industria petrolera, por lo que debemos pronunciarnos es por un debate serio, libre de atavismos e ideas preconcebidas, y capaz de concebir los planteamientos más serios y más benéficos para nuestro país.
En efecto, el Presidente de la República ni siquiera ha presentado su propuesta de reforma energética al Congreso de la Unión, y en México ya se discute la privatización de Petróleos Mexicanos o de la propiedad de los hidrocarburos, como si esos fueran hechos inminentes, y como si todo fuera producto de una conspiración para entregar la riqueza petrolera nacional a los voraces oligarcas extranjeros que siempre han pretendido adueñarse de nuestro país.
En esto, el debate relacionado con la reforma energética no puede estar determinado por ideas preconcebidas, lo mismo a favor que en contra de la privatización. No puede ser así porque la sola realidad indica que en un tema tan complejo no pueden ni deben predominar las posturas monocromáticas que se aferran a favor o en contra de una sola posición, inamovible, o a otra exactamente en las mismas condiciones. Esto no puede ser así porque la discusión relacionada con Pemex es tan compleja y trascendente que los mexicanos estaríamos de antemano derrotados si nos conformamos con esa sola posibilidad, y no con la de un debate amplio.
En ese sentido, podemos entender que en México el tema petrolero sea particularmente complejo. Esto, debido no sólo a que de la industria petrolera depende una tercera parte del gasto público nacional y que así ha sido en las últimas décadas, sino sobre todo porque el tema petrolero implica también una victoria trascendental de nuestro país en relación a los intereses extranjeros, que incluso podría ser la única en la que verdaderamente México se pudo sobreponer a los intereses que se aprovechaban de la industria y la riqueza del subsuelo mexicano.
Y es que el petróleo implica la única batalla que, sin armas, México le ha ganado a Estados Unidos. Desde finales del siglo XIX, el gobierno mexicano entregó concesiones de explotación de hidrocarburos a empresas norteamericanas e inglesas. Éstas obtuvieron ganancias multimillonarias en nuestro país, y a cambio trajeron desarrollo tecnológico que marcaron el Porfiriato, en temas como el establecimiento de las comunicaciones ferroviarias, o el desarrollo a gran escala del telégrafo y otros medios de comunicación. Es cierto que hubo desarrollo y derrama económica. Pero también lo es, que lo que dejó en nuestro país esa industria en manos extranjeras, era nada respecto a lo que ellos habían ganado gracias a la explotación de los hidrocarburos.
Desde que se promulgó la Constitución de 1917, se estableció en el artículo 27, que los productos del subsuelo eran de propiedad nacional, y que ésta tenía el dominio exclusivo para su extracción, explotación, transformación y aprovechamiento.
Sólo que ningún gobierno, hasta el del presidente Lázaro Cárdenas, se atrevió a cuestionar o revocar las concesiones que tenían empresas estadounidenses para la extracción de los hidrocarburos contenidos en el subsuelo, debido fundamentalmente a que todos sabían que los industriales norteamericanos que verían afectados sus intereses, eran los mismos que –se rumoraba, con muchas bases- que contribuyeron al fin del gobierno del presidente Díaz, cuando éste comenzó a permitir las inversiones inglesas en las riquezas y territorios mexicanos que los estadounidenses ya consideraban como suyos.
En ese sentido, si históricamente los norteamericanos habían despojado a México de sus territorios y riquezas desde la guerra de 1847 en la que se perdieron los territorios de Texas, Alta California y Nuevo México, luego vino otra ocupación y despojo que, entre muchos otros actos de intervencionismo (incluida la conspiración promovida desde la embajada norteamericana en febrero de 1913, que desembocó en la Decena Trágica, la muerte del presidente Francisco Madero y la instauración del huertismo) tuvo como tema central el petróleo.
Por eso, cuando el presidente Cárdenas nacionalizó la industria petrolera y recuperó la hegemonía nacional en el aprovechamiento petrolero, para los mexicanos ese fue también un acto de reivindicación de la dignidad nacional. Desde entonces, el petróleo es un tema no sólo de economía, sino fundamentalmente de nacionalismo, en el que muchos prefieren que éste se pudra en el subsuelo, antes que entregarlo de nuevo a manos extranjeras.

DEBATE COMPLEJO
Ese nacionalismo es el que distorsiona de fondo el debate. Pues quizá la propuesta presidencial en sí misma no sea privatizadora, y posiblemente ni siquiera tendría por qué serlo. El problema es que hay quienes –no sabemos si por convicción, o no- se autonombran como defensores del nacionalismo mexicano y a partir de eso se lanzan con consignas que fácilmente pueden ser compradas por otros fervientes nacionalistas, que en realidad no saben si la reforma energética será o no privatizadora, como tanto les dicen sus dirigentes.
En ese sentido, será imposible llegar a un acuerdo nacional respecto al futuro del petróleo si la discusión relacionada con la industria energética siempre está condicionada por eso, que bien podría ser una idea preconcebida, o un atavismo. Si no se tiene la claridad suficiente para saber qué es lo que verdaderamente necesita y conviene a nuestro país, entonces siempre estaremos dando vueltas en temas del pasado y en cuestiones que no deberían ser preponderantes para un tema estratégico como lo es el petrolero para nuestro país.

ERRADICAR LOS MITOS
Este debate debe ir de las ideas tirantes y extremosas, a las que puedan verdaderamente clarificar las implicaciones de una posible reforma, así como las necesidades de la industria y del Estado en relación al petróleo. No parece sana la posibilidad de tomar las calles en tono agresivo, si aún ni siquiera se conocen los detalles de lo que se pretende hacer con Petróleos Mexicanos. Dos cosas sí nos deben quedar claras: que para algún lado, y mejor si es para adelante, debe moverse Pemex. Y que la reforma debe privilegiar la industria y la generación de riquezas, antes que la sola conveniencia del gobierno por captar más recursos. El tema se intensificará aceleradamente. Ya lo veremos.