Con la Reforma Energética, liquidemos la Federación

+ Las entidades federativas, como apéndices de EPN

Casi al finalizar la semana pasada la Cámara de Diputados aprobó, vía fast track, el proyecto de reformas a la Constitución en materia de energéticos. Y en menos de cuatro días, esa iniciativa está a punto de convertirse en Norma Constitucional al haber sido aprobada, hasta la tarde de ayer domingo, por 15 de las 17 Legislaturas estatales que son necesarias, para que una reforma o adición pueda incorporarse, según el artículo 135, a la Constitución de la República. Al margen del contenido de la reforma energética, deberíamos comenzar a considerar la posibilidad de liquidar también nuestro sistema federal que, según vemos, no sirve para nada.
En efecto, la tarde de ayer el servicio de noticias del periódico El Universal, daba cuenta de al filo de las 15 horas de este domingo, el Congreso de Tamaulipas había aprobado por mayoría la reforma energética, con lo que se convertía en la entidad 15 en avalarla. “La sesión estaba programada a las 17:00 horas —reportaba El Universal—, pero de manera sorpresiva los diputados adelantaron la votación. Incluso, algunos legisladores príistas llegaron vestidos con ropa informal, pues fueron citados cuando se encontraban en una reunión estatal en el Polyfurum Victoria, a una calle de la sede del Congreso. Afuera del congreso estaban simpatizantes del PRD y Morena, quienes gritaban consignas en contra de la reforma.” Presenciamos hoy el peor de los escenarios para la discusión de una reforma de gran calado, del que hablábamos hace apenas una semana en este espacio.
El 10 de diciembre pasado, apuntábamos en este espacio lo siguiente: “La verdadera oposición a la reforma energética no se encuentra en las calles o en la toma de la tribuna legislativa, como intentan hacer algunos grupos de izquierda en el país: la respuesta de fondo, y la verdadera oposición a un intento como éste se encuentra en la propia Constitución de la República. ¿Por qué nadie la ve? Porque en realidad es tanto el desprecio que el centro del país le tiene a las entidades federativas —y éstas se encuentran tan desvalorizadas— que todos intentan consumar, o frenar, la reforma energética desde el centro de la República.” Hoy vemos que no sólo se intentó consumar desde el centro, sino que las entidades asumieron plenamente el desprecio a ellas mismas y decidieron aprobar, sin leer y sin discutir, la reforma energética.
Eso es abominable. Y lo es no porque necesariamente la reforma energética sea dañina para el país —pues para afirmar eso es necesario analizar el texto aprobado y, a partir de eso, construir un criterio propio e informado— sino porque lo que estamos presenciando es la consumación del regreso del centralismo pleno. Es decir, esa forma de gobierno en la que todo se decide desde un solo espacio, y en el que lejos de haber resistencias, todos colaboran para que eso ocurra sin contratiempos. Veamos si no.
La reforma energética comenzó a ser discutida la semana pasada en el Senado. Ahí, una reforma de gran calado fue aprobada en una “sesión histórica” de apenas 20 horas de duración. ¿20 horas son suficientes, o muchas, para de verdad discutir y analizar a fondo un tema que ha preocupado a nuestra nación durante décadas?
Nosotros creemos que ello ameritaba más que posiciones políticas y que una reforma de tal magnitud debió pasar por la construcción de un criterio propio en cada legislador, y no sólo por la necesidad de quedar bien con el Presidente, o de la disciplina a los intereses de su partido. Incluso, creemos que quienes estaban en contra debieron hacerlo valer a través de formas y argumentos más inteligentes, y no a partir de falsas posiciones ideológicas, y demagógicas, que al final no hicieron sino ayudar a quienes querían derrotarlos en las discusiones y votaciones legislativas.

LIQUIDEMOS EL FEDERALISMO
Nuestro gobierno está construido a partir de un modelo federal, en el que entidades soberanas se unieron para formar un ente gobernante superior, que pudiera proveerlos a todos de seguridades y bienestar, pero sin que esos estados forjadores de la Federación perdieran su independencia o quedaran subordinadas al poder federal. Eso es lo que se supone, aunque lo cierto es que el poder presidencial siempre ha tenido como tarea implícita la concentración del poder a partir de restarle importancia real a las entidades formadoras de la Federación.
Hoy debiéramos comenzar a pensar en liquidar nuestra Federación. A la vista de todos, el gobierno nacional recentralizó en pocos meses un conjunto enorme de facultades que antes estaban en manos de las entidades federativas (incluso, ahora mismo está recentralizando la organización electoral, que en los últimos años se había constituido como una de las principales banderas del federalismo mexicano); y hoy, también a la vista de todos, las entidades federativas no sólo no han reaccionado frente a ese renovado proceso de centralización por parte del gobierno nacional, sino que están abiertamente colaborando a que eso ocurra.
Sólo así puede explicarse que entre los días viernes, sábado y domingo, los estados de Chiapas, Querétaro, Veracruz, Estado de México, Hidalgo, Durango, Baja California Sur, Campeche, Sonora, Coahuila, Jalisco, Nayarit, Quintana Roo, Yucatán y Tamaulipas hayan aprobado la reforma energética sin analizarla, sin leerla, sin discutirla y sin asumir una postura propia y consciente de lo que estaban haciendo. Todos lo hicieron para apoyar una política presidencial; lo hicieron para quedar bien con el Presidente; y para evitarle al PRI seguir pagando costos políticos por esa reforma polémica, y para vencer de una vez por todas a la izquierda que intentó oponerse de la peor forma posible, desdeñando la discusión seria, y dedicándose a cerrar calles, como si con eso pudiera evitar las votaciones.
Es desgarrador aceptarlo. Pero hoy queda menos de nuestro Federalismo que hace un año. Quizá hoy lunes quede consolidada la reforma constitucional en materia de energéticos, cuando se junten las 17 Legislaturas estatales a favor, que son necesarias para la declaratoria de reforma constitucional.

ADIÓS FEDERALISMO
Lo sentenciaba ayer Arnaldo Córdova, en la última parte de un lúcido texto publicado en La Jornada: “Enrique Peña Nieto es el sepulturero de la Constitución de 1917”, afirmaba. Quién sabe si de toda. Pero de lo que sí estamos seguros es que con esto, el Presidente y las “entidades federativas” —¿o provincias?— sepultaron al federalismo. Y sólo falta que regrese Santa Anna.