Crisis legislativas en Oaxaca: ¿por democracia o por anarquía?

Falta de orden y proyecto, razón real de la crisis

En una democracia consolidada, no debería sorprender la existencia de disensos e incluso de rupturas entre las fuerzas políticas, o incluso al interior de éstas en una institución colegiada, como un Poder Legislativo. Eso sería normal porque los consensos y las rupturas tendrían que darse a partir de la defensa de razones políticas o posiciones ideológicas, o por la defensa de programas específicos cuando se rompieran los equilibrios que son parte de los compromisos pactados. En Oaxaca las rupturas son recurrentes en el Congreso, pero a diferencia de las democracias consolidadas aquí ocurren por la inmadurez política de las fuerzas partidistas, por la avidez de algunos personajes y por la ausencia total de proyecto, compromisos o programas políticos.
En efecto, en los primeros seis meses de trabajo de la LXII Legislatura hemos visto diversas rupturas tanto al interior de las fuerzas políticas, como entre ellas. Las fracciones parlamentarias han llegado varias veces al punto de la ruptura y la parálisis por temas que van desde las reformas relacionadas con los administradores municipales y el reparto de estas posiciones, hasta la desaparición de Ayuntamientos y los manejos presupuestales. A todos ha quedado claro que ninguna de las fracciones es homogénea a su interior, y que a pesar de que tienen mucho poder discrecional, los coordinadores parlamentarios no pueden controlar ni consensar con todas sus bancadas.
Todo esto tiene una ruta específica, y es la del dinero. En diciembre del año pasado, cuando se presentó el proyecto de Presupuesto de Egresos del Estado para 2014, en donde se contenía una reducción presupuestal al Congreso, todos los partidos representados lograron la milagrosa unanimidad en el impulso a una iniciativa de reforma constitucional, que establecía la irreductibilidad del presupuesto legislativo.
¿Por qué estuvieron todos de acuerdo? Porque la unanimidad, en el fondo, se centraba en el hecho de no perder las parcelas ni el presupuesto, pero no en que eso pudiera hacer más productivo al Congreso. Y menos de un mes después hubo otra reforma que logró otra prodigiosa unanimidad: la reforma constitucional que regresaba al Congreso la facultad de nombrar a los administradores municipales, sin intervención del Poder Ejecutivo. De nuevo, la preocupación de los diputados no se centraba en la estabilidad de los municipios en conflicto ni en la posibilidad de resolver sus conflictos internos por la vía de la imposición de administradores municipales –que, valga decirlo, ejercen atribuciones sin contar con un marco jurídico que los regule y frene en sus excesos.
De nuevo la pregunta: ¿qué los movió entonces a impulsar esa reforma? Lo que los movió fue su desmedida codicia de los presupuestos municipales. Pues resulta que desde hace mucho tiempo, era una tradición que los administradores municipales fueran nombrados según los intereses del Gobernador en turno, como un mecanismo más de premio para sus leales “poniéndolos donde hay”. Empero, esta práctica se modificó en los tiempos de la pluralidad, para dar paso a los administradores puestos –y con débitos concretos- por un diputado en específico. ¿Cuál era el débito? Compartir el presupuesto del municipio administrado, facilitarle prebendas y espacios, y otorgarle al diputado impulsor una serie de prestaciones libres de toda comprobación a costa del erario y los bienes municipales.
Por todo eso, los diputados oaxaqueños tenían mucho interés en que la facultad de nombrar a los administradores municipales regresara a ellos. Así lo hicieron. Pero la realidad es que todas las posiciones que hasta ahora han sido dispuestas por el Congreso del Estado, han sido producto de la decisión discrecional de los integrantes de la Junta de Coordinación Política. Cada uno de los coordinadores ha nombrado a sus administradores, ha premiado a sus diputados afines, y ha relegado a los que no lo son.
Sin embargo en esas decisiones no ha habido una pizca de preocupación por el entorno social, por los conflictos municipales o por la resolución de los mismos. ¿Qué les ha preocupado? El dinero. Y esto ha sido así porque como en el Congreso no hay compromisos ni programas específicos, entonces las únicas reformas importantes que generan los consensos son aquellas en las que se encuentran involucrados intereses concretos, económicos, de los diputados. La democracia o la madurez política, pues, no tienen nada que ver en estos temas.

INESTABILIDAD
Hasta hoy el Poder Legislativo no ha tenido una actividad consistente, ni tiene una agenda legislativa que decorosamente pueda ser presentada como tal, ni cuenta con un solo logro que no sea la disputa y la salvaguarda de los intereses de los legisladores. Por eso la inestabilidad al interior de las bancadas –que se difumina todo el tiempo a la totalidad del Congreso– tiene también su origen en esas disputas que aunque son democráticamente intrascendentes, sí son determinantes para el funcionamiento de la Cámara de Diputados.
Si revisamos los casos, corroboraremos que la falta de acuerdos al interior de la bancada perredista, y la caída del diputado Anselmo Ortiz como coordinador en realidad fue producto de que los diputados de su fracción se sintieron agraviados pero no en lo ideológico, sino en lo económico, y decidieron remover no a quien administraba bien, sino a quien se quedaba con todo, y cambiarlo por alguien que sí “comparta”. ¿Compartir el presupuesto es algo moral y políticamente aceptable? A todas luces la respuesta es “no”. Sin embargo los diputados están tan extraviados que por eso públicamente ventilan sus diferencias y razones por las que quitaron a Anselmo Ortiz y pusieron en su lugar a Félix Serrano Toledo, sin que esa rotación pase por una promesa consistente de honestidad, congruencia o transparencia. Buscan con quién sí se pueden poner de acuerdo. Y ya. La democracia, el programa político a favor de Oaxaca, o la responsabilidad de los diputados, no existe.

CASOS SIMILARES
En una situación parecida se encuentran Natividad Díaz del PAN, y Alejandro Avilés del PRI. Es mucho más posible que pronto releven a la coordinadora parlamentaria panista; pero Avilés, en realidad, lo que está haciendo es contener una situación de tensión creciente al interior de su bancada, y apoyarse en los acuerdos cupulares que lo sostienen. Es claro, pues, que la crisis tiene su base en la avidez, no en los disensos ideológicos democráticos que, en Oaxaca, ocupan un lugar intrascendente en la agenda legislativa.