Lucha organizada: gana minoría, aún sin causa

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Magisterio vs ciudadanos: la volatilidad, clave

Nos hemos acostumbrado a que el gobierno asuma a grupos organizados como la mayoría, y que a la ciudadanía la obligue –nos obligue– a padecer los efectos de esa lucha que, aunque organizada, es en realidad minoritaria. En Oaxaca tenemos una larga y funesta tradición en ese sentido, a partir de grupos como la Sección 22 del SNTE que por su capacidad de organización y disciplina puede poner en jaque al gobierno, a pesar de tener una representación que apenas rebasa al dos por ciento de la población.
En efecto, vale la pena reflexionar sobre eso. Pues durante gran parte de los años de lucha que lleva la Sección 22 del SNTE en Oaxaca, el gobierno ha asumido como una determinación velar por la atención a las demandas e intereses del magisterio, por ser un grupo numeroso y organizado. La contracara de esa determinación está en los ciudadanos, que aún siendo mayoría y teniendo una mayor capacidad de determinación, se encuentra siempre dispersa y se decanta en la sola indignación sin poder dar paso a las siguientes etapas de la reprobación a una autoridad que privilegia las minorías, por encima de la mayoría.
Esto lo vemos casi a diario en nuestra entidad. Aquí, inicialmente fueron las grandes masas de trabajadores inconformes las que fueron demostrando que con capacidad de organización y con disciplina era posible oponerse al Estado y conseguir la satisfacción de sus demandas. Eso fue lo que desde hace varios lustros demostró la Sección 22, cuando irrumpió en el escenario estatal y nos hizo ver a todos que ellos sí tenían capacidad de cerrar una arteria vial fundamental de la capital, que podían también cerrar una carretera federal; que podían tomar oficinas públicas o espacios comerciales, sin que la autoridad pudiera reaccionar ante ello.
Primero, hace años, lo hacían como una forma contundente de lucha. Si lo recordamos, hace quince o veinte años tomar cruces viales como el llamado crucero de la Volkswagen, en la capital oaxaqueña, era sinónimo de un verdadero atrevimiento y de una afrenta a la autoridad. Era así porque pocos lo habían hecho antes, y porque también la autoridad se aprestaba a atender de inmediato, bajo la amenaza de acciones recíprocas por parte de la fuerza pública, las demandas de los inconformes.
Sin embargo, con la reiteración de esas formas de lucha se fueron relajando los efectos. Por un lado, los grupos se dieron cuenta que tomar una acción tan “contundente” como esa era cada vez menos efectiva; y por otro lado, la autoridad comenzó a dejar de tener miedo a la reacción de la ciudadanía –que vio que a pesar de los abusos no tomaba partido o represalia política o electoral de la situación– y entonces comenzó a dejar pasar ese tipo de protestas sin dar mayor respuesta. Los primeros, pues, asumieron que su deber era accionar de forma contundente, siempre; y los segundos se dieron cuenta que a pesar de la reprobación ciudadana esto no podría quitarlos de sus cargos. Y entonces comenzaron a dejar todos pasar todas las acciones adversas.
¿Quién perdió? Perdió, obviamente, la ciudadanía que comenzó a ampliar su margen de tolerancia frente a las acciones. Los grupos de presión asumieron que debían ir incrementando la intensidad de sus formas de lucha para lograr la atención del gobierno; y éste asumió que sólo respondería en función de sus intereses y sus conveniencias políticas, pero no a partir de lo que la ciudadanía pensara o quisiera.
Así, los ciudadanos quedamos en segundo plano. Pero en buena medida fue por nuestra propia responsabilidad.

LA ORGANIZACIÓN, CLAVE 
El conflicto magisterial dejó muchas lecciones amargas, pero una de ellas es determinante hasta el día de hoy: propios, extraños, y el mismo gobierno, asume que el único grupo capaz de derrocar a un gobierno y generar inestabilidad política e ingobernabilidad en el estado, es la Sección 22. Por eso, a ese grupo de presión se le prohíja en todas sus demandas y se le procura hasta la ignominia a pesar de que muchas veces sus demandas sean contrarias al interés y deseo de la ciudadanía.
Y es que, es cierto, en 2006 el magisterio democrático oaxaqueño demostró una capacidad infinitamente superior de disciplina y organización, de la que cualquier otro grupo pudiera suponer. Los maestros, organizados, fueron a organizar un plantón; luego, juntos pero de forma selectiva, resistieron el embate de las fuerzas del orden cuando intentaron ser desalojados de su protesta; mantuvieron un paro de labores de casi siete meses en la entidad; soportaron la suspensión de pagos de sus salarios de agosto a noviembre de ese año; y sólo regresaron a clases y dieron por concluida la fase violenta del conflicto magisterial cuando les fueron satisfechas sus principales demandas.
¿Qué idea dejó todo esto? Que el único capaz de poner de cabeza al estado, y en jaque al gobierno, era el magisterio democrático, y que por eso la alianza con ellos debía prevalecer casi por encima de cualquier otro interés que pudiera existir en la entidad. Asumieron, pues, que esa era la alianza que permitía la gobernabilidad.
Y, silenciosamente, dieron también por hecho que esa unión podía sostenerse a pesar de los daños que pudiera generarle a la ciudadanía y al interés público, porque en este caso era predominante la capacidad de organización de los profesores sobre la volatilidad que tiene la ciudadanía, quien únicamente demuestra inconformidad por destellos, para luego olvidarlos y dar paso a un nuevo margen de tolerancia que soporte nuevos y más contundentes actos de presión.
Si asumimos la realidad con objetividad podremos ver que eso es exactamente lo que ha pasado. Por eso el gobierno mantiene una alianza irrompible con los grupos de presión que considera fundamentales para el mantenimiento de su gobernabilidad. Y por eso deja a la ciudadanía al garete, dando por hecho que a pesar de su inconformidad ni podrá tomar represalias en su contra (en las urnas, por ejemplo) y que tampoco esa inconformidad podrá destituirlos de su cargo. Algo ciertamente terrible, pero parte de la cruda realidad que vivimos los oaxaqueños todos los días.

GUELAGUETZA ¿TAPATÍA?
Fueron presentados los anuncios comerciales que se transmitirán por radio y televisión nacional sobre la fiesta de los Lunes del Cerro. Llama la atención que la música que ambienta los comerciales no es oaxaqueña, sino que más bien suena como a música del estado de Jalisco. ¿Habrán cometido tal barbaridad los lúcidos funcionarios de la Secretaría de Turismo y Desarrollo Económico? Es pregunta.

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