Alberto Esteva no se fue, pero tiene un pie afuera

AES no distinguió entre el problema y su soberbia

Alberto Esteva Salinas podrá decir misa, pero el paro policial y el pésimo manejo político que él le dio a la crisis de la institución que se supone que encabeza, revela dos cuestiones: primera, que tan no tiene —ni ha tenido nunca— el control de la Secretaría de Seguridad Pública, que por eso a la primera de cambio le explotó un conflicto que no pudo evitar ni controlar; y segunda, que una vez estallado el problema, su soberbia e torpeza le jugaron tal trastada que aún cuando su renuncia no es oficial, ya fue relevado política y administrativamente de sus responsabilidades.
En efecto, la mañana de ayer domingo se hizo oficial el fin del paro de labores de elementos de la Policía Estatal, que duró 15 días. Ante el secretario General de Gobierno, Alfonso Gómez Sandoval Hernández, la comisión negociadora de elementos policiacos estableció un conjunto de acuerdos que no sólo pasan por la mejora en sus salarios y prestaciones, y condiciones de equipamiento y trabajo, sino también por el relevo de fáctico de sus mandos operativos y administrativos.
Tan fue así, y tan fustigados quedaron Esteva Salinas y el comisionado de la Policía Estatal, Cuauhtémoc Zúñiga Bonilla, que los equipos e instalaciones retenidas por los elementos inconformes le fueron entregadas al subsecretario de Operación Regional de la Segego, Jorge Alberto Ruiz Martínez, y el mando operativo de las corporaciones estatales quedó depositado temporalmente en la persona de Cornelio Figueroa Altamirano. Esta es, pues, la culminación de una historia que no se selló el día que los elementos estallaron el paro de labores, sino cuando Esteva y Zúñiga demostraron no tener capacidad para resolver los problemas que ellos mismos crearon. ¿De qué hablamos?
De que el paro no duró un día, sino 15, y que durante ese tiempo Esteva y sus mandos pasaron de las justificaciones y la búsqueda de culpables, a la demostración de sus propias torpezas. Al inicio, cuando hace tres domingos los elementos se insubordinaron, Esteva dijo que este era un lío prefabricado por los anteriores mandos policiales; luego señaló a un ex gobernador, y finalmente dijo que esta era una treta orquestada por varios diputados.
Lo grave es que aún con todos sus señalamientos, el problema seguía ahí, y no había capacidad operativa para desactivarlo, o cuando menos para entablar un diálogo productivo con los elementos inconformes. No había esa posibilidad por dos razones: primera, porque desde antes de estallar el paro, los elementos habían manifestado reiteradamente sus inconformidades a Esteva y sus mandos sin que éstos consideraran los planteamientos, y por eso una vez que estalló la crisis los elementos no quisieron negociar con ellos; y segunda, porque lejos de buscar una actitud conciliadora —que es lo primero que se debe hacer para solucionar un conflicto—, Esteva Salinas decidió alimentar la confrontación con los inconformes, y abrió una brecha entre los “policías buenos” (los “leales” a él) y a quienes él tachó de “malos” por estar manifestándose en contra de las condiciones en que realizaban su trabajo.
Eso no resolvió nada, y sí contribuyó a profundizar la crisis. Esteva señaló a muchos presuntos responsables de la inconformidad policial, pero nunca pudo demostrar nada, y menos hacer creíble su versión de que como sólo era el 10 por ciento de los elementos quienes estaban inconformes, no había que considerar negociar con ellos. Por si fuera poco, tampoco logró “aislar” a los elementos que supuestamente habían generado esta crisis por órdenes de Marco Tulio López Escamilla, o los diputados a quienes acusó, o al ex gobernador a quien también responsabilizó.
Y con las confrontaciones que todos los días generaba con todos aquellos que lo cuestionaban, sólo demostró el tamaño de su intolerancia e incapacidad para asumir inteligentemente la realidad, y enfrentar un problema que no sólo lo afectaba, sino que fue creado y alimentado por su soberbia y e inmensa capacidad para cometer errores en momentos estratégicos.

SU RELEVO
No debiera sorprender que Jorge Ruiz Martínez fuera designado como relevo provisional —y es muy probable que después se formalice— de Alberto Esteva Salinas al frente de la SSP. Pues aún cuando este servidor público desempeña actualmente funciones en la Secretaría General de Gobierno, cuenta con importante experiencia en el ramo policial al que por años estuvo ligado tanto en la capital del país como en el ámbito federal. Al contrario de Esteva —que no tenía experiencia en seguridad pública y ahora demostró ser un pésimo político—, Ruiz ha tenido un desempeño discreto y constante que de entrada generó aceptación y buen entendimiento con los elementos inconformes.
Y lo que sigue, y que es asimismo esencial, es que a nivel institucional el gobierno de Oaxaca busque los caminos para mejorar las condiciones salariales y de trabajo de las corporaciones policiacas, que históricamente han sido de las peor proveídas del país. No se puede comparar, por ejemplo, el nivel salarial y de prestaciones de un policía raso oaxaqueño (que en promedio tiene un salario que con todo y prestaciones no llega a los siete mil pesos mensuales), con uno de cualquier entidad del centro o norte de la república que tiene salarios por encima de los 15 mil pesos, más prestaciones y demás suministros.
Al final, el gobierno no debe seguir viviendo en el autoengaño de que se tiene la mejor policía del país. No puede ser así, cuando los elementos no cuentan con las condiciones adecuadas para evitar la corrupción, o para trabajar en una situación de dignidad, e incluso para desempeñar sus funciones de la manera adecuada. No es un problema de falta de voluntad, sino de reconocimiento de las insuficiencias y de búsqueda de mejores condiciones.

EL CHOQUE CON LA REALIDAD
Esteva Salinas falló gravemente al querer aparentar una policía suficiente y capaz, exponiendo a los elementos y queriéndolos obligar a secundar sus apariencias. No es indigno reconocer lo que falta y enfrentar la realidad. Pero esa insistencia machacona en atender las frivolidades (como los cascos naranjas, las falsas acciones de “proximidad social” (meras ocurrencias) que implementó, o poner el águila convergente en las patrullas) y cerrar los ojos a los problemas reales de los integrantes de las corporaciones, además de su soberbia y torpeza como político, es lo que en buena medida generó esta crisis, que ante su ineptitud, otros tuvieron que venir a resolver.