¿De verdad Oaxaca es tan mala ciudad para vivir?

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+ Encuesta de Calidad de Vida debe leerse en contexto


Acostumbrados a regodearnos de nuestra maldición particular, los oaxaqueños aceptamos y hasta hacemos brillar aquella encuesta que indica que la nuestra, es la sexta peor ciudad del país para vivir. Además del amarillismo, sesgo y oportunismo de la nota, los oaxaqueños no alcanzamos a distinguir, por un lado, lo que verdaderamente significaría vivir en una ciudad de condiciones adversas; y, por el otro, tampoco hemos visto qué deficiencias, y qué ventajas presenta nuestra ciudad, a pesar de sus problemas y de sus gobiernos. Hacer ese análisis simple es indispensable para evitar sumarnos a los promotores oficiosos de esa estratagema.

En efecto, desde hace varios días varios medios locales y de la capital del país han dado cuenta de una encuesta realizada por el Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE), en la que se revela que Oaxaca es una de las seis peores ciudades para vivir. En dicho estudio, la empresa considera una serie de variables que son puestas a consideración de habitantes de cada una de las ciudades encuestadas para que éstos las califiquen según su propia percepción. En dicha escala, en la que 1 es la peor calificación, y 4 la mejor, Oaxaca apenas si escapó del último grupo, el de las peores ciudades, conformadas por Chimalhuacán, Villahermosa, Naucalpan de Juárez, Chilpancingo y Ecatepec, en el Estado de México.

Según GCE, las variables que se utilizaron para la encuesta, fueron: el nivel de satisfacción con la seguridad percibida por los respondientes al transitar ellos o sus familias por las calles de la ciudad donde residen; la otra variable fue la correspondiente al nivel de satisfacción que sienten los entrevistados según la percepción que tienen acerca de la cantidad de oferta de empleo existente en su ciudad; buen ambiente de convivencia ciudadana y de recepción a recién llegados a la ciudad; suficiencia de lugares de cultura tales como museos, sitios históricos y otros lugares que sean parte de la cultura local; bellezas naturales dentro y alrededor de las ciudades tales como ríos, lagos, playas, montañas, etcétera. (El estudio completo puede consultarse en http://bit.ly/2dH6jX6).

Las respuestas, vale reiterar, fueron a criterio de la ciudadanía y no a partir de cifras objetivas o análisis comparativos de cada una de esas variables, e incluso tampoco fueron a partir del contraste entre las formas y condiciones de un lugar de vida, respecto a otros en los que la movilidad, el tamaño de la ciudad, los servicios o su precio, son distintos entre sí. Es, pues, una encuesta mucho más basada en las sensaciones, que en los datos objetivos, cosa que en ningún sentido la nulifica pero sí debe llevar a considerar cuidadosamente sus resultados.

¿CÓMO NOS VEN?

Los oaxaqueños deberíamos considerar cómo nos vemos nosotros mismos en nuestra calidad de vida, y cómo nos ven quienes aspirarían a vivir en nuestra ciudad.

En el primero de los casos, nosotros nos vemos ahogados por nuestras propias condiciones cotidianas. Pues salvo aquellos que viven en espacios —municipios, colonias, comunidades— de cierto nivel social o económico, la mayoría padecemos de las calamidades cotidianas como el tráfico, la deficiencia de las vías terrestres, el pésimo servicio público, problemas de inseguridad, y algunos relacionados con servicios públicos como el agua potable, el manejo de los deseos sólidos o la poca cultura ecológica. Quizá lo que nosotros mismos no consideramos es que la mayoría de esos problemas, son comunes a casi cualquier ciudad mexicana a partir de la constante de la desigualdad que es también común a nuestra sociedad nacional.

¿Qué nos diferencia? Según quienes nos ven más allá de nuestra abrumadora cotidianidad, una ciudad cultural, atiborrada de espacios culturales, con poca contaminación, de un tamaño aún manejable e incluso con —relativamente— pocos problemas de movilidad, respecto a ciudades como la capital del país. Un habitante de la Ciudad de México no se abrumaría por los problemas de nuestra ciudad, ya que ellos cotidianamente enfrentan situaciones —tráfico, embotellamientos, vialidades colapsadas, obras interminables, inseguridad— mucho más complejas que las nuestras.

Ello, bajo ninguna circunstancia, disculpa las omisiones del gobierno. El municipal de Oaxaca, por ejemplo, fue incapaz en estos tres años de resolver cuando menos algunos de los problemas más apremiantes de la ciudadanía. Nada trascendente se hizo en materia de vialidades, de ambulantaje, de aseo público o de conservación de las áreas catalogadas como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Finalmente, para muchas personas, la ciudad ha seguido siendo la misma —sin mejoras trascendentes— salvo por los arbolitos y plantas que sembraron en algunos camellones de dos o tres vialidades, o por la iluminación que colocaron en otros —que a estas alturas ya es una inversión muerta, porque ya nada de eso funciona—; pero sin haber tenido capacidad de trascender de lo cosmético a lo relevante para la capital.

¿CÓMO NOS VEMOS?

En esto, los mismos oaxaqueños tenemos que repensar cómo nos vemos, y qué tanto conocemos nuestra propia ciudad. En el estudio aludido, Oaxaca sale mal evaluado, por ejemplo, en el rubro de “museos y espacios históricos”, cuando es claro que la nuestra es de las pocas ciudades que compite palmo a palmo con la Ciudad de México en cantidad y calidad de museos, con el añadido de la multimillonaria inversión cultural que en los últimos años han hecho el ex banquero Alfredo Harp y el artista plástico, Francisco Toledo. Ello refleja no la mala calidad de los espacios culturales, sino que en general muchos no los conocemos, igual que como replicamos —y nos regodeamos— de esta encuesta sin entender realmente su contenido.