Fracaso de las manifestaciones antiTrump; signo de la división mexicana

 

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+ En EU, divididos por valores y anhelos; aquí lo estamos por mezquindades


El sonoro fracaso de las manifestaciones convocadas este fin de semana en nuestro país, para protestar en contra de las políticas del presidente de los Estados Unidos Donald Trump, son un reflejo de la división mexicana: esa que no se enfrenta por valores o por el contraste en las visiones del modelo de futuro, sino por simples pero profundas mezquindades. A pesar del apoyo retórico que se le dio al Presidente de México a partir del 20 de enero, queda claro que en realidad los mexicanos seguimos igual de divididos que siempre, y que en esas condiciones no sería raro que Trump terminara cumpliendo íntegramente su plan antimexicano dentro de los próximos cuatro años. Nuestras propias acciones —y silencios— le terminan dando la razón.

En efecto, luego de la toma de posesión de Trump, y el inicio de las hostilidades retóricas contra nuestro país, amplios sectores de la sociedad mexicana se dijeron a favor de respaldar al Presidente en el establecimiento de una posición de dignidad, aún frente a la desigualdad, ante el nuevo gobierno norteamericano. Políticos, empresarios, intelectuales y sociedad civil, se dijeron convencidos de otorgar un voto de confianza al presidente Enrique Peña Nieto, en la necesidad de hacer planteamientos consistentes a Trump, que dejaran en claro que la dignidad y la soberanía nacional de México no era un asunto sujeto a negociación.

Paradójicamente, esos mismos sectores de la sociedad mexicana se dijeron defraudados cuando vieron que el Presidente respondía con tibieza y tientos frente a las bravuconadas del gobierno norteamericano. Quizá tenían el deseo de ver a un Presidente mexicano contestatario y rudo —como lo estaba siendo Donald Trump—, sin considerar que México ha sido un país promovente de la pulcritud diplomática.

Pareció entonces que el grueso de la población no entendió que la prudencia no era sinónimo de debilidad de carácter sino posiblemente de serenidad, frente a los desplantes convulsivos del Mandatario norteamericano; y que esa, la de Peña Nieto, con todo y su tibieza, era una actitud más digna que la que estaba asumiendo Trump, que llegó asumiendo que insultaba a sus empleados y no que estaba hablando con Jefes de Estado de naciones que en el plano internacional se encuentran en un plano de igualdad política frente a los Estados Unidos.

Acaso eso explica por qué, después de los primeros desencuentros entre el Presidente de México y Donald Trump, fueron tan contrastantes las opiniones que se vertieron tanto en México como en Estados Unidos, sobre el encuentro. Mientras aquí propios y extraños no dudaron en calificar a Peña Nieto de timorato, de tibio y de pusilánime frente a Trump, en la Unión Americana permeó una opinión muy distinta a partir de que ellos vieron a su propio Presidente, iracundo y perdiendo rápidamente el control, frente a otro Mandatario que aún estando en una posición de desventaja supo mantener la prudencia hasta el último momento, y ha evitado entrar en confrontación directa con el norteamericano.

Incluso pareciera que con ese primer affaire Trump-Peña Nieto, mexicanos y estadounidenses quedamos en evidencia: ellos habrían querido tener a su Presidente con la prudencia del mexicano; y seguramente nosotros hubiéramos querido tener al Mandatario rudo e intolerante, que encara a sus homólogos con groserías y desplantes. No se explica de otra forma, más que de ese modo, que en Estados Unidos hayan aplaudido a Peña Nieto, y que en México hayamos terminado descalificándolo —y con eso dándole silenciosamente la razón a Trump por humillarlo.

LOS PRESIDENTES Y LA GENTE

El sábado 21 de enero, un día después de la toma de posesión de Donald Trump como presidente, en todas las ciudades importantes de los Estados Unidos hubo manifestaciones simultáneas bajo el grito de “nasty woman”.

Esa, que podría traducirse como “mujer desagradable”, fue una frase que Trump lanzó en uno de los debates presidenciales en contra de su adversaria del Partido Demócrata, Hillary Clinton, y que las mujeres de prácticamente todo Estados Unidos tomaron como una humillación y una ofensa extensiva hacia ellas. Y por eso, al día siguiente de su unción, por miles salieron a marchar ya no sólo en protesta por la personalidad y las actitudes misóginas del Presidente, sino también para establecer frente a él un punto de referencia de la resistencia que habrán de ofrecer para que no replique conductas como la del debate presidencial mientras sea Presidente.

Esa, en ningún sentido puede considerarse como una actitud espontánea o pasajera: queda claro que en Estados Unidos hay un convencimiento profundo tanto de los asuntos que deben involucrar a la sociedad civil organizada, como de los valores que están en juego, y las amenazas que representa, que un hombre como Donald Trump haya llegado a la Presidencia.

Por esa razón, un día sí y otro también ha habido protestas en los Estados Unidos; y las perspectivas apuntan a que ésta será una dinámica inversamente proporcional a la pérdida de popularidad y desgaste político que vaya teniendo en el desarrollo de su gobierno. Es decir, que mientras más caiga su popularidad, más presión ejercerá la ciudadanía sobre él a través del rechazo y quizá de las manifestaciones en las calles, quizá hasta poder quitarlo de la Presidencia, aunque ese no parece un camino fácil ni una tarea sencilla.

Esto es muy contrastante con lo que ocurre en México. Hoy queda claro que el rechazo hacia Trump en nuestro país ha sido de dientes para afuera, y que los mexicanos no hemos perdido esa inicua tendencia a preferir la autodestrucción frente al enemigo exterior, antes que aceptar que podemos ser aliados temporales de nuestros adversarios domésticos cuando hay enfrente una calamidad que nos amenaza de forma común a todos.

Esto se reflejó en un acto tan sencillo pero simbólico como el del domingo. La convocatoria tenía que surgir de la sociedad civil, y pronto se vio que hasta ésta estaba dividida. Las fuerzas de izquierda descalificaron la manifestación argumentando que ésta significaba un apoyo disfrazado al Presidente de la República y, mezquinos como solemos ser los mexicanos, distinguimos más las ambiciones y las mezquindades electorales de cara al 2018, que la posibilidad de demostrarle desde el inicio al Presidente norteamericano que los mexicanos tenemos preocupaciones y convicciones que están por encima de nuestras diferencias, y que por eso nos habríamos manifestado de forma contundente a partir de una convocatoria lanzada desde la sociedad civil.

Lo más triste, en esta realidad desalentadora, es que ahora hay sectores de la sociedad mexicana —los convocantes a la manifestación, y el propio gobierno— que tienen miedo de que cualquier día de estos Donald Trump se refiera al fracaso de la marcha “Vibra México”, se burle de la desunión y mezquindad de los mexicanos, y decida mantener sus planes de odio y segregación, tanto contra nuestros paisanos allá en los Estados Unidos, como con nosotros mismos que habitamos al sur de su frontera, con cuestiones como la renegociación del Tratado de Libre Comercio, el establecimiento de las condiciones de pago del muro fronterizo, u otros planes aviesos que tiene contra nuestro país sólo para demostrarle al mundo la dureza de sus iniciativas.

NUBARRONES

Si todo eso ocurre, no nos sorprendamos: con nuestra apatía, mezquindad y desunión, nosotros mismos le estamos dando la razón para que lo haga.

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