2018: en Oaxaca sólo hay escenarios de crisis en las senadurías

 

+ La elección presidencial será determinante en definiciones locales


Aunque el actual no es año electoral en Oaxaca, éste sí será determinante para las interrogantes que seguramente viven todos los partidos y grupos de poder locales respecto al futuro no sólo de las senadurías, sino de la gubernatura en el mediano plazo. Aunque el régimen actual es todavía joven, en buena medida las definiciones rumbo al 2022 comenzarán a tomarse en los meses siguientes. Lo mismo pasará con las principales fuerzas de oposición, que en general viven un ayuno importante de liderazgos y que sin duda comparten las mismas interrogantes del PRI rumbo al 2018.

En efecto, en el priismo local deben —o deberían— estar haciendo cálculos ya muy conscientes respecto a lo que será 2018 en la entidad. Ese cálculo debe incluir no solamente la forma en la que se defina la fórmula de las senadurías por el estado de Oaxaca, sino también lo que ocurra con las inercias de la elección presidencial.

Hay, en esa lógica, cuando menos dos preguntas iniciales que ya deberían estar buscando cómo responder: primera: ¿qué tanto permitirá el grupo gobernante local, que la influencia nacional priista determine la fórmula hacia las senadurías?; y segunda, ¿con qué tanta precisión podrán calcular el tamaño de la catástrofe electoral (para el PRI) llamada Andrés Manuel López Obrador en la entidad? De ello depende más de lo que hoy parece en Oaxaca.

¿De qué hablamos? De que al menos en el panorama actual, el escenario nacional no le pinta ningún buen augurio al priismo. López Obrador ha crecido sobremanera a la luz de los últimos acontecimientos, y cada vez resulta más difícil pensar que no será un candidato competitivo, e incluso con amplias posibilidades de ganar, la Presidencia en 2018.

En esa lógica, la primera pregunta planteada no busca cuestionar la militancia priista del régimen gobernante en la entidad, sino más bien qué tanto permitirán que las influencias y las inercias nacionales les impida tener una definición propia, autónoma, y de grupo, respecto a las senadurías. Sabemos que éstas han sido tradicionalmente vistas como una puerta de entrada hacia la Gubernatura del Estado. Es decir, qué tanto permitirá el Gobernador que la definición sobre las senadurías se tome en la Ciudad de México con base en definiciones nacionales, y hasta dónde podrá él buscar que la decisión se tome a partir de sus intereses y proyectos como articulador del priismo en la entidad.

La pregunta no es ociosa: si la definición se toma en la Ciudad de México, ésta recaería en alguno de los personajes cercanos al actual régimen federal, aunque sin ninguna certeza de que sean, primero, competitivos en la entidad; y segundo, que garanticen la continuidad del actual régimen gobernante en Oaxaca.

Nos explicamos, a partir de un supuesto que quién sabe si tenga apego con la realidad: si la definición nacional influye de más, el elegido para encabezar la fórmula de senadores por el PRI podría ser Héctor Pablo Ramírez, que no forma parte del grupo gobernante en la entidad y que, más bien, se ha mantenido como funcionario federal a partir de su cercanía con Luis Videgaray, pero que a nivel local es integrante del principal grupo adversario priista del gobernador Alejandro Murat.

En esa lógica, ¿permitiría el régimen la cesión de la principal senaduría bajo esas condiciones? Pues seguramente, de tomar una definición propia tendrían que barajar opciones como la del secretario de Desarrollo Social y Humano del gobierno estatal, Raúl Bolaños Cacho Cué, que sí es un integrante orgánico del actual grupo gobernante y que, por una cuestión de naturaleza de grupos, podría ser el continuador no sólo del PRI en la gubernatura, sino del grupo del gobernador Alejandro Murat después de 2022.

Ahí se inscribe la segunda pregunta: ¿Qué tan conscientes están de la influencia de López Obrador en Oaxaca? Pues si partimos de los antecedentes, es claro que las anteriores dos elecciones presidenciales las ha ganado holgadamente el tabasqueño en la entidad, y que gracias a eso se convirtieron en senadores primero Gabino Cué y Salomón Jara en 2006, y luego Benjamín Robles Montoya y Adolfo Romero, ambas fórmulas por el PRD, en 2012.

Esto abre un escenario por demás complejo para el priismo en la entidad que ahora debe definir qué hace con su futuro en las senadurías, pero también qué tanto tendrá que dejarse influir por un grupo nacional (el del Estado de México) que parece que va de salida en el ejercicio del poder federal porque muy seguramente no pasará el refrendo electoral en los comicios presidenciales de 2018.

OPOSICIÓN, EN LA ORFANDAD

En esa lógica, es también interesante ver qué pasará con las principales fuerzas de oposición, que luego de los comicios estatales de 2016 terminaron pulverizados, confrontados y cuestionados en la misma médula de su identidad. Veamos.

Por un lado, el PRD es hoy un partido que se cae a pedazos. Partiendo de que ni siquiera tienen una dirigencia estatal consensada (tienen dos dirigentes, uno orgánico y representante de la colonización priista en la persona de Raymundo Carmona Laredo; y el otro, representante del gabinismo con José Julio Antonio), el perredismo ha padecido una larga y tormentosa agonía que la hace quedarse cada vez con menos adeptos y con nulas posibilidades de competitividad. Al final, parece que sus apuestas finales tendrán que ser, no por decisión sino por necesidad, en los consensos que puedan existir entre sus tribus y lo que le quede de capital político al ex candidato a la gubernatura, José Antonio Estefan Garfias. Acaso su mejor apuesta sería buscar la senaduría por el principio de primera minoría, en el mejor de los escenarios.

Algo muy similar ocurrirá con el PT, que tiene a Benjamín Robles Montoya como su único baluarte actual. No hay ningún indicio hasta ahora que mantenga sus alianzas con el diputado Jesús Romero López, que al margen de los temas partidistas ya se pronunció a favor de la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. Lo que parece es que su apuesta radicaría justamente en que no Morena, sino López Obrador le permita generar los puentes necesarios para convertirse en el candidato que encabece la fórmula del PT al Senado, para generar una especie de trabajo conjunto a favor de la izquierda.

Esto es posible a partir de otra circunstancia: Morena en Oaxaca no tiene mayores activos. Su único candidato posible es el ex aspirante a la gubernatura, Salomón Jara Cruz; pero fuera de él, todos sus demás compañeros de militancia tienen serios problemas de estatura política. Por ejemplo, todos los integrantes de la bancada morenista de la LXIII Legislatura local han resultado un fiasco mayúsculo. Y, acaso, el único compañero posible de fórmula de Jara —al margen de la disputa sobre quién encabezaría la fórmula— sería el ex dirigente de la APPO, Flavio Sosa Villavicencio, que representa al grupo que le genera los equilibrios a las facciones de Jara y de Armando Contreras, en las decisiones que toma Morena en la entidad.

Al final de la lista viene el PAN que a estas alturas tiene como única carta posible a la diputada local Eufrosina Cruz Mendoza. Ésta sólo tendría futuro si Margarita Zavala es candidata y la avala rumbo al Senado, y luego genera algo de competitividad en los comicios de 2018. Si esas condiciones iniciales no se cumplen, no tendrá posibilidad alguna de figurar el año próximo.

EL FUTURO EN JUEGO

Al final, es evidente que lo que se juega en 2018 tiene mucho que ver con el futuro de la entidad. Es posible que después del año próximo, el grupo gobernante local vuelva a ser autónomo en sus decisiones. Por eso es muy importante lo que pase en los meses siguientes respecto a todas las definiciones por venir.