Después de S-22, los sindicatos de la UABJO son los más nocivos para Oaxaca

 

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+ Insaciables, ninguno de los sindicatos universitarios aporta algo a la educación


Quién sabe si en la agenda de la gobernabilidad estatal actual, la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca ocupe algún espacio importante, aunque debería ser así. Pero donde sí debiera tener un lugar importante es en el de la atención a los conflictos político-sindicales que afectan a la educación. Pues si en el ámbito de la educación básica y media básica, la relación del gobierno con la Sección 22 del SNTE ocupa un lugar preponderante, también debería existir un espacio para rescatar a la Universidad —a los universitarios— de sus propios sindicatos.

En efecto, la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca representa un caso excepcional en el país, por ser la única universidad que enfrenta relaciones de negociación laboral con seis sindicatos simultáneamente. Esto resulta inexplicable a la luz del derecho laboral y de la lógica jurídica, pero es una realidad determinada por las circunstancias políticas que han envuelto a la universidad. Pues desde hace décadas, cada que un conflicto se sale de control y no puede ser resuelto mediante las dádivas tradicionales, la conjura universidad-gobierno han hecho la “magia” de conceder tomas de nota a diestra y siniestra con tal de mantener una relación aparentemente civilizada con los grupos políticos.

Ejemplos hay de sobra. Desde el primer sindicato, el Sindicato de Trabajadores y Empleados de la UABJO, todos los gremios han sido creados al margen de los afanes académicos que debía perseguir la Universidad. El STAUO —que se supone que fue el primer sindicato de académicos universitarios—, por ejemplo, se ha ido dividiendo en facciones cada vez más pequeñas y radicalizadas que buscan objetivos cada vez más aislados y menos relacionados con la educación de los universitarios.

De las sucesivas divisiones del STAUO, a su vez, surgieron otros gremios como el SUMA —refugio histórico de los Martínez Alavés, que también ha demostrado tener muy poco que ver con la educación—, el llamado “STAUO democrático” y todas sus subdivisiones que, a estas alturas, ya más parecen clubes sociales que verdaderas estructuras con alguna finalidad relacionada o con el sindicalismo, o con la educación.

Además de eso, hay otros grupos sindicales que incluso rayan en lo inverosímil, como el sindicato de trabajadores de confianza de la Universidad, que contra todo sentido tiene pleno reconocimiento como sindicato —y también como grupo de presión— a pesar de que se supone que la lógica apunta a que la idea del trabajador sindicalizado y del que tiene la calidad de confianza, son excluyentes entre sí, y que por eso no puede haber empleados con ésta última categoría que puedan tener un gremio válidamente.

Aún así, en la UABJO existe esa situación. Y cada año, el sindicato de trabajadores de confianza negocia, presiona y amaga en la misma medida que los otros gremios, a pesar de su inferioridad numérica, de su poca influencia al interior de la Universidad, y de su nula vinculación con los temas educativos y de investigación que se supone que deberían ser la prioridad en esa y cualquier otra universidad seria.

Y, de hecho, la última facción sindical creada recientemente es el llamado SUA (Sindicato Universitario de Académicos), a través de la cual han intentado encauzar el reciente conflicto creado por el empecinamiento de la familia Martínez Alavés por ejercer un poder excluyente con el segundo grupo más importante de la Universidad, hoy comandado por el ex candidato a Rector, Silviano Cabrera Gómez.

¿Cuál es el problema? Que momentáneamente podrían darle gobernabilidad a la Universidad en el umbral de un conflicto de grandes proporciones, como el que podría ocurrir en el futuro cercano si no se dan las condiciones de distensión entre los grupos. Sin embargo, nada garantiza que en el mediano plazo Cabrera Gómez y su grupo mantengan el control del nuevo gremio, y que éste no termine volviéndose no en contra de algún grupo, sino de la Universidad y de la academia, como ha ocurrido con todos los demás sindicatos universitarios.

REPETICIÓN DE LA IGNOMINIA

En todo esto, la situación que impera hoy entre los sindicatos de la Universidad, es dramática. Pues al igual que como ocurre con la Sección 22 y sus agremiados, todos los sindicatos de la UABJO tienen por costumbre infundir la presión en sus propios integrantes para que acudan a las movilizaciones, acciones de presión y demás, e incluso para que sean parte del estado de cosas que impide que la Universidad avance.

Esto, que también ha sido corresponsabilidad de todos los rectores de las últimas décadas que han impulsado esa política de la coacción y la dádiva con la que evitan el compromiso académico, se ha convertido en una práctica de todos los días: empleados universitarios, que en su mayoría no cuentan con formación profesional, pero que por su habilidad y su experiencia, sí tienen la capacidad numérica para someter a la universidad a las presiones económicas, políticas y de condiciones de trabajo que ellos mismos han impuestos y que no están dispuestos a ceder.

En este caso, la situación es muy parecida que con la Sección 22 y sus agremiados. Por ejemplo, los controles sobre los trabajadores sindicalizados en la Universidad son prácticamente nulos; por años las autoridades universitarias no logran que los empleados trabajen y aporten algún beneficio para la academia y las funciones administrativas; también imperan prácticas como la transmisión hereditaria de plazas, las comisiones sindicales, los cotos de poder a través de los cuales se marginan voluntariamente de cualquier trabajo o responsabilidad amplios grupos de trabajadores; y una situación que hoy resulta incontrolable y que mengua incluso la viabilidad para el cumplimiento de los fines de la universidad incluso en el corto plazo.

De hecho, es bien sabido en la Universidad que sus propios trabajadores culpan a todo y a todos por no tener más, pero sin voltearse nunca a ver ellos mismos, que trabajan menos horas de las estipuladas; con dos o tres horas para desayunar todos los días; con premios económicos por no hacer huelga, con días de descanso por engañar que asisten a las marchas de protesta, que heredan sus plazas a sus familiares, que en suma son las y los que menos hacen por la UABJO. Son peores que los mentores de la Sección 22 del SNTE o que las y los burócratas de los gobiernos estatal y federal.

En medio de esta destrucción paulatina, ha trascendido por fuentes de la propia Universidad, que la UABJO se queda sin dinero para pagar la nómina de más de cuatro mil trabajadores de sus seis sindicatos, y que el tren de vida de las y los trabajadores puede tener un atorón de vida o muerte entre agosto y septiembre de este mismo año. Los “focos rojos” están prendidos en la Universidad pública más grande e importante del Estado de Oaxaca. Quién sabe si sus trabajadores y sus sindicatos tengan algún tipo de conciencia de ello. Y quién sabe si el gobierno estatal —y el federal, que tampoco es ajeno a este problema— registren en su radar el riesgo de fondo que implica una situación tan inminente como ésta.

¿LOS DÍAS CONTADOS?

En medio de esto, siguen latentes los conflictos en las facultades de Derecho y Contaduría, que reflejan la agonía del grupo político del sempiterno cacique Abraham Martínez Alavés. El hilo, finalmente, se terminará rompiendo por lo más delgado: pronto, el rector Eduardo Bautista Martínez no tendrá más camino que ceder en la reintegración política de esas dos facultades para buscar el equilibrio que cada vez se ve más lejano. Sólo es, dicen, cuestión de tiempo. Aunque ello significará una nueva crisis con quienes irremediablemente se resistirán a ver perdido su poder (entiéndase, la llamada “familia real”).