Voto nulo: encrucijada para la democracia

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El convencimiento sobre el voto nulo en muchos ciudadanos, representa una de las principales encrucijadas de nuestra democracia. Aunque todos llaman al voto razonado —partidos, candidatos, grupos políticos, el gobierno y hasta las instituciones garantes de la justicia y los procesos electorales—, hay muchos que se dicen convencidos de que ninguna de las opciones partidistas representa sus aspiraciones e ideología personales, y por esa razón asumen con una convicción el hecho de que sí acudirán a las urnas, pero que esto será para anular su voto. ¿De verdad el voto nulo es lo que parece?

En efecto, la pregunta parece ociosa pero es todo lo contrario. De hecho, el convencimiento sobre el voto nulo ya no es sólo una decisión ciudadana de rebeldía y rechazo a las pobres opciones políticas existentes, sino que hoy se ha convertido también —no en todos los casos— en una especie de postura políticamente correcta de quien no quiere asumir la parte de responsabilidad que le corresponde, o de quien simplemente pretende imitar a aquel que razonadamente sí decidió que ninguna de las opciones existentes concuerda con sus aspiraciones, y que por esa razón no tiene más opción que la del voto nulo. Hoy, una de las lecciones que deja la elección en el Estado de México, en la que hubo más votos nulos que los que marcan la diferencia entre los candidatos Delfina Gómez Álvarez de Morena, y Alfredo del Mazo, del PRI, así lo constatan.

En esa lógica, y asumiendo el tema de fondo más allá de la repetición de la “anécdota” –que ya debería ser un tema de preocupación porque se repite insistentemente en cada proceso electoral, cada vez con mayor concentración en núcleos de población que parecieran ser ajenos a las posturas mediáticas sobre el voto nulo— es claro que la primera de las posturas señaladas en el párrafo anterior, es respetable desde todos los ángulos.

Hay miles de personas que, teniendo información y claridad sobre sus aspiraciones e ideas políticas, llegan a la conclusión de que ninguna de las opciones electorales (partidos y candidatos) cumple con las condiciones mínimas para que éste le otorgue su voto, y por consecuencia asume que el voto nulo es un derecho político implícito que ejerce, aunque esto signifique que su sufragio termine en un limbo jurídico y político, que si bien tiene cierto tufo a inconformidad, en realidad se pierde en la indeterminación y en la inseguridad de lo que se queda como simplemente inexistente.

Junto a ese grupo se quedan los imitadores. Éstos, lejos de la convicción o de cierto razonamiento, únicamente se deciden al voto nulo como una forma de adherirse a una imitación que busca colocarse en el ámbito de lo políticamente correcto, pero sin realmente estar convencido o sin verdaderamente haber llegado a conclusiones propias y coherentes sobre lo que deben hacer aquellos que dicen no estar convencidos con ninguna opción política, aunque en realidad no hayan revisado ni analizado los programas de gobierno propuestos, los discursos de los candidatos, sus antecedentes y, sobre todo, la diferencia entre lo que dice ser, y lo que es, cada uno de los candidatos propuestos por los partidos políticos.

No obstante todo lo anterior, el fondo común es el mismo: éste es, que existe una porción de población que llega a las urnas sin una definición política clara, y que esa indefinición se traduce en la anulación del voto. Aunque ciertamente eso expresa inconformidad, y es una forma permitida para manifestar el sentir político de un ciudadano, lo cierto es que jurídica, política y hasta moralmente el voto nulo no tiene ningún camino.

Ciertamente aparece como una franja más en la agrupación de los resultados electorales. Pero al final, eso no alcanza a conminar a nadie (partidos, candidatos, gobiernos, facciones políticas y demás) a modificar las prácticas políticas que llevan a cabo, a abrir más la participación política a todos los ciudadanos, o cuando menos a modificar la forma en que se presentan ante la sociedad, en que defienden —o dicen defender— una ideología, o en que demuestran congruencia entre lo que dicen y lo que hacen.

CULPA DE TODOS

Es cierto que, en alguna medida, una propagación no razonada del voto nulo produce efectos negativos en la democracia. Pero también lo es, que los partidos y sus candidatos, han hecho poco para generar una nueva imagen y relación de credibilidad con los votantes más preparados. Al final, parece claro que a los partidos no les conviene que continúe habiendo voto nulo, pero sólo en la misma medida que tampoco les conviene soltar o flexibilizar el monopolio del acceso al poder al que tienen sometido al sistema político, al poder público y a los ciudadanos.

Pues resulta que los partidos y sus candidatos, son en buena medida responsables de esa falta de apego y credibilidad entre los ciudadanos. Aunque todos dicen defender ideologías y plataformas políticas claras y definidas, lo cierto es que éstas sólo se encuentran asentadas en los documentos partidarios de las fuerzas políticas que los postulan.

En ninguno de los casos existe congruencia entre los discursos y las posturas reales que asumen los abanderados, con lo que está asentado en los documentos básicos de los partidos que los postulan, o en los temas en los que verdaderamente debieran generar diferencias para marcar su ideología política de derecha, centro o izquierda, y deliberadamente no lo hacen.

Y, de hecho, en los últimos tiempos temas como el de la galopante corrupción de la mitad de los gobernadores del país; la oscuridad en la que se desarrollan los procesos electorales —en los que cada vez intervienen más galopantes masas de dinero público provenientes lo mismo de las arcas estatales que de las federales, y qué decir de las municipales—; la falta de compromiso de los gobernantes con sus electores; la creciente mala fama que tienen los legisladores por su voracidad y su incapacidad para frenar su avidez económica; y tantos otros temas, hacen evidente la sensación de que defender de forma ordenada la democracia representativa representada a través de la fuerza del voto, es poco útil como un verdadero agente de cambio.

Al final, parece claro que en el juego de espejos que es la democracia mexicana existen muy pocos alicientes para un cambio de fondo. En realidad, son también pocas las señales porque en realidad no hay manera de que —al menos en el corto plazo— cambien mucho las variables del juego democrático. Más bien, lo que vemos son concentraciones muy propias de la partidocracia, en las que busca la inmunidad a través de métodos de autoprotección. ¿Quién, desde los partidos, ha cuestionado no sólo las prácticas, sino el fondo de la ilegitimidad que hoy tienen quienes resultan electos, a partir de la fragmentación del voto y la propalación del voto nulo? Ese es un tema de fondo que debiera ser discutido de inmediato, pero que no ocurrirá mientras siga reinando la oligarquía partidaria.

INCREDULIDAD

Al final, el voto nulo es inocuo. Sin embargo, su ejercicio debe provenir de un razonamiento personal y honesto, y no como un mero acto de imitación. En otros momentos, algunos grupos se han manifestado públicamente a través de expresiones como el Movimiento #YoSoy132, que en su momento aparentó querer cambiar la forma de hacer política. Pero otros, silenciosamente buscarán cambios a través de otras formas menos estruendosas. Queda claro que hasta ahora el voto nulo no ha una opción razonada, y más bien ha resultado ser un mero abono al limbo político en el que irremediablemente quedan depositados esos sufragios.