La crisis en el PAN, y el próximo final de la partidocracia (hasta ahora) conocida en México

Es muy probable que estemos viendo el inicio del fin de la partidocracia hasta ahora conocida en México. La fuerte crisis interna que vive el Partido Acción Nacional, en el contexto de su aparente renacimiento gracias a la conformación del Frente Ciudadano por México, es una muestra más de lo agotado que está el entramado en el que se sostiene no sólo el PAN, sino toda la partidocracia actual mexicana. Los partidos —queda claro— tienen problemas de legitimidad, de cohesión interna, y de credibilidad frente a la ciudadanía. De eso, ya no los salvan ni los discursos, ni las promesas, ni las coaliciones. ¿Entonces?

En efecto, ayer se vivió un día de intensidad inusitada en las filas panistas del país. La ex primera dama, Margarita Zavala filtró a varios medios informativos de la capital del país, una versión a partir de la cual estaría preparando su renuncia a la militancia panista. De inmediato, emergió no sólo la crisis interna del panismo sino particularmente la podredumbre que envuelve a ese partido, que más de cinco años después no termina su purga interna tras la derrota en la elección presidencial de 2012.

Por eso, ante el anuncio de Zavala, hubo un intenso cruce de acusaciones, señalamientos, descalificaciones y advertencias que lo único que en el fondo dejaron ver es que en el PAN no tienen ninguna claridad respecto a la forma en cómo están procesando sus acciones rumbo a la elección presidencial de 2018, no tienen ni ápice de cohesión, y que la coalición que ya tienen prácticamente concretada con el PRD y Movimiento Ciudadano tampoco es garantía de nada. Así, en medio del oprobio generado por ellos mismos, es evidente que la única certeza que tiene el panismo es —paradójicamente— la de la confrontación y la incertidumbre.

En esa lógica, es evidente que la situación del panismo es apenas un botón de muestra de todo lo que ocurre en los partidos políticos. Entre los blanquiazules se la han pasado peleando por la candidatura presidencial, en un escenario en el que ya todos tienen plena certeza que ni participan los ciudadanos —a pesar de que, según, los ciudadanos son los que conforman el Frente—, ni hay equidad interna, ni hay democracia, ni mucho menos existe la claridad ni compromiso de fondo para que la plataforma electoral del Frente, sea la base para la conformación de un posible gobierno de coalición —si es que llegaran a ganar la elección presidencial.

En ese sentido, ha resultado que una de las grandes promesas de la política mexicana —la ciudadanización y la creación de gobiernos de coalición, con lo que según nuestro sistema político viraría hacia un semi parlamentarismo— no ha hecho más que fallar. Pero ha sido así porque los partidos no han tenido ninguna voluntad real de cambio, y porque a pesar de verse en el umbral del precipicio, ellos mismos se han cerrado a cualquier posibilidad de comenzar un proceso —gradual o intempestivos— de cambios de fondo, rumbo a su propia supervivencia.

Por esa razón hoy lo que vemos es una crisis que refleja a la perfección la situación de incertidumbre en la que se encuentran todos los partidos, a pesar de que cada uno enfrenta su propia circunstancia.

CRISIS COMÚN

El caso perredista es aún más dramático porque ahí el éxodo ha sido interminable. La crisis perredista, sin embargo, no comenzó hace tres o cuatro años cuando Andrés Manuel López Obrador formalizó su salida del perredismo para formar el partido Movimiento de Regeneración Nacional, sino que más bien se gestó y se consolidó cuando un grupo —el grupo de los chuchos— decidió hacer impermeable al partido a cualquier tipo de decisión que se tomara en un sentido horizontal. Esa tribu cerró el perredismo a ciertos afanes e intereses. Y, sin considerar el tamaño de la desbandada que eso generaría en el mediano plazo —es decir, ahora—, asumieron la postura de excluir a todo aquel que no coincidiera con sus intereses.

Por eso hoy que el PAN y el PRD se encuentran en el umbral de subirse al mismo barco electoral, han comenzado también los señalamientos que apuntan a que Ricardo Anaya se ha convertido en un “chucho” al interior del PAN, que está decidido a todo con tal de cuidar su parcela política, sus intereses y sus candidaturas, y que en ese afán está dispuesto a quedarse incluso con el puro membrete si eso le garantiza no compartir sus decisiones con nadie y tampoco consensar la democracia interna y las decisiones trascendentes, con los demás grupos al interior de su partido.

Esto, en realidad, no hace sino alejarlos aún más de la ya de por sí incrédula ciudadanía. Pues nadie, en lo absoluto, da por válida hoy la afirmación de que el Frente conformado por el PAN y el PRD es en realidad ciudadano; no hay ningún tipo de identidad entre lo que dicen los líderes partidistas y lo que espera la ciudadanía no sólo de los partidos, sino de cualquiera que pretende acceder al poder público; incluso, ellos mismos no pueden ofrecer ningún tipo de certeza sobre el tipo de gobierno que podrían llegar a hacer, ya que sus coaliciones siguen siendo electorales pero no programáticas, y porque ni ellos tienen la idea de qué compromisos deberían seguir una vez que, siendo gobierno, intentaran llevar a los hechos ese programa de gobierno que tampoco existe.

Ante esa realidad, es evidente que hoy se enfrentan a un problema de fondo: la ciudadanía parece estar tomando un papel más proactivo en la lucha por el poder. Y aunque no hay una figura sólida entre las candidaturas independientes, el elector de a pie ha dado muestras de que tampoco compra los liderazgos partidistas de antes. Por esa razón, ante las vicisitudes actuales —los sismos y la tragedia aparejada a ellos— la ciudadanía decidió enaltecer más, incluso a la figura de los perros rescatistas, que a la supuesta labor de apoyo que están realizando todos los representantes populares.

¿Qué indica esto? Que en México sigue habiendo falta de liderazgos ciudadanos, pero que eso no necesariamente lleva a la legitimación a las fuerzas políticas. Más bien, uno y otro son hoy inversamente proporcionales, porque en la misma medida en que la partidocracia intenta desalentar y desacreditar a la sociedad civil, la gente de manera espontánea manifiesta que bajo ninguna circunstancia su respaldo está en los partidos.

FUTURO INCIERTO

Por eso, quizá pudiéramos estar o ante el umbral de la refundación de la partidocracia, o ante la confirmación de que los partidos en su forma actual están más dispuestos a destruirse que a cambiar. Pronto lo veremos con mayor claridad.