La trampa moral de la meritocracia

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Alberto Benítez Tiburcio

A raíz de mis artículos sobre La revancha de las mayorías y La revancha contra la meritocracia, recibí comentarios que compartían una preocupación común: el riesgo de explicar el malestar social únicamente desde las estructuras económicas y terminar diluyendo la responsabilidad individual. Varias personas me decían, en esencia, que una sociedad tampoco puede sostenerse si desaparecen el deber, el mérito, la disciplina y la exigencia personal; que culpar siempre al sistema termina produciendo ciudadanos sin responsabilidad y democracias incapaces de premiar el esfuerzo legítimo.*

La objeción me pareció valiosa porque revela algo profundamente arraigado en nuestra cultura política contemporánea: la convicción de que el mérito explica naturalmente el lugar que cada quien ocupa en la sociedad. Lo interesante es que esa idea suele asumirse como sentido común, no como ideología. 

Mi crítica nunca ha sido contra el mérito ni contra el esfuerzo. Una sociedad que deja de reconocer la disciplina, el trabajo bien hecho y la excelencia termina inevitablemente premiando la mediocridad. Tampoco defiendo una cultura del subsidio permanente ni una política que sustituya indefinidamente la responsabilidad individual. 

Pero una cosa es defender el mérito y otra muy distinta convertir la meritocracia en doctrina moral para justificar el orden social completo. En una competencia donde las condiciones de arranque son razonablemente semejantes, el mérito  no solo es legítimo: es justo.

El problema es que la vida social casi nunca funciona así. No compite desde el mismo punto quien nace con redes familiares sólidas, buena escuela, seguridad, tiempo libre y capital cultural, frente a quien crece entre violencia, precariedad, mala alimentación, transporte deficiente y sistemas educativos rotos. Decirles a ambos que el resultado depende exclusivamente de “echarle ganas” no es una defensa del esfuerzo. Es una ficción moral conveniente solo para quienes ya partieron con ventaja.

Ahí aparece la crítica más importante a la meritocracia contemporánea. Durante años nos hicieron creer que habíamos dejado atrás las viejas aristocracias hereditarias. Pero en realidad sólo cambiamos la forma de reproducir privilegios. Antes se heredaban tierras y apellidos. Hoy se heredan escuelas, redes, credenciales, idiomas, estabilidad emocional, tiempo y acceso a instituciones de élite.

El privilegio dejó de presentarse como privilegio y empezó a presentarse como mérito. Ésa es la gran trampa que señala Daniel Markovits: la meritocracia moderna ya no corrige desigualdades; las administra y las reproduce. El sistema premia habilidades y trayectorias que, en gran medida, fueron construidas previamente por ventajas familiares, económicas y culturales. Después convierte ese resultado en evidencia de virtud individual.

La consecuencia no es sólo económica. Es moral. El ganador desarrolla la convicción de que merece completamente su posición. El perdedor termina sintiendo que merece su fracaso. La desigualdad deja entonces de verse como problema estructural y se transforma en juicio moral sobre las personas.

Ahí la meritocracia deja de ser un mecanismo de movilidad y se convierte en una pedagogía de humillación. El problema es una cultura que convierte el éxito económico en superioridad humana y el fracaso material en insuficiencia personal.

Esa lógica ha erosionado silenciosamente la empatía social. Si todo depende exclusivamente del esfuerzo individual, la solidaridad empieza a parecer injustificada. El pobre deja de ser víctima de circunstancias complejas y se convierte en sospechoso de su propia pobreza.

El viejo “échaleganismo” latinoamericano terminó funcionando muchas veces como coartada moral del abandono.

Pero tampoco la respuesta puede ser negar el valor del esfuerzo o romantizar la pasividad. Una sociedad sana necesita responsabilidad individual, exigencia y disciplina. El punto está en el equilibrio. Mérito sin igualdad mínima de condiciones se convierte en privilegio maquillado. Igualdad sin mérito termina derivando en mediocridad administrada.

El verdadero desafío democrático consiste en construir un piso común suficientemente digno para que entonces sí el mérito pueda operar con legitimidad. Educación pública sólida, acceso real a salud, seguridad, movilidad social, instituciones funcionales y mercados menos capturados. No para eliminar diferencias naturales entre personas, sino para impedir que el origen determine de manera casi irreversible el destino.

Porque una democracia termina fracturándose cuando millones sienten que el sistema está diseñado para que unos pocos ganen siempre, mientras al resto sólo se le pide paciencia y resiliencia emocional.

Ahí conecta esta discusión con el fenómeno más amplio que he venido planteando en artículos anteriores: la revancha de las mayorías. El resentimiento social no nace únicamente de la pobreza. Nace de la humillación. De la sensación de haber sido excluido, olvidado y, además, culpado por esa exclusión.

Cuando esa sensación se acumula durante demasiado tiempo, la política deja de ser deliberación racional y comienza a convertirse en ajuste de cuentas emocional.

Por eso la salida no puede consistir ni en destruir la idea de mérito ni en seguir adorándola como religión civil. En el fondo, ésa es la pregunta verdaderamente democrática de nuestro tiempo: cómo reconstruir igualdad sin matar la excelencia y cómo defender el mérito sin convertirlo en justificación de la desigualdad.

*Entre las respuestas recibidas destaca una carta particularmente inteligente y provocadora del Dr. Arturo Vásquez Urdiales, cuya reflexión ayudó a enriquecer este debate.  

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

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