Decálogo para preservar la Democracia

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Alberto Benítez Tiburcio

Las democracias contemporáneas atraviesan una paradoja inquietante. Conservan elecciones, partidos, congresos y tribunales, sin embargo, por debajo de esa normalidad institucional se ha ido desgastando algo menos visible y más decisivo: la confianza democrática. La gente vota, pero desconfía de las instituciones; escucha hablar de derechos, pero sabe que la justicia no llega igual para todos; cree en el esfuerzo, pero advierte que el origen social, el apellido, el color de piel, la escuela y las relaciones siguen decidiendo el futuro.

Ese malestar no apareció de pronto. Durante décadas, las doctrinas económicas dominantes ordenaron las prioridades públicas alrededor de variables macroeconómicas y dejaron en segundo plano lo que no cabía en una gráfica, como la dignidad, el reconocimiento y la movilidad social. A millones de personas se les educó en una promesa sencilla: vota, estudia, trabaja, esfuérzate, respeta las reglas y, tarde o temprano, saldrás adelante. La realidad fue menos generosa. La pobreza persistió, la desigualdad siguió marcando destinos, la corrupción continuó operando como un lenguaje informal del poder, la inseguridad condicionó la vida cotidiana y la justicia fue lenta, costosa e inaccesible. Para las mayorías, la democracia terminó pareciéndose menos a una promesa de libertad y esperanza de movilidad, y más a una maquinaria de reproducción de privilegios de las élites.

Por eso el enojo social contemporáneo no puede despacharse como irracionalidad. Muchas veces es memoria de abandono. Es la respuesta de una sociedad que pidió moderación a quienes no tenían oportunidades, paciencia a quienes vivían en la urgencia y confianza a quienes nunca fueron tratados con igualdad. Ese enojo tiene causas legítimas. El problema comienza cuando es capturado por liderazgos que prometen justicia, pero entregan concentración de poder; que ofrecen castigo a las élites, pero debilitan los derechos y libertades de todos y que invocan la eficacia, pero desmantelan los contrapesos que hacen posible una República. Ejemplos en el mundo sobran. Trump en Estados Undios, Bukele en El Salvador y Ortega en Nicaragua, solo por mencionar a algunos.

Ésa es la ruta conocida del populismo contemporáneo. No siempre inventa la herida, sin embargo, a menudo la traduce en clave emocional. Toma el resentimiento de las mayorías, identifica culpables, simplifica problemas complejos y ofrece una salida emocionalmente satisfactoria: menos límites, menos prensa crítica, menos instituciones que estorben. La promesa seduce porque parece eficaz, pero el riesgo está en que el poder sin límites puede ser más rápido, pero también más peligroso.

Frente a ese deterioro conviene recuperar la intuición central del libro de Richard Haass, La carta de obligaciones: los diez hábitos de los buenos ciudadanos: una democracia no se sostiene únicamente sobre los derechos de los ciudadanos, sino también sobre sus obligaciones. No basta exigir libertad; hay que practicar ciudadanía. No basta votar; hay que informarse, participar, deliberar, cuidar la verdad pública y defender las reglas comunes incluso cuando no favorecen a los nuestros. 

Desde esa convicción propongo este sencillo decálogo para preservar nuestra democracia.

1. Informarnos antes de juzgar y cuidar la verdad pública.

Cuando una sociedad pierde hechos compartidos, la democracia se queda sin suelo común. La propaganda viaja rápido, la mentira se disfraza de certeza y la posverdad gana terreno con una facilidad preocupante. Antes de compartir, hay que verificar; antes de condenar, hay que entender. En una democracia intoxicada por redes sociales, algoritmos e indignación permanente, pensar con calma se ha vuelto una forma de resistencia.

2. Construir y defender el Estado de derecho por encima de cualquier proyecto político.

Cuando la ley sólo se aplica contra los adversarios, la República empieza a convertirse en facción. Las reglas deben valer para todos, no únicamente para quienes incomodan al poder o para quienes pertenecen al grupo contrario. Cuando la legalidad depende de quién gobierna, deja de ser regla común y se vuelve instrumento de dominación partisana.

3. Conocer y defender nuestros derechos fundamentales y la democracia constitucional: 

Cuando una sociedad ignora sus libertades básicas, resulta más fácil que la concentración del poder las erosione poco a poco, casi siempre en nombre de la eficacia, la seguridad, la transformación o la voluntad popular. La democracia constitucional no consiste solamente en votar. También consiste en limitar a quien gana. Los pesos y contrapesos protegen al ciudadano frente al abuso del poder. Por eso deben defenderse la división de poderes, los tribunales independientes, los congresos que deliberan, la transparencia, la libertad de prensa y los derechos humanos. Todo ello forma parte de una misma arquitectura: impedir que una persona, un partido o una mayoría puedan decidir sin controles.

4. Exigir la generación condiciones de inversión, empleo y bienestar.

Una democracia que no genera bienestar deja vacío el terreno para quienes prometen orden y castigo, pero quieren ejercer un poder sin límites. La democracia no se sostiene sólo con discursos de libertad: necesita producir bienestar concreto. Cuando una economía no genera empleos formales, ingresos suficientes, inversión productiva y oportunidades reales de desarrollo y movilidad social, la confianza democrática se erosiona. La gente no vive de abstracciones institucionales; vive del salario, del transporte, de la seguridad, de la escuela y de la posibilidad de imaginar un futuro. En ese escenario, la redistribución de la riqueza se vuelve tan importante como su generación.

5. Pagar impuestos y exigir una reforma fiscal progresiva y verdaderamente justa.

Una democracia no puede pedir sacrificios iguales a quienes viven realidades desiguales. No hay democracia sólida sin un Estado capaz de financiar derechos, seguridad, justicia, salud, educación e infraestructura. Pero tampoco hay legitimidad democrática cuando la carga fiscal se percibe injusta: cuando pagan proporcionalmente más quienes menos margen tienen, mientras quienes más concentran riqueza reducen su contribución efectiva mediante litigios, excepciones, deducciones o planeaciones fiscales agresivas.

Una república necesita una reforma fiscal progresiva. Todas y todos deben contribuir, pero deben hacerlo más quienes más tienen. Hay que cerrar privilegios fiscales, combatir la evasión y la elusión. La justicia fiscal no es castigo a la riqueza, es coresponsabilidad democrática.

6. Construir una sociedad más igualitaria, sin racismo ni clasismo, donde el mérito y la movilidad social puedan ser reales.

Una democracia no puede consolidarse si millones de personas sienten que su destino está condicionado desde el nacimiento por el color de su piel, su apellido, su género, su acento, su colonia, su escuela o la comunidad de la que vienen. No podemos seguir hablando de mérito mientras toleramos estructuras silenciosas de exclusión que hacen que algunos empiecen la carrera varios metros adelante y otros nazcan prácticamente derrotados.

Combatir el racismo, el clasismo y la pigmentocracia no es un gesto de corrección política: es una condición democrática. La verdadera meritocracia no consiste en repetir “échale ganas”, sino en construir un piso común suficientemente digno para que el esfuerzo, la disciplina y la excelencia puedan abrirse camino hacia una movilidad social efectiva. Una sociedad sin movilidad social se llena de frustración, y una sociedad frustrada empieza a desconfiar de la democracia.

7. Participar activamente, deliberar y discrepar sin deshumanizar.

Sin ciudadanos que participen y adversarios que puedan seguir hablando, la democracia se vuelve solo un ritual electoral. La ciudadanía no termina en la urna e implica organizarse, exigir cuentas, hacer comunidad, vigilar al poder y cuidar lo público. Los ciudadanos debemos participar más activamente en la reconstrucción democrática del estado derecho. Una democracia donde la gente sólo participa cada tres o seis años deja demasiado espacio a quienes sí participan todos los días: los grupos de interés, los partidos, las burocracias y los poderes económicos.

8. Mantener la civilidad y rechazar toda forma de violencia, especialmente la política.

Cuando el miedo sustituye a la palabra, la democracia deja de deliberar y empieza a obedecer. La democracia necesita pasión, desacuerdo y conflicto, pero no puede sobrevivir cuando la política se convierte en amenaza, intimidación o agresión. La violencia destruye el espacio común porque reemplaza la palabra por el miedo. 

9. Pensar en las próximas generaciones.

Una democracia responsable protege agua, bosques, biodiversidad, clima y futuro. La crisis ambiental no es un tema accesorio, porque gobernar democráticamente implica no hipotecar el porvenir para resolver comodidades presentes. Cuidar el agua, los bosques y la biodiversidad no es romanticismo verde, sino responsabilidad democrática con el futuro.

10. Poner la República por encima de cualquier partido, líder o proyecto personal.

La República no se hereda completa: se defiende todos los días o se pierde poco a poco. Los partidos pasan, los gobiernos cambian, los liderazgos terminan, pero las instituciones republicanas deben permanecer porque pertenecen a todos. La democracia se degrada cuando confundimos lealtad política con obediencia ciega, o cuando creemos que defender a un líder importa más que defender las reglas comunes. Cuando el poder deja de tener límites, tarde o temprano deja también de servir a la libertad.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura o el pensamiento de “Al Margen”. La empresa periodística se deslinda de cualquier comentario o punto de vista emitido en este texto, ya que estos corresponden al criterio personal del articulista. 

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