Aurelio Ramos Méndez
La furiosa embestida de la ultraderecha y la oposición en general en contra del segundo vástago del expresidente López Obrador, Andrés Manuel López Beltrán, a propósito del retiro de su visa estadunidense, ha detonado, ¡en buena hora!, una saludable discusión pública acerca del nepotismo y el juniorismo, inveteradas lacras en la actividad política.
Mediante ambas prácticas y en efecto no de ahora sino a lo largo de la historia, se ha distorsionado nuestra democracia y se ha llegado a configurar una élite enquistada como tumor maligno en el poder público, por encima de ideologías y partidos.
Se han cerrado espacios y desalentado la incorporación de savia nueva a la vida pública, y se ha normalizado el arribo en paracaídas de buenos para nada –en la mayoría de los casos–, herederos de los capitales políticos más rancios y en muchos casos marcados por pecados originales inconfesables.
A primera vista se antoja normal y hasta plausible que en cualquier ámbito de la vida los hijos aspiren a repetir los pasos profesionales de los padres, o que estos abriguen el anhelo de que sus descendientes sigan sus huellas.
El problema radica en que, en la política y por consiguiente en el acceso al poder del Estado, el nepotismo y el juniorismo se han tornado prácticas perniciosas, inhibidoras de un sano desarrollo nacional.
Botones de muestra pueden ser jefes del Ejecutivo del último medio siglo, a partir del ciertamente brillante José López Portillo, de quien sin embargo debe reconocerse que a nadie engañó al llamar a su criatura José Ramón “el orgullo de mi nepotismo”, y justificar la asignación de suculentos huesos al chaval de finales de los 70.
Vendrían luego, de la mano de su padre Raúl Salinas Lozano –secretario de Estado, presidenciable, legislador, funcionario hacendario– Carlos y Raúl Salinas de Gortari, genios del mal de una de cuyas ramas el brote más notable, Emiliano, se involucró en el tráfico de personas con fines de explotación sexual VIP, vía la tenebrosa secta NXIVM.
Y Claudia Ruiz Massieu, hasta el sol de hoy todavía en la nómina de servidores de la patria, desde donde medraron y delinquieron a placer el abuelo, el padre, los tíos y una larga y peligrosa estirpe.
Llegaría después el turno de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, el primero apalancando a su cónyuge Marta Sahagún para intentar sentarla en la Silla del Águila, y el segundo necio en hacer lo propio con su esposa Margarita Zavala; ambos con el apoyo de gran parte de la prensa hoy vociferante en contra del nepotismo y haciendo tiras con el pellejo de López Beltrán.
Ni de lejos puede decirse que Fecal y sus hermanos Luisa María (senadora) y Juan Luis (diputado) llegaron por esfuerzo y méritos propios a la política. Cayeron en esos predios catapultados por su padre Luis Calderón Vega, fundador del PAN y dirigente y diputado por este partido.
A Andy –hipocorístico que le corresponde sin asomo de mofa al retoño del Peje— el Tío Sam le ha visto espolones para gallo en 2030.
Eso explica la revocación de la visa, indiscutible atribución gringa pero también descarada y grave intromisión en asuntos mexicanos, y por añadidura desatinada y ociosa.
Ociosa intromisión porque, visto el asunto con objetividad, sin pizca de animosidad, pierden el tiempo los detractores del exsecretario de Organización de Morena y el gobierno norteamericano.
El exdirigente morenista y legítimo aspirante a diputado –se declaró, con buen juicio, en receso político al inicio del gobierno de su progenitor– carece de suficientes méritos en campaña para buscar despachar en 2030 en el Palacio Nacional. Hay una larga fila india antes que él y con derecho propio.
Mal podría, en esta condición deficitaria, buscar la nominación, a menos que trate de hacer valer sus apellidos como ineludible derecho de sucesión monárquica, o de emular a la horda de juniorazos, hijos de papi, que ha tenido tomada la política a lo largo de la historia.
Con decir que todavía pululan por las mesetas de la grilla remotos parientes y herederos de Vicente Guerrero, la bíblica dinastía de los Riva Palacio, prendidos de la ubre del Estado pero a distancia sideral del patriotismo del prócer que preconizó “La Patria es primero”.
Se necesita desfachatez para que uno de los vástagos del frondoso árbol genealógico de los Riva Palacio, cuyas raíces en la función pública datan de más de 200 años, haya escrito y publicado por estos días insolencias del tenor siguiente:
“Andy no vale nada en términos individuales”, porque “nunca tuvo un trabajo formal”, “no ha hecho algo que pueda presumir en su vida pública”, y “políticamente nunca ha sido nada”, pues “el cargo en Morena se lo debe a su padre”. ¡Lo que uno tiene que leer!
¿Creerá ese petulante opinador que la tribu de políticos y funcionarios, secretarios de Estado, gobernadores, legisladores, alcaldes, directores de empresas públicas, líderes sindicales y periodistas portadores de sus ilustres apellidos, enchufada al erario desde el surgimiento de la República, le ha debido sus cargos a un talento inconmensurable y la vocación de servicio, no al trampolín de papá, el influyentismo y la corrupción? No nos digamos mentiras…
Llama la atención que entre los más furibundos golpeadores de Andy está el vocero salinista José Carreño Carlón, esforzándose en hacer creer que su pimpollo Paulo Carreño King ha escalado altos peldaños dentro del gobierno –subsecretario de Estado, coordinador de Medios Internacionales en la Presidencia, director de Proméxico—sin respaldo paternal, provisto tan sólo de un enorme y envidiable talento.
La verdad es que en materia de nepotismo, donde uno pose la mirada hay roña. De los Hank y los Murat a los Monreal y los Clouthier, y de los Zavala a los Gómez del Campo, los González Torres, Gómez Morín y Castillo Peraza.
De los partidos y del INE, el tribunal y otras instancias electorales, depende el empezar a ponerle límite a estas abusivas prácticas antidemocráticas. Urge que así sea.
Porque ya están con el pie en el acelerador y a escala federal, estatal y municipal no sólo los hijos de López Obrador sino también los de Xóchitl y de Calderón, entre una larga y multicolor lista de clanes familiares. Y hasta los hijos de Su, el jocoso colectivo creado por el recordado Tomás Mojarro…
Con algunos de estos brotes en el poder los ciudadanos comunes no podríamos siquiera llamarnos a engaño.
¡Cómo que por qué! A varios de ellos los hemos visto borrachos y pendencieros, mientras papi y mami los apuntalaban invocando disparatados códigos y protocolos, como el rufianesco “con los hijos, no”.
BRASAS
Hizo bien el canciller Roberto Velasco en rebatir con diplomacia, pero también con energía la sarta de calumnias y lugares comunes en contra del gobierno mexicano, aparecidos en The Wall Street Journal, diario al cual –dicho sea de paso– le calzaría mejor el cabezal de Candil de la calle.
En su columna Las Américas –de escaso rigor y discutible ética, pero innegable influencia en el mundo financiero dado el medio que la valida– la periodista Mary Anastasia O’Grady recogió lo más manido del discurso opositor contra la 4T, a propósito del proyecto de lineamientos sobre derechos de las audiencias de radio y tv.
El cogollo de su argumentación sostiene que tal iniciativa representa un riesgo para la libertad de expresión, en la misma línea y hasta con las mismas palabras expuestas, con entera libertad y hasta tono sulfurado, por una multitud de opinadores vernáculos.
El titular de la Relaciones Exteriores le envió un comunicado en el cual afirma que “México vive el momento más libre y democrático de su historia”. y que, a pesar de lo que sostiene la columnista, “la prensa de México no está silenciada”.
Y le planteó una verdad de veinticuatro quilates:
“Determinar si un gobierno está censurando a su prensa no es una cuestión de retórica. Es una cuestión de evidencia, y los hechos contradicen su afirmación”.
O’Grady es una periodista para quien la noción de imparcialidad vale queso. Se dice, sin ambages, especialista en asuntos hispanoamericanos y en “cómo las políticas de izquierda destruyen sus sociedades”.
Tan famosa es por la inconsistencia de sus textos antiizquierdistas que hasta pesos pesados de la política estadunidense han salido a refutarla, uno de ellos Jimmy Carter.
La prensa gringa tiene en el pescuezo la bota de uno de los gobiernos más autoritarios del orbe, pero TWSJ decidió alumbrar con su quinqué a nuestro país.
Lamentable desatino. En su lance demostró que ha empezado a transitar del análisis estricto de datos mediante instrumentos científicos, al mundo de adivinación, la mántica, el misterio de prácticas como la alquimia, la astrología, la quiromancia, nigromancia y hasta la rumpología.
Juzgue el lector si la conclusión de la columnista O’Grady no tantea más bien los terrenos de augures, arúspices y espiritistas:
“Quizás sea un milagro que, tras tantos años de Morena en la presidencia, aún queden vestigios de la libertad mexicana. Quién sabe por cuánto tiempo”.
Ni milagro ni vestigios. Son políticas publicas y amplias libertades.
RESCOLDOS
A propósito de adivinar el porvenir, hay razones para suponer que la suerte de Rubén Rocha Moya está echada y no es halagüeña. El gobernador de Sinaloa ha quedado sin poyo y a merced de la justicia gringa, por más que volvió a pedir licencia de su cargo tras 34 horas de inopinado retorno. Tuvo razón en la ansiedad de que su situación jurídica sea aclarada con prontitud; cuatro meses se antoja tiempo razonable para disponer, no de chismes, sino de indicios reales sobre sus andanzas. Pero eso de regresar al puesto sin avisarles a quienes debía, se antoja políticamente imperdonable por muy soberano que sea su gobierno.
aurelio.contrafuego@gmail.com
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